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sábado, 28 de julio de 2012
Sujeto femenino
He llegado a una conclusión sobre la lectura de Lacan que emprendí hace ya varios años: el sujeto del que habla y escribe, a lo largo de toda su enseñanza, es esencialmente femenino. Pues para él el sujeto es siempre una suposición, esa misma que lo lleva a fracasar una y otra vez, cada vez mejor, cada vez más cerca, más próximo, sin nunca cerrar el concepto. Que el sujeto supuesto por Lacan sea esencialmente femenino no quiere decir que tenga una esencia. Justamente esa imposibilidad de totalización del concepto, esa falla lógica y sexual irreductible, es lo que lleva a Lacan a multiplicar sus recursos de escritura: numéricos, topológicos y demás. Quizás esto explique también esa extraña alusión de Cortázar respecto a que Lacan ponía al lector en posición de hembra. No por la imbecilidad que le adjudica a la posición femenina la pasividad, sino porque aquel lugar estrecho por el que se entra a los escritos lacanianos requiere, ineludiblemente, participar de la suposición del sujeto femenino. Ese que objeta el universal de manera discordancial, ese que si lo hubiera no haría falta que fuera ése.
martes, 3 de abril de 2012
De la posición filosófica a la que he arribado
El cogito de la filosofía actual (de la cual participo), que se sostiene sin certezas (últimas o primeras), se formula no obstante por medio de una mínima que se diluye en el acto mismo de su formulación: cualquiera piensa, luego existo. La cualquieridad en cuestión no permite distinguir rasgos particulares, ni tampoco formular un principio universal; se trama más bien en el medio, en la multiplicidad cualquiera, en la heterogeneidad de pensamientos. Captar -afectar y dejarse afectar por- dicha cualquieridad, exige atravesar y circular por distintos saberes y prácticas.
Quisiera exponer brevemente mi deuda para con los pensadores que me han afectado y modificado en este breve trayecto de escritura, de un tiempo a esta parte.
Si el trabajo político se da en el cruce de varios colectivos de pensamiento y su afecto por antonomasia es el entusiasmo, el trabajo filosófico transcurre en cambio en la más absoluta soledad. No obstante, es una soledad atravesada de múltiples nombres y de otros tantos afectos (beatitud intelectual). Quisiera nombrar algunos de ellos y qué considero me aportaron para tomar posición en el campo.
i) De Lacan tomé el psicoanálisis (ineludible para pensar las transferencias de amor y saber);
ii) de Milner su epistemología y ontología lacanianas (ineludibles para posicionarse ante la tradición occidental de pensamiento);
iii) de Badiou, Foucault y Deleuze sus filosofías sistemáticas y radicales (ineludibles para salir de la dispersión y el consentimiento académico actuales);
iv) de Rancière, Agamben y Nancy las formas originales de pensar la política en clave filosófica (ineludibles para no caer en rupturismos, pragmatismos, conservadurismos o, incluso, filosofismos).
Estoy muy agradecido de los aportes que me han brindado los compañeros franceses para pensar lo que me afecta. Por supuesto, también hay otros pensadores afines que no son franceses: Zizek, Copjec y Dolar, de la escuela eslovena, que articulan filosofía y psicoanálisis; el viejo Althusser, y sus siempre actuales modos de imbricar filosofía y política; o el más reciente Laclau, y su teoría de la razón populista tramada entre aportes de la filosofía contemporánea y el psicoanálisis.
Si bien puede sonar a broma -y quizá lo sea en cierto sentido- este es el único medio semi-público que dispongo para rendirles mi modesto homenaje, sin pompa, y no quiero olvidarlo en caso que llegue la oportunidad de decirlo.
Quisiera exponer brevemente mi deuda para con los pensadores que me han afectado y modificado en este breve trayecto de escritura, de un tiempo a esta parte.
Si el trabajo político se da en el cruce de varios colectivos de pensamiento y su afecto por antonomasia es el entusiasmo, el trabajo filosófico transcurre en cambio en la más absoluta soledad. No obstante, es una soledad atravesada de múltiples nombres y de otros tantos afectos (beatitud intelectual). Quisiera nombrar algunos de ellos y qué considero me aportaron para tomar posición en el campo.
i) De Lacan tomé el psicoanálisis (ineludible para pensar las transferencias de amor y saber);
ii) de Milner su epistemología y ontología lacanianas (ineludibles para posicionarse ante la tradición occidental de pensamiento);
iii) de Badiou, Foucault y Deleuze sus filosofías sistemáticas y radicales (ineludibles para salir de la dispersión y el consentimiento académico actuales);
iv) de Rancière, Agamben y Nancy las formas originales de pensar la política en clave filosófica (ineludibles para no caer en rupturismos, pragmatismos, conservadurismos o, incluso, filosofismos).
Estoy muy agradecido de los aportes que me han brindado los compañeros franceses para pensar lo que me afecta. Por supuesto, también hay otros pensadores afines que no son franceses: Zizek, Copjec y Dolar, de la escuela eslovena, que articulan filosofía y psicoanálisis; el viejo Althusser, y sus siempre actuales modos de imbricar filosofía y política; o el más reciente Laclau, y su teoría de la razón populista tramada entre aportes de la filosofía contemporánea y el psicoanálisis.
Si bien puede sonar a broma -y quizá lo sea en cierto sentido- este es el único medio semi-público que dispongo para rendirles mi modesto homenaje, sin pompa, y no quiero olvidarlo en caso que llegue la oportunidad de decirlo.
domingo, 25 de marzo de 2012
Acerca de las religiones (siempre) por-venir y la filosofía
¿No será mucho re-ligar si en verdad ya estamos ligados (sonados)? ¿No bastan los nudos que nos constituyen para que encima vengan a querer contarnos que hay que anudar lo anudado, y siempre por medio de una persona especial, una palabra clave, un lugar determinado (que nos salvarán)? Claro, a no ser que la religión se ofrezca como el discurso contrapuesto a esta locura científica que -pulula y- quiere que seamos una especie de cuadrículas taxonómicamente separadas y examinadas por especialistas en la materia. Pero además, si la materia es el nudo que nos constituye, entonces no necesitamos de hermeneutas que nos lo redupliquen en significados trascendentales, ni tampoco de técnicos especialistas en diseccionar la más ínfima partícula hasta su última composición.
Se cree que la distancia crítica u objetiva garantiza cualquier cosa, pues no se sabe que lo real del corte y del anudamiento puede ser asumido inmanente e inminentemente. Lo real no se sabe por dónde pasa; hay que estar atento. A dicha práctica de atención flotante y corte y anudamiento por lugares imprevistos, le llamo filosofía. No es sin consecuencias, en tanto no se vuelve filósofo quien así lo quiere.
Hay un texto de Badiou donde interpreta que para Lacan los filósofos son psicóticos. Démos-lo por cierto. A mi me encanta trabajar con este tipo de psicóticos, aunque sean muy difíciles de tratar (quizás porque en parte también lo soy). Así que bien podría estructurar lo que vengo haciendo desde hace tiempo en un curso que se intitulara: "RSI en la lectura (clínico-crítica) de los filósofos (y sus filosofías)". No lo descarto.
En relación a otras concepciones más neuróticas o convencionales de la filosofía, ya lo he dicho: la filosofía no es un capricho, histérico o autosatisfecho, no se hace en primera instancia porque se quiere; sólo si verdaderamente urge pensar, si es una necesidad extrema hacerlo, luego uno puede aprender a querer ese deseo irrefrenable, molesto, que incomoda cualquier disposición regular del ánimo. Los filósofos que han dejado alguna marca en la historia del pensamiento (odiados o amados, según la época) lo han hecho porque deambulaban sobre los filos del abismo que nos constituye, en tanto seres precarios de lenguaje. La psicosis, la materialidad desagarrada, no se juega con dulces y almidonadas palabras. Los conceptos son máquinas de guerra o frías constelaciones estelares.
Se cree que la distancia crítica u objetiva garantiza cualquier cosa, pues no se sabe que lo real del corte y del anudamiento puede ser asumido inmanente e inminentemente. Lo real no se sabe por dónde pasa; hay que estar atento. A dicha práctica de atención flotante y corte y anudamiento por lugares imprevistos, le llamo filosofía. No es sin consecuencias, en tanto no se vuelve filósofo quien así lo quiere.
Hay un texto de Badiou donde interpreta que para Lacan los filósofos son psicóticos. Démos-lo por cierto. A mi me encanta trabajar con este tipo de psicóticos, aunque sean muy difíciles de tratar (quizás porque en parte también lo soy). Así que bien podría estructurar lo que vengo haciendo desde hace tiempo en un curso que se intitulara: "RSI en la lectura (clínico-crítica) de los filósofos (y sus filosofías)". No lo descarto.
En relación a otras concepciones más neuróticas o convencionales de la filosofía, ya lo he dicho: la filosofía no es un capricho, histérico o autosatisfecho, no se hace en primera instancia porque se quiere; sólo si verdaderamente urge pensar, si es una necesidad extrema hacerlo, luego uno puede aprender a querer ese deseo irrefrenable, molesto, que incomoda cualquier disposición regular del ánimo. Los filósofos que han dejado alguna marca en la historia del pensamiento (odiados o amados, según la época) lo han hecho porque deambulaban sobre los filos del abismo que nos constituye, en tanto seres precarios de lenguaje. La psicosis, la materialidad desagarrada, no se juega con dulces y almidonadas palabras. Los conceptos son máquinas de guerra o frías constelaciones estelares.
sábado, 4 de febrero de 2012
¿Qué le enseñó el nudo borromeo a Italo Calvino?
Por Adriana Bauab Dreizzen
Entre los años 1980 y 1984 Italo Calvino escribió una serie de crónicas y ensayos1 sobre diferentes exposiciones que había visitado, cuya particularidad consistía en que cada una de ellas exhibía objetos que formaban una colección.
Antiguos mapamundis, monstruos de cera, tablillas de arcilla con caracteres cuneiformes, estampas populares y nudos de distintos tipos, eran algunos de los ítems que reunían esas colecciones. La descripción minuciosa de esas muestras parece una suerte de paseo de la mano de Calvino, observador de mirada inteligente y erudita pero por sobretodo teñida por la sorpresa y el placer de quién a cada paso, en cada objeto, descubre un destello nuevo.
Uno de esos ensayos llamado “Dígalo con nudos” se refiere a la exposición sobre “Nudos y ataduras”, que se exhibió en la Fundación de Artes Gráficas y Plásticas de París. El recorrido transita por diferentes recintos que presentan las utilidades que diversos pueblos encontraron empleando nudos. Lenguaje de nudos que llega hasta nuestros días como una forma primordial de escritura, vestigios indelebles de la subjetividad de antiguas civilizaciones.
Comienza describiendo los nudos utilizados por algunas tribus de las islas del Pacífico que encontraban en el anudamiento de cuerdas diversos modos de expresar acuerdos o desacuerdos. Desde las declaraciones de guerra, hasta las propuestas de alianzas militares se pactaban a través de nudos que iban y venían entre los contendientes.
También con la ayuda de cuerditas anudadas, esos aborígenes recitaban extensos poemas épicos y gestas de antepasados, funcionando de ayudamemoria. Esas trenzas anudadas, que se leían a través del tacto manual se denominaban “origen del verbo”, ya que de ellas parecía que nacían las palabras. Guardaban lo que Georgio Agamben remite al origen mítico de la palabra adscribiendo a la tradición oral.
Los quipus de los antiguos incas del Perú también estaban constituidos por un tejido de nudos a través de lo cuales se contabilizaba la economía de sus finanzas, los censos de la población y la producción agrícola.
En la religión budista se le adjudica a la figura del nudo poderes relativos a la unión, a la ligadura entre el cielo y la tierra, el espíritu y la materia, la vida y el cuerpo. En sofisticadas ceremonias religiosas hacer un nudo con los dedos simboliza cerrar el espacio a las influencias nocivas.
Uno de los últimos tramos de esta colección de nudos y afines está dedicado al arte contemporáneo. Varios artistas por medio de ataduras, sogas y ovillos de diversos materiales se inspiran en la fuerza primitiva del nudo tal como lo expresaban esas culturas tribales y los usos prácticos del anudar en la vida cotidiana para hacer obras artísticas de múltiples texturas.
No finaliza el ensayo sin hacer referencia al catálogo de la exposición donde figura un relato de un matemático, Pierre Rosenstiehl. Éste afirma que los nudos, como configuraciones lineales de tres dimensiones, son el objeto de una teoría matemática. Parece ser que uno de los nudos que complejizan la teoría es el nudo borromeo tan difundido por las enseñanzas de Lacan.
Casi terminando el ensayo, Italo Calvino cita al nudo borromeo y según sus propias palabras se atreve a formular la idea geométrico-espacial que de él se ha hecho: El espacio tridimensional –dice– tiene en realidad seis dimensiones porque todo cambia según que una dimensión pase por encima o por debajo de la otra, o a izquierda o a derecha de la otra, como en un nudo.
Fue el 8 de julio de 1953 en la inauguración de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis que Lacan habló por primera vez de lo real, lo imaginario y lo simbólico, y recién casi veinte años más tarde los corporizó en el nudo borromeo, que le vino como anillo al dedo para continuar reinventando el legado freudiano, el psicoanálisis.
Dice Lacan al principio del seminario R S I2: Es preciso que lo Real pase por encima (surmonte), si puedo decir, de lo Simbólico, para que el nudo sea realizado. Esto es lo que, por tener cuatro términos, Freud mismo no ha podido hacer. Pero es muy precisamente de eso que se trata en el análisis, es de hacer que lo Real, no la realidad en el sentido freudiano, que lo Real, en dos puntos, pase por encima (surmonte) de lo Simbólico.
¿Pero será posible que lo real pase encima de lo simbólico en dos lugares, cláusula restrictiva del anudamiento borromeo3? A lo largo del seminario RSI Lacan intenta ese pasar encima lo real sobre lo simbólico en dos puntos, para que el nudo sea realizado. Sin embargo hacia el final de RSI debe recurrir inexorablemente al cuarto anillo, que remedia las fallas del anudamiento y evita que cada una de las cuerdas se vaya por su lado. Cuarto que, en la neurosis, proviene del desdoblamiento de lo simbólico en símbolo, que es el universo simbólico del que dispone un sujeto, los nombres de los que se sirve para decir lo real y sinthome, que es la realización de lo simbólico, la obra, producto de saber hacer con el simbólico de que el sujeto dispone, un real. Obra que traduce el saber hacer de su vocación, obra que remite a los particulares enlaces que establece con el prójimo, obra que es el genuino modo que el sujeto tiene de inscribirse en el amor.
El nudo borromeo propone una maleabilidad de la estructura en que la disposición de las cuerdas, proveen nuevas dimensiones. Tal es así que todo el ensayo “Dígalo con nudos” de Calvino se resignifica cuando el nudo borromeo hace su aparición bajo la lectura que de él hace el escritor. Se evidencia entonces que el lenguaje de los nudos puede expresar la máxima diversidad, según las secuencias posibles del tipo –arriba y abajo–: la declaración de la guerra o la alianza para la paz, un balance positivo o uno negativo en una cuantificación, podemos agregar, un goce en exceso o el vacío que causa al sujeto.
El espacio no sólo no es tridimensional sino que según cómo se hace pasar una cuerda puede o no producirse un nudo. Según Calvino, el arte de hacer nudos conjuga la culminación de la abstracción mental y la manualidad al mismo tiempo, y por eso podría considerarse la característica humana por excelencia, tanto o más aún que el lenguaje.
Finaliza el ensayo ilustrando los oficios que se sirven de los nudos para producir su obra. Desde el marinero al cirujano, del remendón al acróbata, del alpinista a la costurera, del pescador al embalador… Nos preguntamos, ¿podríamos incluir al analista en el arte de hacer nudos? Artesanía particular por la cual del enredo en que el sujeto se embrolla los pies, el análisis teje el entramado fantasmático, y de la dimensión del síntoma adviene la del sinthome. Entre suturas y empalmes, desovillar, anudar y cortar son operaciones del análisis.
Volviendo al comienzo, si el nudo borromeo le enseñó a Calvino que las dimensiones varían según una cuerda pase por arriba o por debajo de otra, tal vez ahora estemos en condiciones de preguntarnos qué nos dice el nudo borromeo a los analistas.
En estos tiempos en que la farmacología hace alianza con la nosología y crea un sinfín de nuevos cuadros clínicos (panic attack, trastorno obsesivo compulsivo, trastorno dismórfico) para los padecimientos, desinteresándose de la palabra, el nudo muestra lo esencial de los goces que habitan al sujeto. Los que lo parasitan, los que lo embarazan de inhibición, síntoma y angustia, pero también los que –operación analítica mediante– abren a las dimensiones del sinthome. En un lenguaje donde no hay lugar para las etiquetas, tiende a poner en relación lo real, lo imaginario y lo simbólico, paradigmas del psicoanálisis, de modo que cada cuerda señale el oportuno territorio que delimita, recortando en el encaje de los tres registros un lugar para el goce de la vida.
Tal como el ensayo de Italo Calvino relata, en el arte de anudar cuerdas residen las huellas más genuinas de la subjetividad de diversas civilizaciones. Desde los pueblos primitivos hasta las jóvenes expresiones artísticas de vanguardia plasman con los nudos trazas singulares de subjetividad. Aunque podemos intuir que el manipular cuerdas trae en ocasiones una cuota de resistencia para los analistas, el que el psicoanálisis, disciplina donde reina la palabra, haya sido tocado por el arte de los nudos, apuesta a un hacer, saber hacer con lo real del goce. Más allá de la tradicional interpretación, las intervenciones del analista son también desde la cuerda de lo real y lo imaginario.
¿Qué nos legó Lacan con los redondeles de cuerda? ¿Qué de lo genuino de su práctica analítica nos enseña el operar con el nudo borromeo? ¿Cuáles son los impasses de la clínica que el nudo no alcanza a mostrar?
Preguntas, enigmas, que quedan para que cada analista, se aventure a formular una respuesta… en lo que de oficio tiene el psicoanálisis.
1. Reunidos en el libro Colección de Arena de Italo Calvino,Ed. Siruela, Madrid, 1984. Uno de sus ensayos es “Dígalo con Nudos”, al que nos referimos en la presente nota.
2. Clase del 14 de enero de 1975.
3. El nudo borromeo tiene dos cláusulas, una prescriptiv (cualquiera de los anillos que se corte los otros dos se separan y otra restrictiva (la tercera cuerda pasa por abajo de la que está abajo y por arriba de la que está arriba).
jueves, 29 de septiembre de 2011
Inversión de la causa: el neutrino y el objeto a
Parece que se ha producido todo un acontecimiento en la física (hacer click en este párrafo para ver la nota) que, de continuar con las rigurosas indagaciones experimentales hechas hasta el momento, cambiaría todas las coordenadas teórico-conceptuales que daban inteligibilidad al mundo-universo (físico).
Lo más interesante es que esta puesta en cuestión de la teoría de la relatividad, producida por la velocidad a la que viajan los neutrinos, rompe con la vieja noción de causalidad, que disponía en orden de sucesión el antecedente y el consecuente, pues ahora la invierte: el efecto puede ser anterior a a la causa. Algo que en nuestras materialidades discursivas, en nuestra modalidad de trabajar el concepto (al menos desde Freud, Benjamin, Lacan, Badiou o Agamben, por citar algunos nombres), casi diría, constituye un axioma más del materialismo.
Y quizás lo más palpable de la entrevista linkeada sea cómo se manifiesta la angustia del físico ante el cambio repentino; quién desde niño, nos dice, aspiraba a entender cómo funcionaba la totalidad del universo. No se trata de psicologizar o sociologizar, pues esta actitud de aprehensión al cambio bien puede afectar a toda una comunidad científica, sino de hacer notar simplemente cómo el neutrino se constituye en el objeto a de la física relativista, tan inasible y veloz como éste último (aunque también pueda ser minimamente aprehendido).
Del juego del carretel (fort-da) del nieto de Freud a la Ciencia de la Lógica de Hegel, de las marcas en huesos primitivos de ignotos cazadores a las complejas fórmulas físico-matemáticas de modernos científicos, el ser parlante ha buscado históricamente simbolizar esa hiancia irreductible por donde se escurre la totalidad del Universo junto a su explicación acabada. El enigma del deseo no remite así a ningún diferimiento de una presencia imposible, siempre anhelada; se circunscribe más bien a ese abismo sobre el cual el ser parlante se dedica a saltar cual equilibrista, una y otra vez, con artilugios simbólicos cada vez más sofisticados.
Nota aclaratoria: el objeto a es el objeto por excelencia del psicoanálisis (según la teoría lacaniana); y goza también del estatuto de "resto" que se desprende del aparato simbólico. No obstante se encuentra articulado allí, donde falla lo simbólico, mediante una temporalidad suplementaria que se alcanza y se pierde en una serie de anticipaciones significantes (interpretaciones) y resignificaciones retroactivas (elaboraciones). La materialidad del discurso psicoanalítico, y su dimensión ontológica, es sutil pero no por ello menos efectiva que la de la física.
Lo más interesante es que esta puesta en cuestión de la teoría de la relatividad, producida por la velocidad a la que viajan los neutrinos, rompe con la vieja noción de causalidad, que disponía en orden de sucesión el antecedente y el consecuente, pues ahora la invierte: el efecto puede ser anterior a a la causa. Algo que en nuestras materialidades discursivas, en nuestra modalidad de trabajar el concepto (al menos desde Freud, Benjamin, Lacan, Badiou o Agamben, por citar algunos nombres), casi diría, constituye un axioma más del materialismo.
Y quizás lo más palpable de la entrevista linkeada sea cómo se manifiesta la angustia del físico ante el cambio repentino; quién desde niño, nos dice, aspiraba a entender cómo funcionaba la totalidad del universo. No se trata de psicologizar o sociologizar, pues esta actitud de aprehensión al cambio bien puede afectar a toda una comunidad científica, sino de hacer notar simplemente cómo el neutrino se constituye en el objeto a de la física relativista, tan inasible y veloz como éste último (aunque también pueda ser minimamente aprehendido).
Del juego del carretel (fort-da) del nieto de Freud a la Ciencia de la Lógica de Hegel, de las marcas en huesos primitivos de ignotos cazadores a las complejas fórmulas físico-matemáticas de modernos científicos, el ser parlante ha buscado históricamente simbolizar esa hiancia irreductible por donde se escurre la totalidad del Universo junto a su explicación acabada. El enigma del deseo no remite así a ningún diferimiento de una presencia imposible, siempre anhelada; se circunscribe más bien a ese abismo sobre el cual el ser parlante se dedica a saltar cual equilibrista, una y otra vez, con artilugios simbólicos cada vez más sofisticados.
Nota aclaratoria: el objeto a es el objeto por excelencia del psicoanálisis (según la teoría lacaniana); y goza también del estatuto de "resto" que se desprende del aparato simbólico. No obstante se encuentra articulado allí, donde falla lo simbólico, mediante una temporalidad suplementaria que se alcanza y se pierde en una serie de anticipaciones significantes (interpretaciones) y resignificaciones retroactivas (elaboraciones). La materialidad del discurso psicoanalítico, y su dimensión ontológica, es sutil pero no por ello menos efectiva que la de la física.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Pastout
Cómo sustraerse a la tentación que plantean los mandatos prevalentes, cuyo mayor exponente sea quizás el feroz: ¡Goza!
Sustraerse no es simplemente hacerse a un costado, dejar pasar o decir, como Bartleby, “preferiría no hacerlo”. La sustracción implica, al contrario, un movimiento eminentemente activo que subvierte la economía pulsional del discurso dominante. Que crea, así, un espacio transicional, un até, entre dos muertes: la simbólica y la real.
La economía de la que hablo -y por la cual hablo- es la que organiza una lógica del no-todo, donde negamos en primer término cualquier excepción: no hay uno que no cumpla con la condición de pertenencia al juego pulsional. Paradójicamente, como plantea Lacan, al hacer esto no quedamos encerrados en una lógica de hierro, pues al negar la existencia de una excepción que delimitaría externamente el Todo, ahora, la indeterminación se desplaza al interior del mismo (de hecho no hay interior ni exterior) difuminando sus límites, es lo que significa el no-todo: algunas partes cumplen la función, otras son indiscernibles. De este modo, la afirmación de existencia de partes indiscernibles deberá ser forzada bajo la reformulación de nuevas condiciones. Lo sorprendente es que esto ocurra en múltiples (no) lugares del espacio social, impredecibles; no es prioridad absoluta de ningún soberano schmittiano.
Sustraerse no es simplemente hacerse a un costado, dejar pasar o decir, como Bartleby, “preferiría no hacerlo”. La sustracción implica, al contrario, un movimiento eminentemente activo que subvierte la economía pulsional del discurso dominante. Que crea, así, un espacio transicional, un até, entre dos muertes: la simbólica y la real.
La economía de la que hablo -y por la cual hablo- es la que organiza una lógica del no-todo, donde negamos en primer término cualquier excepción: no hay uno que no cumpla con la condición de pertenencia al juego pulsional. Paradójicamente, como plantea Lacan, al hacer esto no quedamos encerrados en una lógica de hierro, pues al negar la existencia de una excepción que delimitaría externamente el Todo, ahora, la indeterminación se desplaza al interior del mismo (de hecho no hay interior ni exterior) difuminando sus límites, es lo que significa el no-todo: algunas partes cumplen la función, otras son indiscernibles. De este modo, la afirmación de existencia de partes indiscernibles deberá ser forzada bajo la reformulación de nuevas condiciones. Lo sorprendente es que esto ocurra en múltiples (no) lugares del espacio social, impredecibles; no es prioridad absoluta de ningún soberano schmittiano.
domingo, 14 de marzo de 2010
perder
Haciendo click en el título del post (perder) se encontrará un texto maravilloso, invalorable (seguro por eso puede hallarse en la red de redes)
¡Ojalá lo disfruten tanto como yo!
¡Ojalá lo disfruten tanto como yo!
sábado, 27 de febrero de 2010
Trascendental
Es cierto, no hay condiciones trascendentales para el pensamiento cual-se-quiera (quodlibet), es lo que se dice en la afirmación: “Dios ha muerto”. O también: no hay trascendencia sino en el acto mismo de sustraerse a la lógica particular-universal y devenir cualesquiera (singular-universal). Pero Dios siempre está presto a volver, por ejemplo, tal como sucede -porque es necesario- en el dispositivo analítico, bajo la figura del Sujeto Supuesto al Saber (SSS): el analista en cuestión en cada caso. Aunque dicha figura sea conducida a su reverso, si opera allí un analista, a lo que es en realidad (des-être), lo que sostiene la idealización, a saber: el objeto a, el resto; eso de lo cual nada se quiere saber. Lamentablemente en otros discursos se sostiene la impostura hasta la desgracia o la desilusión paulatina, pasiva, agresiva.
Entonces ¿desde dónde decir, aquí en el desamparo, en el afuera del afuera? Se suele criticar, generalmente entre intelectuales, la indeterminación del lugar de enunciación. Esto porque se supone un plano de inscripción perfectamente determinado donde se podrían localizar clara y distintamente las posiciones discursivas. No es así. Y no hace falta recurrir a Heisenberg para demostrarlo. La brecha de paralaje, lo real, atraviesa los discursos en el momento mismo de su enunciación -luego se olvida sintomáticamente-. Hay de lo irreductiblemente innombrable, que no se dice en lo que se dice pero que así y todo SE dice. Pareciera que siempre hay que alterar un poco la escritura para que se pronuncie esta diferencia -casi- imperceptible. ¿Pero no es esto rehabilitar una cuasi-trascendencia? La respuesta es variante: sí, si se la idealiza (determinados lugares, discursos, sujetos); no, si se opera con ella, con ese resto de nada, pero recordemos: innombrable (hagan como que no me escucharon, sólo lean).
Politicamente, este decir opera al trastocar el orden de lo que puede decirse y lo que no: orden donde lo innombrable está prohibido. Notemos la diferencia: no es lo mismo prohibido que imposible. La prohibición supone (el sujeto) un objeto posible dado, mientras que encontrar la imposibilidad efectiva nos habilita a recrear el objeto que nunca existió. El inexistente del sitio, teoriza Badiou en sus Lógicas. Esto nos traslada del mecanismo político-religioso regulatorio de la culpa y la trasgresión al plano proyectivo de la invención política, donde nadie garantiza resultados, ni siquiera la certeza mediocre que da la culpa.
Entonces ¿desde dónde decir, aquí en el desamparo, en el afuera del afuera? Se suele criticar, generalmente entre intelectuales, la indeterminación del lugar de enunciación. Esto porque se supone un plano de inscripción perfectamente determinado donde se podrían localizar clara y distintamente las posiciones discursivas. No es así. Y no hace falta recurrir a Heisenberg para demostrarlo. La brecha de paralaje, lo real, atraviesa los discursos en el momento mismo de su enunciación -luego se olvida sintomáticamente-. Hay de lo irreductiblemente innombrable, que no se dice en lo que se dice pero que así y todo SE dice. Pareciera que siempre hay que alterar un poco la escritura para que se pronuncie esta diferencia -casi- imperceptible. ¿Pero no es esto rehabilitar una cuasi-trascendencia? La respuesta es variante: sí, si se la idealiza (determinados lugares, discursos, sujetos); no, si se opera con ella, con ese resto de nada, pero recordemos: innombrable (hagan como que no me escucharon, sólo lean).
Politicamente, este decir opera al trastocar el orden de lo que puede decirse y lo que no: orden donde lo innombrable está prohibido. Notemos la diferencia: no es lo mismo prohibido que imposible. La prohibición supone (el sujeto) un objeto posible dado, mientras que encontrar la imposibilidad efectiva nos habilita a recrear el objeto que nunca existió. El inexistente del sitio, teoriza Badiou en sus Lógicas. Esto nos traslada del mecanismo político-religioso regulatorio de la culpa y la trasgresión al plano proyectivo de la invención política, donde nadie garantiza resultados, ni siquiera la certeza mediocre que da la culpa.
Lenguaje político
Luis Bruschtein ensaya en el Página 12 de hoy una explicación acerca del porqué de la falta del Otro, del lenguaje, de la política. Por supuesto, no lo dice en estos términos aunque al final de su nota cite a Lacan.
"La sensación es que pocas veces se discute sobre el fondo de la cuestión. La mayor parte del debate está centrado en diferentes interpretaciones de las acciones de gobierno, y lo más paradójico es que el único que no ha desarrollado desde el principio un relato sobre estas acciones es el sujeto que las realiza, o sea el Gobierno. Se ha dicho mil veces como crítica que la quita sobre la deuda, el rechazo del ALCA, la renovación de la Corte, la reestatización de las jubilaciones o de Aerolíneas, del Correo o de Aguas, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o la Asignación Universal por hijo, entre otras medidas, no formaban parte de un programa previo, ni fueron preparadas o discutidas en un proceso de información y discusión masiva anterior a su proclamación, que permitiera que la sociedad acompañara estas medidas. Como si el Gobierno pensara que la sorpresa, la medida fulminante, fuera más eficaz en algún sentido que los procesos más lentos de acompañamiento ciudadano."
La demanda puntual es por un relato que dé coherencia a los actos políticos para que no haya lugar a la sorpresa y por lo tanto se eluda así esa breve conmoción que genera todas las suspicacias interpretativas (según se interpreta en la nota). Hay dos cosas aquí que quisiera señalar: una alude a esta dimensión de metarelato o metalenguaje que debería explicar el acto; otra -vinculada a la anterior- a la suposición de un sujeto intencional (bien o mal) a las medidas de gobierno.
Digamos que no está mal desconfiar, pero tampoco se puede vivir desconfiando; el asunto es prestar atención al acto (la falta del Otro), a la dimensión simbólica que entraña (confianza en el Otro del significante) y no tanto al supuesto agente que lo realiza, es decir a sus buenas o malas intenciones (supuestas). Desde esta perspectiva, antihermenéutica par excellence, no importa tanto el significado supuesto como las vías simbólicas abiertas -o no- para desplegar otros actos. Lo que importa aquí no es brindar un metarelato coherente que dé significación al acto sino, al contrario, reducir toda posibilidad de interpretación al mínimo mediante la sorpresa de una intervención inesperada.
El asunto es que en esta dimensión del acto político propiamente dicho no orientan tanto los significados fantasmáticos que cada uno atribuye según su reciente historia, sino la dimensión de apertura y posibilitación que aquél entraña. Es decir, hay que estar implicado ya en algún proceso político efectivo donde se pueda verificar que dichas medidas abren y (com) posibilitan o, al contrario, cierran y empobrecen las oportunidades de nuevos actos e invenciones políticas. Es lo que se suele escuchar de parte de algunos opositores que dicen estar de acuerdo con ciertas medidas pero exigen más y mejores resultados. Para que esto no se convierta en una suerte de instancia superyoica, para la cual todo es insuficiente, hay que prestar especial atención a la dimensión simbólica aludida, sin valorar en exceso, e implicarse en las posibilidades de apertura y expansión ínsitas en las medidas.
Por otra parte es inevitable admitir ciertos balbuceos en los bordes de estos procesos políticos pues no hay una lengua clara y cristalina (ese ideal es parte de la enfermedad que se denuncia) que los anule de una vez y para siempre.
"Como todas las medidas fueron planteadas por el Gobierno, no es tan inexplicable que la oposición haya llevado la discusión a ese rincón intrascendente. Pero también ha sido responsabilidad del gobierno el no haber desarrollado un discurso que contuviera estas medidas en una idea de comunidad, de país social, cultural y económico que hubiera permitido el enriquecimiento político de una ciudadanía que discute cada vez más en forma neurótica y gutural y cada vez menos reflexiva."
Hay que poder hablar con lo gutural que también nos habita ya que forma parte de la lengua política que, por ello, nunca se termina de constituir y que sólo la dimensión simbólica de los actos políticos puede habilitar, abrir, poner en discusión. Habitar lo político como conflicto no sólo atañe al lenguaje establecido entre dos partes claramente diferenciadas que hablan civilizadamente, sino entre partes que se expresan con anacronismos, reverberaciones, holofrases o poéticamente si se quiere. Es decir, admitir la pluralidad de lenguas en juego y no esperar ilusamente que una lengua racional omnipotente, en función metalinguistica, venga a darle una coherencia total a lo dicho y hecho.
(nota completa haciendo click en el título del post)
"La sensación es que pocas veces se discute sobre el fondo de la cuestión. La mayor parte del debate está centrado en diferentes interpretaciones de las acciones de gobierno, y lo más paradójico es que el único que no ha desarrollado desde el principio un relato sobre estas acciones es el sujeto que las realiza, o sea el Gobierno. Se ha dicho mil veces como crítica que la quita sobre la deuda, el rechazo del ALCA, la renovación de la Corte, la reestatización de las jubilaciones o de Aerolíneas, del Correo o de Aguas, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o la Asignación Universal por hijo, entre otras medidas, no formaban parte de un programa previo, ni fueron preparadas o discutidas en un proceso de información y discusión masiva anterior a su proclamación, que permitiera que la sociedad acompañara estas medidas. Como si el Gobierno pensara que la sorpresa, la medida fulminante, fuera más eficaz en algún sentido que los procesos más lentos de acompañamiento ciudadano."
La demanda puntual es por un relato que dé coherencia a los actos políticos para que no haya lugar a la sorpresa y por lo tanto se eluda así esa breve conmoción que genera todas las suspicacias interpretativas (según se interpreta en la nota). Hay dos cosas aquí que quisiera señalar: una alude a esta dimensión de metarelato o metalenguaje que debería explicar el acto; otra -vinculada a la anterior- a la suposición de un sujeto intencional (bien o mal) a las medidas de gobierno.
Digamos que no está mal desconfiar, pero tampoco se puede vivir desconfiando; el asunto es prestar atención al acto (la falta del Otro), a la dimensión simbólica que entraña (confianza en el Otro del significante) y no tanto al supuesto agente que lo realiza, es decir a sus buenas o malas intenciones (supuestas). Desde esta perspectiva, antihermenéutica par excellence, no importa tanto el significado supuesto como las vías simbólicas abiertas -o no- para desplegar otros actos. Lo que importa aquí no es brindar un metarelato coherente que dé significación al acto sino, al contrario, reducir toda posibilidad de interpretación al mínimo mediante la sorpresa de una intervención inesperada.
El asunto es que en esta dimensión del acto político propiamente dicho no orientan tanto los significados fantasmáticos que cada uno atribuye según su reciente historia, sino la dimensión de apertura y posibilitación que aquél entraña. Es decir, hay que estar implicado ya en algún proceso político efectivo donde se pueda verificar que dichas medidas abren y (com) posibilitan o, al contrario, cierran y empobrecen las oportunidades de nuevos actos e invenciones políticas. Es lo que se suele escuchar de parte de algunos opositores que dicen estar de acuerdo con ciertas medidas pero exigen más y mejores resultados. Para que esto no se convierta en una suerte de instancia superyoica, para la cual todo es insuficiente, hay que prestar especial atención a la dimensión simbólica aludida, sin valorar en exceso, e implicarse en las posibilidades de apertura y expansión ínsitas en las medidas.
Por otra parte es inevitable admitir ciertos balbuceos en los bordes de estos procesos políticos pues no hay una lengua clara y cristalina (ese ideal es parte de la enfermedad que se denuncia) que los anule de una vez y para siempre.
"Como todas las medidas fueron planteadas por el Gobierno, no es tan inexplicable que la oposición haya llevado la discusión a ese rincón intrascendente. Pero también ha sido responsabilidad del gobierno el no haber desarrollado un discurso que contuviera estas medidas en una idea de comunidad, de país social, cultural y económico que hubiera permitido el enriquecimiento político de una ciudadanía que discute cada vez más en forma neurótica y gutural y cada vez menos reflexiva."
Hay que poder hablar con lo gutural que también nos habita ya que forma parte de la lengua política que, por ello, nunca se termina de constituir y que sólo la dimensión simbólica de los actos políticos puede habilitar, abrir, poner en discusión. Habitar lo político como conflicto no sólo atañe al lenguaje establecido entre dos partes claramente diferenciadas que hablan civilizadamente, sino entre partes que se expresan con anacronismos, reverberaciones, holofrases o poéticamente si se quiere. Es decir, admitir la pluralidad de lenguas en juego y no esperar ilusamente que una lengua racional omnipotente, en función metalinguistica, venga a darle una coherencia total a lo dicho y hecho.
(nota completa haciendo click en el título del post)
jueves, 25 de febrero de 2010
el siniestro engranaje del espejo
Voy a transcribir a continuación un breve artículo de Fernanda Trezza que me parece muy claro y certero para entender la condición femenina (comúnmente: de mujeres pero también de hombres). Creo que se puede apreciar aquí la pertinencia de las categorías psicoanalíticas para pensar la singularidad-universal del caso sin que se noten demasiado (sería algo así como un artículo de divulgación científica):
El “no sé qué” de la otra
La idea de este trabajo decantó a partir de un episodio que me hizo notar un hombre: algo que él había visto con cierta sorpresa, en un restaurante de un lugar de veraneo. Una mujer almorzaba con su esposo o pareja y sus dos hijos; todo parecía transcurrir en un clima agradable; reían, conversaban, disfrutaban de sus vacaciones. De pronto llegaron dos mujeres, tal vez un poco más jóvenes que la que almorzaba con su familia, tal vez no. Una de las chicas, como suele suceder en lugares de playa, vestía sólo un pantalón y el corpiño de una malla de dos piezas. Pues bien: la mujer miró a la recién llegada con ojos fulminantes, con una de esas miradas que atraviesan. A partir de ese momento, su cara se transformó; ya no parecía distendida, sino incómoda, tal vez perturbada.
El hombre que contaba la anécdota comentó: “¡Ni que hubiera llegado un minón!”. Sin embargo, algo en la recién llegada había inquietado a la otra: algo que sus ojos vieron como deseable. Entonces, como suelen preguntarse los hombres, como preguntó Freud: ¿qué quiere una mujer? En algún punto, una mujer quiere ser la única. Claro que esto puede tener diferentes vertientes. En algunos casos, puede requerir ser la única entre todas, incluso la única para todos: la más linda, la más inteligente, la más deseada, la más compañera, la más trabajadora... No importa cuál sea el calificativo, suele tratarse de algún aspecto que ha sido destacado por un hombre o mujer de su interés y entonces pasó a ser para ella una virtud.
Es fácil referir esto a mujeres que buscan tener una aprobación masiva o seducir de un modo indiscriminado: mujeres del espectáculo en lucha desenfrenada por ser La diva, la del mejor cuerpo, la mejor; referirlo a mujeres que se sobreexponen en intentos desesperados por llamar la atención de los otros, sea exhibiendo su cuerpo, sea exhibiendo sus hazañas. Pero también se refiere a la mujer que, estando en pareja, sintiéndose amada y deseada por un hombre, de todos modos siente peligrar su lugar, casi su identidad como mujer, si aparece otra que ella pudiera superarla en algún punto; reemplazarla. Ella considera que la otra es muy bella o sexy, que tiene cierto estilo, “... un no sé qué”. Así suele jugarse una especularidad mortal donde la del otro lado (del espejo, si se quiere, ya que se trata de ver en la otra aquello que no se logra atrapar de lo femenino) pasa a ser la única protagonista, la rival, La Mujer. Sólo hay lugar para Una en ese feroz estadio. Una triunfa, la otra es desecho, triste reflejo, burda imitación; como en esos laberintos de espejos donde la figura aparece deformada, grotesca, en el mejor de los casos causando gracia, en el peor causando angustia.
Puede suceder, y sucede con frecuencia, que ambas participantes en este juego de espejos piensen o sientan que la otra es la verdadera, que la otra es la que tiene el encanto de la feminidad. Este encanto puede encarnarse en algún atributo bien definido, pero otras veces aparece como ese “no sé qué” que la otra tiene, un misterio que la hace deseable, portadora del elixir de la feminidad.
Muchas veces la otra mujer, la rival, lo es a partir de que la primera percibió que esa otra genera en los hombres cierto interés: deseo. Incluso, la pretendida damnificada pudo haber visto nada menos que a su pareja mirar con cierto detenimiento a la adversaria. Es algo harto frecuente que esto último desencadene, ipso facto, el siniestro engranaje del espejo.
Esa misma experiencia devastadora, expresada como envidia o celos desmedidos, puede darse sin que entre en escena una mirada masculina; mejor dicho, sin que esté presente la mirada de un hombre en concreto. Es que, de todos modos, hay en juego una mirada masculina, sólo que reside en la mirada de la propia mujer: cuando ella mira a la otra y la considera deseable, rival peligrosa, la está mirando con ojos de hombre. Esta mirada la construye tal como fue construido Frankenstein, con fragmentos: fragmentos de cosas que ella escuchó, vio, percibió, cosas que ciertos hombres deseaban. Estos han de haber sido hombres que influyeron en su vida, aunque de algún modo todos lo son, en la medida en que le dan una pista acerca de qué es aquello que hace deseable o amable –susceptible de ser amada– a una mujer.
Estas pistas pueden transformarse en andamiajes para la construcción de la propia feminidad: funcionar como atributos identificatorios que le permitan ir armando, eligiendo su propia forma de ser mujer. También pueden llevarla a un callejón sin salida, en la medida en que es imposible construir una forma de ser mujer. Ha habido mil encuestas acerca de si los hombres prefieren las rubias o las morochas, las flacas o las más rellenas; los hombres dan sus opiniones, particulares en cada caso, y las mujeres leen, en busca de algo que siempre se les escurre. Siempre habrá algo que quedará afuera, algo que se perderá; no se puede ser rubia y morocha a la vez. Y tal vez el misterio, o el encanto de la feminidad, se vincule con ese poder hacer algo con lo que no hay; con esa definición que no hay.
Por otro lado, una mujer puede lograr ser la única para un hombre, de una forma que sea para ella estabilizadora, no devastadora: sentirse amada y deseada por ese hombre y que la particularidad de esos sentimientos la ubique a ella en un lugar especial, el que le permita soltarse, ir más allá de los límites de su cuerpo en la intimidad; sentir una seguridad tal que su ser de mujer no se vea amenazado si, por ejemplo, el hombre con el que está mira a otra. Tal condición depende de que un hombre pueda conjugar el amor y el deseo sexual en una mujer de un modo singular, pero también de que esa mujer pueda encarnar ese lugar, sin pretender ya una “verdadera” feminidad que estará siempre a la vuelta de la esquina.
Este es uno de los aspectos que caracterizan a la histeria: su dificultad en el acceso a la feminidad o, si se quiere, a lo que de vacío hay en la feminidad, a lo sin respuesta ni definición de la feminidad. La posición histérica es la que se ubica, en el espejo, del lado del menoscabado, para sostener así que hay un lado completo, sin rajaduras, al que podría llegar en algún momento si sigue el camino indicado, las pistas correctas. Es claro que, tratando de alcanzar este imposible, puede írsele la vida. Pero lo mismo vale para la posición que cree ser el lado bueno del espejo, que cree encarnar la completud, La mujer: porque, en cuanto aparece la mínima fisura –y siempre aparece–, todo se desmorona. Muchas mujeres hacen lo imposible por tapar las fisuras, entregadas al sacrificio de sostener una ilusoria completud. Se trata de dos caras de una misma moneda: pretender el todo tiene como contracara la nada. El todo mismo, en tanto no existe, es una nada. Así, una misma mujer puede encontrarse aleatoriamente de uno o del otro lado del espejo, y ambos lados quedan alienados en una imagen fantasmal, lejana, en un goce especular más o menos tortuoso.
Puede ser muy dificultoso salirse del juego de espejos con otras mujeres, de la trama de la envidia, de las miradas de rayos X. En todo esto hay una atracción que no se resigna fácilmente. Es sabido que a menudo las mujeres “se arreglan” para otras mujeres. Pueden estar más interesadas en fascinar a otras mujeres que a hombres. En la medida en que una mujer esté muy tomada por este juego de rivalidad y atracción con otras, en la medida en que gran parte de su goce se juegue allí, su acceso al lugar de única para un hombre será más dificultoso; más difícil le será drenar ahí su misterio de mujer y buena parte de su goce, ya no sólo el goce producto de su imagen sino el otro, aquel que, cuando una mujer cierra los ojos, puede brotar como un manantial.
(Aquí otro artículo de la autora: http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=11531 )
El “no sé qué” de la otra
La idea de este trabajo decantó a partir de un episodio que me hizo notar un hombre: algo que él había visto con cierta sorpresa, en un restaurante de un lugar de veraneo. Una mujer almorzaba con su esposo o pareja y sus dos hijos; todo parecía transcurrir en un clima agradable; reían, conversaban, disfrutaban de sus vacaciones. De pronto llegaron dos mujeres, tal vez un poco más jóvenes que la que almorzaba con su familia, tal vez no. Una de las chicas, como suele suceder en lugares de playa, vestía sólo un pantalón y el corpiño de una malla de dos piezas. Pues bien: la mujer miró a la recién llegada con ojos fulminantes, con una de esas miradas que atraviesan. A partir de ese momento, su cara se transformó; ya no parecía distendida, sino incómoda, tal vez perturbada.
El hombre que contaba la anécdota comentó: “¡Ni que hubiera llegado un minón!”. Sin embargo, algo en la recién llegada había inquietado a la otra: algo que sus ojos vieron como deseable. Entonces, como suelen preguntarse los hombres, como preguntó Freud: ¿qué quiere una mujer? En algún punto, una mujer quiere ser la única. Claro que esto puede tener diferentes vertientes. En algunos casos, puede requerir ser la única entre todas, incluso la única para todos: la más linda, la más inteligente, la más deseada, la más compañera, la más trabajadora... No importa cuál sea el calificativo, suele tratarse de algún aspecto que ha sido destacado por un hombre o mujer de su interés y entonces pasó a ser para ella una virtud.
Es fácil referir esto a mujeres que buscan tener una aprobación masiva o seducir de un modo indiscriminado: mujeres del espectáculo en lucha desenfrenada por ser La diva, la del mejor cuerpo, la mejor; referirlo a mujeres que se sobreexponen en intentos desesperados por llamar la atención de los otros, sea exhibiendo su cuerpo, sea exhibiendo sus hazañas. Pero también se refiere a la mujer que, estando en pareja, sintiéndose amada y deseada por un hombre, de todos modos siente peligrar su lugar, casi su identidad como mujer, si aparece otra que ella pudiera superarla en algún punto; reemplazarla. Ella considera que la otra es muy bella o sexy, que tiene cierto estilo, “... un no sé qué”. Así suele jugarse una especularidad mortal donde la del otro lado (del espejo, si se quiere, ya que se trata de ver en la otra aquello que no se logra atrapar de lo femenino) pasa a ser la única protagonista, la rival, La Mujer. Sólo hay lugar para Una en ese feroz estadio. Una triunfa, la otra es desecho, triste reflejo, burda imitación; como en esos laberintos de espejos donde la figura aparece deformada, grotesca, en el mejor de los casos causando gracia, en el peor causando angustia.
Puede suceder, y sucede con frecuencia, que ambas participantes en este juego de espejos piensen o sientan que la otra es la verdadera, que la otra es la que tiene el encanto de la feminidad. Este encanto puede encarnarse en algún atributo bien definido, pero otras veces aparece como ese “no sé qué” que la otra tiene, un misterio que la hace deseable, portadora del elixir de la feminidad.
Muchas veces la otra mujer, la rival, lo es a partir de que la primera percibió que esa otra genera en los hombres cierto interés: deseo. Incluso, la pretendida damnificada pudo haber visto nada menos que a su pareja mirar con cierto detenimiento a la adversaria. Es algo harto frecuente que esto último desencadene, ipso facto, el siniestro engranaje del espejo.
Esa misma experiencia devastadora, expresada como envidia o celos desmedidos, puede darse sin que entre en escena una mirada masculina; mejor dicho, sin que esté presente la mirada de un hombre en concreto. Es que, de todos modos, hay en juego una mirada masculina, sólo que reside en la mirada de la propia mujer: cuando ella mira a la otra y la considera deseable, rival peligrosa, la está mirando con ojos de hombre. Esta mirada la construye tal como fue construido Frankenstein, con fragmentos: fragmentos de cosas que ella escuchó, vio, percibió, cosas que ciertos hombres deseaban. Estos han de haber sido hombres que influyeron en su vida, aunque de algún modo todos lo son, en la medida en que le dan una pista acerca de qué es aquello que hace deseable o amable –susceptible de ser amada– a una mujer.
Estas pistas pueden transformarse en andamiajes para la construcción de la propia feminidad: funcionar como atributos identificatorios que le permitan ir armando, eligiendo su propia forma de ser mujer. También pueden llevarla a un callejón sin salida, en la medida en que es imposible construir una forma de ser mujer. Ha habido mil encuestas acerca de si los hombres prefieren las rubias o las morochas, las flacas o las más rellenas; los hombres dan sus opiniones, particulares en cada caso, y las mujeres leen, en busca de algo que siempre se les escurre. Siempre habrá algo que quedará afuera, algo que se perderá; no se puede ser rubia y morocha a la vez. Y tal vez el misterio, o el encanto de la feminidad, se vincule con ese poder hacer algo con lo que no hay; con esa definición que no hay.
Por otro lado, una mujer puede lograr ser la única para un hombre, de una forma que sea para ella estabilizadora, no devastadora: sentirse amada y deseada por ese hombre y que la particularidad de esos sentimientos la ubique a ella en un lugar especial, el que le permita soltarse, ir más allá de los límites de su cuerpo en la intimidad; sentir una seguridad tal que su ser de mujer no se vea amenazado si, por ejemplo, el hombre con el que está mira a otra. Tal condición depende de que un hombre pueda conjugar el amor y el deseo sexual en una mujer de un modo singular, pero también de que esa mujer pueda encarnar ese lugar, sin pretender ya una “verdadera” feminidad que estará siempre a la vuelta de la esquina.
Este es uno de los aspectos que caracterizan a la histeria: su dificultad en el acceso a la feminidad o, si se quiere, a lo que de vacío hay en la feminidad, a lo sin respuesta ni definición de la feminidad. La posición histérica es la que se ubica, en el espejo, del lado del menoscabado, para sostener así que hay un lado completo, sin rajaduras, al que podría llegar en algún momento si sigue el camino indicado, las pistas correctas. Es claro que, tratando de alcanzar este imposible, puede írsele la vida. Pero lo mismo vale para la posición que cree ser el lado bueno del espejo, que cree encarnar la completud, La mujer: porque, en cuanto aparece la mínima fisura –y siempre aparece–, todo se desmorona. Muchas mujeres hacen lo imposible por tapar las fisuras, entregadas al sacrificio de sostener una ilusoria completud. Se trata de dos caras de una misma moneda: pretender el todo tiene como contracara la nada. El todo mismo, en tanto no existe, es una nada. Así, una misma mujer puede encontrarse aleatoriamente de uno o del otro lado del espejo, y ambos lados quedan alienados en una imagen fantasmal, lejana, en un goce especular más o menos tortuoso.
Puede ser muy dificultoso salirse del juego de espejos con otras mujeres, de la trama de la envidia, de las miradas de rayos X. En todo esto hay una atracción que no se resigna fácilmente. Es sabido que a menudo las mujeres “se arreglan” para otras mujeres. Pueden estar más interesadas en fascinar a otras mujeres que a hombres. En la medida en que una mujer esté muy tomada por este juego de rivalidad y atracción con otras, en la medida en que gran parte de su goce se juegue allí, su acceso al lugar de única para un hombre será más dificultoso; más difícil le será drenar ahí su misterio de mujer y buena parte de su goce, ya no sólo el goce producto de su imagen sino el otro, aquel que, cuando una mujer cierra los ojos, puede brotar como un manantial.
(Aquí otro artículo de la autora: http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=11531 )
lunes, 7 de diciembre de 2009
¡Es por amor, estúpido!
a(l)mimismo y cualquiera que se me asemeje para que no lo sea tan empecinadamente
Se trata de profundizar a veces el malentendido, pues "no hay relación sexual" ni tampoco "social" ni tampoco "cultural". Lo repito cada tanto. Pero, en cambio, hay amor. Que es "dar lo que no se tiene". Ni odio ni ignorancia ni saber: amor. O sea, nada, vacío: joder lo menos posible al otro con las estupideces propias (obsesiones, garantías y recaudos infinitos). No es cuestión de abstinencia sino de saber pasar, de forzar, de atravesar los límites dispuestos con tan buenas intenciones, como siempre, para decir "lo verdadero de lo verdadero"; cada quién según la especialidad en la que se reconforta. El materialismo aleatorio (Althusser) postula que cayendo en el vacío, quizás, los átomos se encuentren y "prendan", tomen consistencia. Para ello hay que despejar, abrir a la facticidad de decir así, sin recaudos ni garantías. Pasar, pasar, escribir, pensar, lo que sea, pero dejarse ya de joder con las microreferencias superespecíficas que hacen a la lógica fálica de quien pretende tenerla más larga...a la lista de lecturas especialísimas del comentario de una frase, etcétera. ¿De qué sirve corregir? Sí, por supuesto, sirve a una función (de saber), pero de ninguna manera al pensamiento, al encuentro singular con el otro, incluso si fallido.
ver link haciendo click en el título
Se trata de profundizar a veces el malentendido, pues "no hay relación sexual" ni tampoco "social" ni tampoco "cultural". Lo repito cada tanto. Pero, en cambio, hay amor. Que es "dar lo que no se tiene". Ni odio ni ignorancia ni saber: amor. O sea, nada, vacío: joder lo menos posible al otro con las estupideces propias (obsesiones, garantías y recaudos infinitos). No es cuestión de abstinencia sino de saber pasar, de forzar, de atravesar los límites dispuestos con tan buenas intenciones, como siempre, para decir "lo verdadero de lo verdadero"; cada quién según la especialidad en la que se reconforta. El materialismo aleatorio (Althusser) postula que cayendo en el vacío, quizás, los átomos se encuentren y "prendan", tomen consistencia. Para ello hay que despejar, abrir a la facticidad de decir así, sin recaudos ni garantías. Pasar, pasar, escribir, pensar, lo que sea, pero dejarse ya de joder con las microreferencias superespecíficas que hacen a la lógica fálica de quien pretende tenerla más larga...a la lista de lecturas especialísimas del comentario de una frase, etcétera. ¿De qué sirve corregir? Sí, por supuesto, sirve a una función (de saber), pero de ninguna manera al pensamiento, al encuentro singular con el otro, incluso si fallido.
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domingo, 6 de diciembre de 2009
Reflexión minimalista sobre la importancia de las citas II
Pero hay especialistas en Borges y en Lacan -como dice Sabina- incluso en Sabina.
Por supuesto, cada quien hace lo que puede ¿no?
Por supuesto, cada quien hace lo que puede ¿no?
Reflexión minimalista sobre la importancia de las citas
Las citas, ¿son ellas, en su exacta exactitud, importantes para el pensamiento de lo cualquiera en su singularidad-plural?
No.
No.
lunes, 19 de octubre de 2009
Creer: que van a morir
"Hacen bien en creer que van a morir [...] si no lo creyeran así [...] ¿podrían soportar la vida que llevan?". Eso les dice Lacan a quienes lo fueron a escuchar en Lovaina (http://www.youtube.com/watch?v=xG2ledvd42M).
Ahora bien, uno podría preguntarse ¿hace bien Lacan al decir así? ¿Qué se juega en semejante decir? ¿Se trata acaso de una conminación, un susto, una simple constatación de finitud? Uno podría pensar, por la fuerza que le imprime al enunciado, que Lacan está diciendo todo allí, que no hay resto; y sin embargo la verdad, como él no se cansa de repetir, es no-Toda. Pues entonces, ¿qué parte de la verdad se sustrae bajo la fuerza de esta afirmación?
Hago mi lectura: temáticamente hablando, se trata de lo que escapa al "domino de la fe" y a esa certeza colectiva que Lacan denuncia (¿interpreta?) abruptamente -fiel a su estilo-. Sólo se hace soportable esta historia, este mundo, en la medida exacta en que se tiene la certeza inconmovible que todo tiene un final. Lamentablemente ese final se desplaza, no se pone en acto.
En fin, nuestra política (de avestruz) lo sepamos o no está atravesada de fe y religión, de sentido final y finitud, de mediocre espera y sopor-tancia del estado actual de cosas, bajo condición exclusiva de la muerte. Así reproducimos y sostenemos nuestro infinitamente complejo "mundo de mierda".
Por eso un tipo que piensa, como Badiou, se esfuerza en hacer oír a oidos mal predispuestos para eso "que (no) sólo hay cuerpos y lenguajes" (premisa del materialismo democrático reinante) que varían infinitamente en el juego espurio de su finitud constitutiva "sino que hay verdades" (axioma de la dialéctica materialista) eternas e infinitas, aquí y ahora mismo, atravesando los mundos constituidos, y que podemos ponernos bajo condición de ellas (esto sería pensar-arte, pensar-política, pensar-amor, etc.).
Romper con nuestra teología moderna de la finitud, y la precariedad existencial que ésta conlleva, es toda una empresa contra corriente ¿no? Tan afirmados estamos en nuestras certezas apocalípticas de última hora que nos permiten continuar soportando todo esto, aun siendo tan cínicos, que ¿qué lugar habría para partir el mundo y la historia y todo en dos, en mil, en infinitas partes? Seguimos preguntando, seguimos escribiendo.
Ahora bien, uno podría preguntarse ¿hace bien Lacan al decir así? ¿Qué se juega en semejante decir? ¿Se trata acaso de una conminación, un susto, una simple constatación de finitud? Uno podría pensar, por la fuerza que le imprime al enunciado, que Lacan está diciendo todo allí, que no hay resto; y sin embargo la verdad, como él no se cansa de repetir, es no-Toda. Pues entonces, ¿qué parte de la verdad se sustrae bajo la fuerza de esta afirmación?
Hago mi lectura: temáticamente hablando, se trata de lo que escapa al "domino de la fe" y a esa certeza colectiva que Lacan denuncia (¿interpreta?) abruptamente -fiel a su estilo-. Sólo se hace soportable esta historia, este mundo, en la medida exacta en que se tiene la certeza inconmovible que todo tiene un final. Lamentablemente ese final se desplaza, no se pone en acto.
En fin, nuestra política (de avestruz) lo sepamos o no está atravesada de fe y religión, de sentido final y finitud, de mediocre espera y sopor-tancia del estado actual de cosas, bajo condición exclusiva de la muerte. Así reproducimos y sostenemos nuestro infinitamente complejo "mundo de mierda".
Por eso un tipo que piensa, como Badiou, se esfuerza en hacer oír a oidos mal predispuestos para eso "que (no) sólo hay cuerpos y lenguajes" (premisa del materialismo democrático reinante) que varían infinitamente en el juego espurio de su finitud constitutiva "sino que hay verdades" (axioma de la dialéctica materialista) eternas e infinitas, aquí y ahora mismo, atravesando los mundos constituidos, y que podemos ponernos bajo condición de ellas (esto sería pensar-arte, pensar-política, pensar-amor, etc.).
Romper con nuestra teología moderna de la finitud, y la precariedad existencial que ésta conlleva, es toda una empresa contra corriente ¿no? Tan afirmados estamos en nuestras certezas apocalípticas de última hora que nos permiten continuar soportando todo esto, aun siendo tan cínicos, que ¿qué lugar habría para partir el mundo y la historia y todo en dos, en mil, en infinitas partes? Seguimos preguntando, seguimos escribiendo.
lunes, 12 de octubre de 2009
Lacan sobre el lenguaje
"...el lenguaje no sirve, nunca ha servido, sólo nos permite formular cosas que tienen tres, cuatro, cinco, diez, veinticinco sentidos, que el sujeto supuestamente debe saber" (Lacan en Lovaina)
http://www.youtube.com/watch?v=SJ96pNtWD3Y&feature=PlayList&p=57FB63A044F8EE82&playnext=1&playnext_from=PL&index=37
http://www.youtube.com/watch?v=SJ96pNtWD3Y&feature=PlayList&p=57FB63A044F8EE82&playnext=1&playnext_from=PL&index=37
jueves, 1 de octubre de 2009
Del decir
Algo quería decir sobre el lugar desde el cual se habla, así en general. Me refiero a la autorización que encuentra, o no, al pasar el dicho. Alguien decía por ahí que cada quien habla desde donde puede; es cierto. El poder, por muy pinche que sea, es eso: desde un albañil hasta un matemático se apoyan para decir en lo que saben o creen saber. Pero hay algo más: la contracara del poder, que no es necesariamente la impotencia o la debilidad (quizás sea la fuerza débil, no lo sé), se pronuncia siempre de algún modo, lo sepa el que habla o no. En todo caso es lo que se autoriza de nada o de cualquiera: lo genérico. Ese algo (de) más, de nada, de cualquiera que se juega de manera imprevista y se afirma porque sí, ni siquiera porque "yo lo digo", habla.
En ese sentido, examinaba un punto que me había quedado dando vueltas, sobre las coherencias o incoherencias entre diversos ámbitos de la praxis, en los diversos decires y haceres que circulan. Algo que me remite a mi primer encuentro con el texto de Freud. Debo decir que yo no creía para nada en eso del psicoanálisis (al contrario de lo que decía un amigo sobre su creencia en ciertos autores), así que me costó bastante suspender minimamente mis prejuicios para poder leerlo. Y vaya sorpresa que me llevé cuando comencé a invertir (me) en esa lectura y fui descubriendo -de golpe- que lo que decía el tipo no era nada boludo, lejos estaba de los balbuceos que se decían en las otras Escuelas. Verifique a posteriori que la transferencia negativa también funcionaba.
De todos modos, lo primero que me impactó fue cómo se podía sostener un discurso sobre el inconsciente, con todo lo que eso implicaba "ontológicamente" (aunque por entonces desconocía esa palabrita), en el lenguaje de todos los días. Bueno, casi. Pues si bien éste sufría algunas deformaciones con términos resemantizados y pliegues teóricos por aquí y por acuyá, en lo esencial seguía siendo bastante legible. Ahí, creo, empezó a gestarse la pregunta por la consecuencia: ¿Cómo hacer para, llegados a este extremo, ser más fiel a tal deriva teórica? Entonces me encontré con el psicótico de Lacan.
Ahí sí que no había de donde sostenerse, todos los términos parecían torcerse y retorcerse en contorsiones elípticas que no terminaban jamás o lo hacían verbigracia: abruptamente; y sobre todo ¿dónde habían comenzado? Me costó mucho, como a cualquier hijo de vecino, seguirle el paso, pero persistí porque algo había ahí, en ese discurso, que me interpelaba (y no era agradable). Es cierto, esta vez tampoco se trataba de creencia sino de saber, más especificamente: de "saber hacer" con el lenguaje. Eso que aún le supongo saber hacer a Lacan.
Ahora, después de un tiempo en que he hecho y deshecho mi propia lectura de Lacan, me encuentro otro libro "El idioma de los lacanianos" donde el autor explica por qué es dificil leer a Lacan: es cuestión de estilo, dice. Ser fiel a la razón freudiana exige un estilo de mediodecir la verdad, no porque la otra mitad se enuentre oculta sino porque -y de esto me hago cargo- ontologicamente la verdad es no-toda. Evidentemente me inscribo bajo esta modalidad de decir la verdad ¡lo juro! no-toda la verdad. ¿Y la consecuencia? La vemos por casa, o por caso ¿sí?
En ese sentido, examinaba un punto que me había quedado dando vueltas, sobre las coherencias o incoherencias entre diversos ámbitos de la praxis, en los diversos decires y haceres que circulan. Algo que me remite a mi primer encuentro con el texto de Freud. Debo decir que yo no creía para nada en eso del psicoanálisis (al contrario de lo que decía un amigo sobre su creencia en ciertos autores), así que me costó bastante suspender minimamente mis prejuicios para poder leerlo. Y vaya sorpresa que me llevé cuando comencé a invertir (me) en esa lectura y fui descubriendo -de golpe- que lo que decía el tipo no era nada boludo, lejos estaba de los balbuceos que se decían en las otras Escuelas. Verifique a posteriori que la transferencia negativa también funcionaba.
De todos modos, lo primero que me impactó fue cómo se podía sostener un discurso sobre el inconsciente, con todo lo que eso implicaba "ontológicamente" (aunque por entonces desconocía esa palabrita), en el lenguaje de todos los días. Bueno, casi. Pues si bien éste sufría algunas deformaciones con términos resemantizados y pliegues teóricos por aquí y por acuyá, en lo esencial seguía siendo bastante legible. Ahí, creo, empezó a gestarse la pregunta por la consecuencia: ¿Cómo hacer para, llegados a este extremo, ser más fiel a tal deriva teórica? Entonces me encontré con el psicótico de Lacan.
Ahí sí que no había de donde sostenerse, todos los términos parecían torcerse y retorcerse en contorsiones elípticas que no terminaban jamás o lo hacían verbigracia: abruptamente; y sobre todo ¿dónde habían comenzado? Me costó mucho, como a cualquier hijo de vecino, seguirle el paso, pero persistí porque algo había ahí, en ese discurso, que me interpelaba (y no era agradable). Es cierto, esta vez tampoco se trataba de creencia sino de saber, más especificamente: de "saber hacer" con el lenguaje. Eso que aún le supongo saber hacer a Lacan.
Ahora, después de un tiempo en que he hecho y deshecho mi propia lectura de Lacan, me encuentro otro libro "El idioma de los lacanianos" donde el autor explica por qué es dificil leer a Lacan: es cuestión de estilo, dice. Ser fiel a la razón freudiana exige un estilo de mediodecir la verdad, no porque la otra mitad se enuentre oculta sino porque -y de esto me hago cargo- ontologicamente la verdad es no-toda. Evidentemente me inscribo bajo esta modalidad de decir la verdad ¡lo juro! no-toda la verdad. ¿Y la consecuencia? La vemos por casa, o por caso ¿sí?
viernes, 4 de septiembre de 2009
El amor (a) Lacan es decir “nada”

La lectura sintomática de la frase escrita más arriba condensa en parte y con doble sentido lo que deseo decir. Leí por ahí que el psicoanalista francés Jean Allouch brindó hace algún tiempo un seminario titulado “El Amor Lacan”; y aunque no tengo idea qué se habrá dicho en tal ocasión, encontré casi a la par algo que me impactó sobre “el signo amor” en el seminario XX de Jacques Lacan, cuestión que imagino quizá resonará en alguna medida imprevista con aquello otro; de ahí mismo me entraron ganas de contarlo –efectos de resonancia inconsciente, digamos.
Antes bien, una aclaración respecto de la índole singular de lo que se dará a leer. En este breve escrito hago uso de una cita de Lacan ―más de una, pero una sobre todo― sin preocuparme demasiado por la veracidad de la fuente en tanto me ocupa, más bien, la circunscripción del objeto. (Esta aclaración quizás sea necesaria luego de que Michel Sauval hubiera encontrado en falta a muchísimos psicoanalistas y otros intelectuales que recurren a la célebre cita de Lacan sin atender al “verdadero” significado, ínsito en el origen del mismo― incluido el que escribe, por supuesto).
Pues para mí las citas no tienen ningún valor. Entiéndase bien: ningún valor de cambio referible a una supuesta totalidad de sentido que lo constituiría como tal (“el todo instaura el valor”, diría Lacan); pero sí quizá algún valor de uso. Las citas, como cualquier otro significante recibido, empiezan a resonar en uno y si eso lo muerde de algún modo, lo divide, empieza a hacer algo con eso, o no. Es así de simple. Resulta sospechoso entonces que los afectos a supuestas significaciones literales ―de las citas― no se percaten que el valor de la letra no está dado, que hay que ver qué se hace con eso y, en todo caso, estar dispuesto a seguir sus recorridos imprevistos ―o mejor callarse, como proponía sabiamente Wittgenstein―. De ahí que Freud no se preocupara demasiado por la veracidad de las fuentes sino, antes bien, por la construcción que se hacía a partir de los materiales hallados para circunscribir lo imposible; léase: lo real (¡Es la pulsión, idiota!). Es lógico y clásico, además, que uno pueda partir de una proposición falsa (caída) y no obstante derivar ―en su división― hacia una conclusión verdadera; sobre todo si ella prosigue en la circunscripción de lo real (anticipa, suspende y concluye otra vez). Es así, también, que a un tal Lacan el Unbewusste freudiano le haya sonado, en determinado momento de su historia, como unbêvue y que por ello, en virtú de ello cabe decir, además de la fortuna haya encontrado cierta materialidad de lalangue. A veces pasa, así de simple. Recomienzo entonces.
I.
En extensión
“El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es” (Lacan dixit), es decir que allí se da “nada”. Hay que leer bien ceñido pues no es lo mismo que decir: “no se da nada”, lo que definiría simplemente una posición egoísta o avara, sin más. Dar “nada”, en cambio, es la muestra más lúcida de amor por parte de un sujeto a otro (que, por otra parte, “no lo es”). Pero es más o menos fácil de imaginar el valor de este “dar” (este don) en un mundo tan lleno de Todo, de discursos repletos de “buenas intenciones” donde abundan las expresiones del tipo “lo hacemos por tu propio bien”, “¡Goza!”, y así por el estilo (aunque fuesen no dichas o se dieran –en su deseo– por sobreentendidas). Pero ¿quién pregunta?, ¿quién sostiene un espacio abierto?, ¿quién puede dar algo de aire, de espacio, entre tanto humo?
En este loco lugar al que llamamos como podemos, “mundo” por ejemplo, donde solo se da lo que cada quien cree (saber) qué es exactamente lo que el otro necesita, y si no es eso pues no se dará nada (quizás calmantes que, esos sí, sedan); pocos aquí, insisto, son los que efectivamente dan “nada”. O que nada dan –invirtiendo la frase– los que ahora nadan con estilo propio en este mar de lenguaje (à la Joyce); mostrando así que es posible na(da)dar, pero hay que soltarse. Y continuamos: “a quien no lo es” (el resto que queda de la frase escandida), porque uno no sabe nunca realmente quién es el otro ¿no? Esta actitud de apertura incondicional permite que el otro sea el que sea (como dios digamos) y no quien yo –o cualquier otro parecido a mí– quisiera que fuese: mero reflejo especular de una imagen narcisista digna de mí –o de su– posesivo amor. Se muestra así, de repente, qué es el amor más allá del espejo; practicable aunque difícil, puesto requiere del otro acepte esa “nada” (que "es" antes que “todo o nada”) y de vez en cuando devuelva también “algo” de nada, de su propia cosecha (se requiere cierta colaboración). Creo que esto es lo que esperaba aún Lacan de la gente que lo iba a escuchar a sus seminarios (explícitamente a la altura del XX: Aun), que lo amaran tanto y como él lo hacia y proponía, que le devolvieran algo de nada, porque no olvidemos: “el amor es siempre recíproco”.
Si no imagínense, aquellos creían que allí, en los Seminarios, recibían algo de Lacan, y algo además suculento puesto que creían alimentarse mejor que en el “comedor universitario”; pero él mismo –Lacan– les indicaba: “el goce del Otro no es signo de amor”; eso atora, impide el pase. Les demandaba por tanto que rechazaran lo que les ofrecía porque “no era eso” (demanda fundamental extensa). Es decir, les pedía que hicieran, al modo de Demócrito, algo de nada (me-den = nada en griego). Pongamos imaginariamente en boca de Lacan estas palabras: “les pido no me-den (nada), elidan ‘me’ tachen ‘me’ y lo que quede den”. Juego de palabras, serio juego de (de-) formación de nuevos significantes a(l) partir (de) los que hay.
Ser fiel entonces a los dichos del maestro, repetirlos sin más (sin plus) es traicionarlo, es apagar su decir (Masotta dixit). Por el contrario, seguir su ejemplo y ser fiel a su decir implica cierta relación de juego serio (de seriación) con la palabra y los conceptos; de corte y sutura; de pliegue y despliegue.
II.
En intensión
La regla fundamental del análisis es la asociación libre: se le dice al analizante que diga lo que se le ocurra, cualquier cosa. Pero el analista es el que debe saber algo: “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”; por ello opera habilitando las vías para que eso no se olvide tan rápidamente, para que se constituya así un tiempo singular en que se escuche (se haga oír) el decir que ex-siste al dicho. Por demás, el analizante comprueba demasiado pronto que esto es imposible, que decir-lo-todo no puede, y aún antes siente la impotencia de lo que se pierde, de lo que se escurre, de no poder encontrar la palabra justa a la medida de su padecer. Se inhibe ante el sentido sexual, demasiado sexual de lo dicho; o sintomatiza al sustituir y desplazar un dicho por otro; o se angustia ante la ausencia de palabras para nombrar lo innombrable. Se trata entonces (y se cura así secundariamente) de que el analizante libere la palabra para decir “notodo”, puesto que solo “partes” pueden ser nombradas (com-partidas) para que haya decir entre dichos (inter-dits). Y si es necesario inventar nuevos términos a fin de sostener (los principios) el deseo de decir (el comienzo), entonces se inventa. Si el analista es el sujeto que de esto algo sabe, porque ha pagado el precio, que de esto hace profesión (que profesa esto), entonces, ¿por qué no es más re-suelto?, ¿por qué no circulan más significantes nuevos en los ámbitos psicoanalíticos?, ¿por qué no hay más juego con lalangue, como incansablemente hacía y deshacía Lacan? (Siguiendo su ejemplo pero sin imitarlo).
Si se supone que su-posición se sostiene por una relación un poco más elucidada que –y de– el resto respecto a los ideales (la buena forma, la corrección política, la estética trascendental, etc.), si no debe dar cuenta de lo que hace mediante elegantes demostraciones, como un matemático o un lógico, ni ajustarse tampoco a la moda de algún criterio estético, como un artista. Por supuesto, no todos los artistas y/o matemáticos hacen eso –repiten– pero el analista solo puede ex-sistir allí por no hacerlo de ningún modo, bajo ningún pre-texto. La función “deseo del analista” sólo se sostiene de este juego serio. Entonces, ¿por qué se dan aires de solemnidad, o se toman demasiado en serio –los analistas– en lugar de hacer series como proponía Lacan? Para ello hay que localizar el vacío, hay que aceptar la falta real/simbólica, y de esto no se hace puro “semblante”, para ser serios en verdad. “Que estén como bufones los justifica” les dice Lacan en La tercera. Y quizás algunos lo hagan más o menos en intensión, pero ¿y en extensión?
Pues, si uno va a un sitio donde debería haber un espacio abierto, un agujero central interno, según se dice, y no lo hay pues se ha ya (y se halla) obturado con ficciones imaginarias (demasiados semblantes digamos), ¿qué hacer? La diferencia de sólo una letra y una escansión entre “ha ya” o “halla” interroga: ¿a quién? ¿Al sujeto o al Otro refiere? ¡Pero si el Otro no existe! (según se repite) ¡Ahhh! al sujeto (que ex-siste) entonces...luego, pienso. Pero ¿no era al revés? ¿Quién invierte las palabras y las cosas, las frases y los cogitos? ¿Quién invierte se divierte por eso? No tanto, parece que allí no se divierte tanto, porque hay sonrisas necias, digamos, que flotan en el significante supremo.
Repasemos la lección escolar. Si falta la falta se produce angustia. Un síntoma es un dicho en lugar de otro, desplazado o sustituido por la represión de un goce deslocalizado (loco). El sinthoma en cambio es hacer del dicho otro, allí mismo, en torsión, con lo cual el goce se localiza atravesando la palabra misma, descomponiéndola. La redundancia de sentido es por inhibición, y el todo dicho se sexualiza “como si” hubiera relación sexual.
Para que exista la posibilidad de una lógica colectiva, sostengo, es necesario que haya un agujero real, a fin de que cada uno (se) inscriba allí (en) términos nuevos, para circunscribir la ab-sens (ausencia-sentido = ausentido). ¿Se trata de inversión dialéctica o topológica? This is the question, my dear friend. Si Freud resucitara diría: “Y tú que tienes que ver con todo eso de lo que te quejas”, pero no es asunto de “tú”, ni de “todo”, aún menos de “ver”, pues las inversiones (dialécticas) dan ganancias, por supuesto, pero ganancias de sentido y se trata, en cambio, de saber perder; por eso “inversión topológica”, agujero en el saber, de-formación continua del lenguaje y pérdida del sentido, en múltiples sentidos, más bien.
III.
En incautación
Pero vayamos sin cuidado, sin amparos ni garantías, más bien con nada, pues “los no incautos yerran”. Lacan nos propone ser incautos de lo real. ¿Qué es lo real? Para Freud –nos dice– habrán sido los fenómenos paranormales, la telepatía y todo eso; y puesto que él no creía en absoluto en tales fenómenos, se dejaba incautar por ellos e intentaba explicarlos a partir de su teoría sobre lo inconsciente (llevaba agua para su molino, digamos). Lacan, en cambio, se deja incautar por los embrollos del nudo borromeo y nos propone seguirlo en tal empresa, ya que espera de ella algo menos “boludo” que el resto –textuales palabras: Lacan juega con la palabra con-sistence ya que “con” en francés significa boludo, idiota, etc.). Es interesante entonces sostener esta posición de “incauto de lo real” en tanto no es propiamente la del creyente (que espera siempre algo más de lo que hay) ni la del escéptico (que no cree que haya nada de lo que hay). La posición del incauto (pero no “con”) se puede apreciar en cierta forma en lo que hace el mismísimo Ulises cuando les pide a sus hombres que lo aten al mástil del barco y se tapen los oídos para no escuchar el canto de las sirenas; así, él puede escuchar el hermoso canto sin sucumbir al peligro de la (auto)destrucción. Del mismo modo, el analista/investigador debería poder dividirse entre, por una parte, una disposición incauta hacia lo real en la que se asegure que realmente no va a sucumbir a la creencia (y los prejuicios), puesto que no cree para nada en eso (lo cual le permite explicarlo entre otras cosas), pero además, por otra parte, tampoco debe creer que ya sabe todo acerca de eso, con lo cual, lisa y llanamente lo desestimaría y no escucharía ya nada de nada.
Encontramos semejante operación paradójica con respecto a las creencias (al Saber) en Descartes y en Joyce. Este último tampoco cree ya nada en la religión y tradición en las que fue educado, y no obstante se sirve de ellas para armar sus relatos, para sostenerse a flote en ese “mar de lenguaje” sobre el que ha aprendido a nada-r (no así su hija Lucía), al modo de un instrumento o un operador de conexión. Esto es para mí lo que significa la célebre frase lacaniana: “prescindir del padre a condición de servirse de él”, es decir que una vez que eso se ha vaciado de sentido (y del goce correlativo supuesto al Otro), y que es imposible creerle, entonces eso (sea lo que sea para cada quien) se habilita como posible instrumento de uso, de indagación, de escritura, etc. Es el momento en que el sujeto ya no espera nada dado, ninguna instancia del más allá o sentido último alguno, y por lo tanto, cae en la cuenta de que hay que hacer con lo que hay, por poco que esto sea, pues lo que hay no es todo, es más bien no-Todo; inventar, escribir, pensar sin garantías últimas.
Esta disposición de “incauto de lo real” requiere una suerte de división subjetiva, como ha sido dicho, en la cual uno no es ni creyente ni escéptico, o simplemente: uno-no-es. Decir esto nos lleva a pensar el ser en tanto multiplicidad y al uno como operador de cuenta (es lo que hace Badiou); y aquí cabe mencionar tanto a los presocráticos como a Nietszche (uno-no-es sino el “eterno retorno de lo mismo”) o a Freud (uno-no-es sino el “inconsciente”) o Marx (uno-no-es sino la “actividad práctico-crítica”).
Freud, por supuesto, nos plantea su segunda tópica en la cual el sujeto está compuesto por tres instancias (ello, yo, superyo). Es un buen comienzo, aunque no es suficiente. A Lacan le ronda la idea recurrente del cuatro, es decir, la estructura debe ser cuaternaria. Por ejemplo, un nudo borromeo necesita un mínimo de tres términos para articularse, pero son cuatro los necesarios para marcar la diferencia entre los registros (esto es posible porque se introduce una disimetría: uno pasa cuatro veces sobre otro, todos los demás sólo dos veces), de ahí en más las posibilidades de conexión son infinitas.
¿Qué es entonces lo que marca un límite? Pues lo real del cual uno es incauto y con el cual uno hace nudo y así se desmultiplica (el Haiuno). Así, el síntoma se convierte en una ayuda-contra –como dice Lacan– ¿Contra qué? Pues contra uno mismo (redundancia), contra la predominancia estupidizante del Uno. El síntoma es ese instrumento del cual uno se sirve justamente para no creerse uno y poder dar cuenta de lo múltiple que hay, antes que todo. Lacan nos confiesa que él mismo debió soportar durante mucho tiempo el ternario RSI (real, simbólico, imaginario) bajo su nombre propio, es decir que él mismo debía estar un poco “loco” con eso, puesto que por más vacío que se considere un nombre él debía creérselo un poco, en alguna medida, para dar unidad y consistencia a los tres registros (¿de allí su aparente megalomanía?). Cuando encontró el nudo borromeo, como soporte lógico de los tres, recién entonces pudo dedicarse a manipular la diversidad de articulaciones y fallas posibles sin creérselo en absoluto. Digamos que se liberó del peso de tener que soportar bajo su nombre las articulaciones conceptuales; pudo, así, dejarse incautar por el nudo en tanto real y dar comienzo a las infinitas modulaciones que éste permite, esto es, la escritura.
Bibliografía de Jacques Lacan
Lacan, J. 1973-1974 : Les non-dupes errent; 1974-1975 : R.S.I.; 1975-1976 : Le sinthome; 1976-1977 : L'insu que sait de l'unebévue s'aile à mourre - Sténotypies - Versión non J.L. (en línea: http://www.ecole-lacanienne.net/bibliotheque.php?id=13
Lacan, J. El atolondradicho en Escansión n 1, Paidos, Buenos Aires, 1984
Lacan, J., (1981) El seminario, Libro XX, Aún 1972-1973, Buenos Aires, Paidós.
Antes bien, una aclaración respecto de la índole singular de lo que se dará a leer. En este breve escrito hago uso de una cita de Lacan ―más de una, pero una sobre todo― sin preocuparme demasiado por la veracidad de la fuente en tanto me ocupa, más bien, la circunscripción del objeto. (Esta aclaración quizás sea necesaria luego de que Michel Sauval hubiera encontrado en falta a muchísimos psicoanalistas y otros intelectuales que recurren a la célebre cita de Lacan sin atender al “verdadero” significado, ínsito en el origen del mismo― incluido el que escribe, por supuesto).
Pues para mí las citas no tienen ningún valor. Entiéndase bien: ningún valor de cambio referible a una supuesta totalidad de sentido que lo constituiría como tal (“el todo instaura el valor”, diría Lacan); pero sí quizá algún valor de uso. Las citas, como cualquier otro significante recibido, empiezan a resonar en uno y si eso lo muerde de algún modo, lo divide, empieza a hacer algo con eso, o no. Es así de simple. Resulta sospechoso entonces que los afectos a supuestas significaciones literales ―de las citas― no se percaten que el valor de la letra no está dado, que hay que ver qué se hace con eso y, en todo caso, estar dispuesto a seguir sus recorridos imprevistos ―o mejor callarse, como proponía sabiamente Wittgenstein―. De ahí que Freud no se preocupara demasiado por la veracidad de las fuentes sino, antes bien, por la construcción que se hacía a partir de los materiales hallados para circunscribir lo imposible; léase: lo real (¡Es la pulsión, idiota!). Es lógico y clásico, además, que uno pueda partir de una proposición falsa (caída) y no obstante derivar ―en su división― hacia una conclusión verdadera; sobre todo si ella prosigue en la circunscripción de lo real (anticipa, suspende y concluye otra vez). Es así, también, que a un tal Lacan el Unbewusste freudiano le haya sonado, en determinado momento de su historia, como unbêvue y que por ello, en virtú de ello cabe decir, además de la fortuna haya encontrado cierta materialidad de lalangue. A veces pasa, así de simple. Recomienzo entonces.
I.
En extensión
“El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es” (Lacan dixit), es decir que allí se da “nada”. Hay que leer bien ceñido pues no es lo mismo que decir: “no se da nada”, lo que definiría simplemente una posición egoísta o avara, sin más. Dar “nada”, en cambio, es la muestra más lúcida de amor por parte de un sujeto a otro (que, por otra parte, “no lo es”). Pero es más o menos fácil de imaginar el valor de este “dar” (este don) en un mundo tan lleno de Todo, de discursos repletos de “buenas intenciones” donde abundan las expresiones del tipo “lo hacemos por tu propio bien”, “¡Goza!”, y así por el estilo (aunque fuesen no dichas o se dieran –en su deseo– por sobreentendidas). Pero ¿quién pregunta?, ¿quién sostiene un espacio abierto?, ¿quién puede dar algo de aire, de espacio, entre tanto humo?
En este loco lugar al que llamamos como podemos, “mundo” por ejemplo, donde solo se da lo que cada quien cree (saber) qué es exactamente lo que el otro necesita, y si no es eso pues no se dará nada (quizás calmantes que, esos sí, sedan); pocos aquí, insisto, son los que efectivamente dan “nada”. O que nada dan –invirtiendo la frase– los que ahora nadan con estilo propio en este mar de lenguaje (à la Joyce); mostrando así que es posible na(da)dar, pero hay que soltarse. Y continuamos: “a quien no lo es” (el resto que queda de la frase escandida), porque uno no sabe nunca realmente quién es el otro ¿no? Esta actitud de apertura incondicional permite que el otro sea el que sea (como dios digamos) y no quien yo –o cualquier otro parecido a mí– quisiera que fuese: mero reflejo especular de una imagen narcisista digna de mí –o de su– posesivo amor. Se muestra así, de repente, qué es el amor más allá del espejo; practicable aunque difícil, puesto requiere del otro acepte esa “nada” (que "es" antes que “todo o nada”) y de vez en cuando devuelva también “algo” de nada, de su propia cosecha (se requiere cierta colaboración). Creo que esto es lo que esperaba aún Lacan de la gente que lo iba a escuchar a sus seminarios (explícitamente a la altura del XX: Aun), que lo amaran tanto y como él lo hacia y proponía, que le devolvieran algo de nada, porque no olvidemos: “el amor es siempre recíproco”.
Si no imagínense, aquellos creían que allí, en los Seminarios, recibían algo de Lacan, y algo además suculento puesto que creían alimentarse mejor que en el “comedor universitario”; pero él mismo –Lacan– les indicaba: “el goce del Otro no es signo de amor”; eso atora, impide el pase. Les demandaba por tanto que rechazaran lo que les ofrecía porque “no era eso” (demanda fundamental extensa). Es decir, les pedía que hicieran, al modo de Demócrito, algo de nada (me-den = nada en griego). Pongamos imaginariamente en boca de Lacan estas palabras: “les pido no me-den (nada), elidan ‘me’ tachen ‘me’ y lo que quede den”. Juego de palabras, serio juego de (de-) formación de nuevos significantes a(l) partir (de) los que hay.
Ser fiel entonces a los dichos del maestro, repetirlos sin más (sin plus) es traicionarlo, es apagar su decir (Masotta dixit). Por el contrario, seguir su ejemplo y ser fiel a su decir implica cierta relación de juego serio (de seriación) con la palabra y los conceptos; de corte y sutura; de pliegue y despliegue.
II.
En intensión
La regla fundamental del análisis es la asociación libre: se le dice al analizante que diga lo que se le ocurra, cualquier cosa. Pero el analista es el que debe saber algo: “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”; por ello opera habilitando las vías para que eso no se olvide tan rápidamente, para que se constituya así un tiempo singular en que se escuche (se haga oír) el decir que ex-siste al dicho. Por demás, el analizante comprueba demasiado pronto que esto es imposible, que decir-lo-todo no puede, y aún antes siente la impotencia de lo que se pierde, de lo que se escurre, de no poder encontrar la palabra justa a la medida de su padecer. Se inhibe ante el sentido sexual, demasiado sexual de lo dicho; o sintomatiza al sustituir y desplazar un dicho por otro; o se angustia ante la ausencia de palabras para nombrar lo innombrable. Se trata entonces (y se cura así secundariamente) de que el analizante libere la palabra para decir “notodo”, puesto que solo “partes” pueden ser nombradas (com-partidas) para que haya decir entre dichos (inter-dits). Y si es necesario inventar nuevos términos a fin de sostener (los principios) el deseo de decir (el comienzo), entonces se inventa. Si el analista es el sujeto que de esto algo sabe, porque ha pagado el precio, que de esto hace profesión (que profesa esto), entonces, ¿por qué no es más re-suelto?, ¿por qué no circulan más significantes nuevos en los ámbitos psicoanalíticos?, ¿por qué no hay más juego con lalangue, como incansablemente hacía y deshacía Lacan? (Siguiendo su ejemplo pero sin imitarlo).
Si se supone que su-posición se sostiene por una relación un poco más elucidada que –y de– el resto respecto a los ideales (la buena forma, la corrección política, la estética trascendental, etc.), si no debe dar cuenta de lo que hace mediante elegantes demostraciones, como un matemático o un lógico, ni ajustarse tampoco a la moda de algún criterio estético, como un artista. Por supuesto, no todos los artistas y/o matemáticos hacen eso –repiten– pero el analista solo puede ex-sistir allí por no hacerlo de ningún modo, bajo ningún pre-texto. La función “deseo del analista” sólo se sostiene de este juego serio. Entonces, ¿por qué se dan aires de solemnidad, o se toman demasiado en serio –los analistas– en lugar de hacer series como proponía Lacan? Para ello hay que localizar el vacío, hay que aceptar la falta real/simbólica, y de esto no se hace puro “semblante”, para ser serios en verdad. “Que estén como bufones los justifica” les dice Lacan en La tercera. Y quizás algunos lo hagan más o menos en intensión, pero ¿y en extensión?
Pues, si uno va a un sitio donde debería haber un espacio abierto, un agujero central interno, según se dice, y no lo hay pues se ha ya (y se halla) obturado con ficciones imaginarias (demasiados semblantes digamos), ¿qué hacer? La diferencia de sólo una letra y una escansión entre “ha ya” o “halla” interroga: ¿a quién? ¿Al sujeto o al Otro refiere? ¡Pero si el Otro no existe! (según se repite) ¡Ahhh! al sujeto (que ex-siste) entonces...luego, pienso. Pero ¿no era al revés? ¿Quién invierte las palabras y las cosas, las frases y los cogitos? ¿Quién invierte se divierte por eso? No tanto, parece que allí no se divierte tanto, porque hay sonrisas necias, digamos, que flotan en el significante supremo.
Repasemos la lección escolar. Si falta la falta se produce angustia. Un síntoma es un dicho en lugar de otro, desplazado o sustituido por la represión de un goce deslocalizado (loco). El sinthoma en cambio es hacer del dicho otro, allí mismo, en torsión, con lo cual el goce se localiza atravesando la palabra misma, descomponiéndola. La redundancia de sentido es por inhibición, y el todo dicho se sexualiza “como si” hubiera relación sexual.
Para que exista la posibilidad de una lógica colectiva, sostengo, es necesario que haya un agujero real, a fin de que cada uno (se) inscriba allí (en) términos nuevos, para circunscribir la ab-sens (ausencia-sentido = ausentido). ¿Se trata de inversión dialéctica o topológica? This is the question, my dear friend. Si Freud resucitara diría: “Y tú que tienes que ver con todo eso de lo que te quejas”, pero no es asunto de “tú”, ni de “todo”, aún menos de “ver”, pues las inversiones (dialécticas) dan ganancias, por supuesto, pero ganancias de sentido y se trata, en cambio, de saber perder; por eso “inversión topológica”, agujero en el saber, de-formación continua del lenguaje y pérdida del sentido, en múltiples sentidos, más bien.
III.
En incautación
Pero vayamos sin cuidado, sin amparos ni garantías, más bien con nada, pues “los no incautos yerran”. Lacan nos propone ser incautos de lo real. ¿Qué es lo real? Para Freud –nos dice– habrán sido los fenómenos paranormales, la telepatía y todo eso; y puesto que él no creía en absoluto en tales fenómenos, se dejaba incautar por ellos e intentaba explicarlos a partir de su teoría sobre lo inconsciente (llevaba agua para su molino, digamos). Lacan, en cambio, se deja incautar por los embrollos del nudo borromeo y nos propone seguirlo en tal empresa, ya que espera de ella algo menos “boludo” que el resto –textuales palabras: Lacan juega con la palabra con-sistence ya que “con” en francés significa boludo, idiota, etc.). Es interesante entonces sostener esta posición de “incauto de lo real” en tanto no es propiamente la del creyente (que espera siempre algo más de lo que hay) ni la del escéptico (que no cree que haya nada de lo que hay). La posición del incauto (pero no “con”) se puede apreciar en cierta forma en lo que hace el mismísimo Ulises cuando les pide a sus hombres que lo aten al mástil del barco y se tapen los oídos para no escuchar el canto de las sirenas; así, él puede escuchar el hermoso canto sin sucumbir al peligro de la (auto)destrucción. Del mismo modo, el analista/investigador debería poder dividirse entre, por una parte, una disposición incauta hacia lo real en la que se asegure que realmente no va a sucumbir a la creencia (y los prejuicios), puesto que no cree para nada en eso (lo cual le permite explicarlo entre otras cosas), pero además, por otra parte, tampoco debe creer que ya sabe todo acerca de eso, con lo cual, lisa y llanamente lo desestimaría y no escucharía ya nada de nada.
Encontramos semejante operación paradójica con respecto a las creencias (al Saber) en Descartes y en Joyce. Este último tampoco cree ya nada en la religión y tradición en las que fue educado, y no obstante se sirve de ellas para armar sus relatos, para sostenerse a flote en ese “mar de lenguaje” sobre el que ha aprendido a nada-r (no así su hija Lucía), al modo de un instrumento o un operador de conexión. Esto es para mí lo que significa la célebre frase lacaniana: “prescindir del padre a condición de servirse de él”, es decir que una vez que eso se ha vaciado de sentido (y del goce correlativo supuesto al Otro), y que es imposible creerle, entonces eso (sea lo que sea para cada quien) se habilita como posible instrumento de uso, de indagación, de escritura, etc. Es el momento en que el sujeto ya no espera nada dado, ninguna instancia del más allá o sentido último alguno, y por lo tanto, cae en la cuenta de que hay que hacer con lo que hay, por poco que esto sea, pues lo que hay no es todo, es más bien no-Todo; inventar, escribir, pensar sin garantías últimas.
Esta disposición de “incauto de lo real” requiere una suerte de división subjetiva, como ha sido dicho, en la cual uno no es ni creyente ni escéptico, o simplemente: uno-no-es. Decir esto nos lleva a pensar el ser en tanto multiplicidad y al uno como operador de cuenta (es lo que hace Badiou); y aquí cabe mencionar tanto a los presocráticos como a Nietszche (uno-no-es sino el “eterno retorno de lo mismo”) o a Freud (uno-no-es sino el “inconsciente”) o Marx (uno-no-es sino la “actividad práctico-crítica”).
Freud, por supuesto, nos plantea su segunda tópica en la cual el sujeto está compuesto por tres instancias (ello, yo, superyo). Es un buen comienzo, aunque no es suficiente. A Lacan le ronda la idea recurrente del cuatro, es decir, la estructura debe ser cuaternaria. Por ejemplo, un nudo borromeo necesita un mínimo de tres términos para articularse, pero son cuatro los necesarios para marcar la diferencia entre los registros (esto es posible porque se introduce una disimetría: uno pasa cuatro veces sobre otro, todos los demás sólo dos veces), de ahí en más las posibilidades de conexión son infinitas.
¿Qué es entonces lo que marca un límite? Pues lo real del cual uno es incauto y con el cual uno hace nudo y así se desmultiplica (el Haiuno). Así, el síntoma se convierte en una ayuda-contra –como dice Lacan– ¿Contra qué? Pues contra uno mismo (redundancia), contra la predominancia estupidizante del Uno. El síntoma es ese instrumento del cual uno se sirve justamente para no creerse uno y poder dar cuenta de lo múltiple que hay, antes que todo. Lacan nos confiesa que él mismo debió soportar durante mucho tiempo el ternario RSI (real, simbólico, imaginario) bajo su nombre propio, es decir que él mismo debía estar un poco “loco” con eso, puesto que por más vacío que se considere un nombre él debía creérselo un poco, en alguna medida, para dar unidad y consistencia a los tres registros (¿de allí su aparente megalomanía?). Cuando encontró el nudo borromeo, como soporte lógico de los tres, recién entonces pudo dedicarse a manipular la diversidad de articulaciones y fallas posibles sin creérselo en absoluto. Digamos que se liberó del peso de tener que soportar bajo su nombre las articulaciones conceptuales; pudo, así, dejarse incautar por el nudo en tanto real y dar comienzo a las infinitas modulaciones que éste permite, esto es, la escritura.
Bibliografía de Jacques Lacan
Lacan, J. 1973-1974 : Les non-dupes errent; 1974-1975 : R.S.I.; 1975-1976 : Le sinthome; 1976-1977 : L'insu que sait de l'unebévue s'aile à mourre - Sténotypies - Versión non J.L. (en línea: http://www.ecole-lacanienne.net/bibliotheque.php?id=13
Lacan, J. El atolondradicho en Escansión n 1, Paidos, Buenos Aires, 1984
Lacan, J., (1981) El seminario, Libro XX, Aún 1972-1973, Buenos Aires, Paidós.
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