Mostrando entradas con la etiqueta metarelatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta metarelatos. Mostrar todas las entradas
lunes, 2 de abril de 2012
Gigantes de acero (la función del padre)
En Gigantes de acero hay básicamente un niño, un padre y un robot. Lo maravilloso es cómo, en un mundo aplastado por la técnica, un padre flojo, ausente, perdedor -por decir lo mínimo-, producto en parte de ese mismo mundo, resulta finalmente apuntalado por una máquina. El robot -el aparato simbólico aquí imaginarizado- permite que el niño y el padre se reencuentren al hacer las veces de médium (mimético) de la falta del padre, de su deseo (de pelear). Algo de la cobardía moral del padre, por haber retrocedido en su deseo (de pelea y de paternidad), es reparado a partir de ese robot en desuso rescatado de la basura por la sola per-sistencia del niño, a pesar del mismo padre y su continuo gesto abandónico ("tratas todo como basura, lo que no te sirve lo dejas"). Y ese gesto restituye al padre, a su vez, del lugar de desecho humano en que se encontraba, asumiéndolo, le da esa continuidad necesaria para volver a entrenar y, por supuesto, ganar con el "robot del pueblo": Atom (incluso, a pesar de la resolución de los árbitros y el poder de las corporaciones). Lo más interesante es que la función del padre sea suplida por algo mínimo, casi insignificante, la mímesis del robot. El robot sólo repite los movimientos del niño (que lo hace bailar) y del padre (que lo hace pelear), no agrega nada nuevo; pero justamente hace notar que lo mismo debe ser sostenido, hay que darle continuidad, y es allí donde se produce la diferencia. Como si el aparato simbólico sólo necesitara, para ser sostenido, un gesto mínimo pero continuado que permite su reduplicación: el robot no se cansa, aguanta, pero requiere inevitablemente del humano -del deseo humano- para alcanzar algún tipo de eficacia más allá del automatismo de repetición. Tanto es así que hasta el robot todopoderoso, Zeus, el gran destructor sostenido por toda la tecnología y el poder económico de una corporación, tampoco es ya manejado por su genio creador, quien parece haberse desentendido del asunto y delegado dicha responsabilidad en un equipo de operadores; claro, cuando intenta hacerse cargo, en el último momento en que está siendo destruido por Atom, ya es demasiado tarde. (queda insinuado también el otro modelo del padre: el de la chica rica que le banca su inversión en Zeus, sin que ella arriesgue ni ponga nada original de su parte, ni creación, ni pelea).
sábado, 21 de enero de 2012
Accidente o acontecimiento
Hace poco me sucedió algo que todavía no he contado. Y es que casi no la cuento más. Quizás la lluvia de hoy haya reactivado el deseo de hacerlo, de volver sobre aquello.
Íbamos en auto bajo la tormenta con un grupo familiar, en un pueblito de las sierras cordobesas, cuando de repente, ante una maniobra evasiva de quien conducía (había una máquina de la municipalidad trabajando en medio de la calle), siento que algo se nos viene encima e impacta fuertemente contra el parabrisas, quebrándolo, justo enfrente de mi rostro. Un pesado poste de luz o de teléfono, con todos sus cables, había caído en medio de la lluvia sobre el auto. Me quedé paralizado por unos segundos porque pensé que estábamos electrificados. Luego, todo fueron gritos, puteadas, más lluvia, llantos, policías, municipales, remiseros, etc. Lo que más me dolió en ese momento, ante la evidente fragilidad de mi cuerpo respecto a semejante poste que bien podría haberme partido la cabeza, fue cierta indolencia que todavía no puedo precisar, cierto malestar indefinido; pero ya empiezan rápidamente a condensarse algunas inversiones e ingenuidades -no exentas de violencia, apenas reprimida- propias de la clase social a la que pertenezco, en parte, sólo en parte.
1º apreciación: el contraste brutal entre el bucólico estado vacacional de un grupo familiar de clase media -ilusamente protegido por la burbuja interior de un auto nuevo-, con todas sus inconsistencias, desvaríos y cavilaciones de base, por un lado; y el choque imprevisto, el golpe, el anticipo del final, en unas décimas de segundo, y la expuesta fragilidad del cuerpo, por otro lado. Así, todo lo anterior se hace más notable, se resignifica, pues nada, ningún acto de osadía, de lucha, de enfrentamiento real, predisponían para recibir semejante golpe. Y no obstante...
2º apreciación: el grito, la puteada, la violencia verbal desmedida ante lo desmedido, surgen después, como reacción inusitada ante una escena cuyas causalidades materiales escapan a la conciencia de clase media: un tipo, proletario, subcontratado, trabajando a oscuras, bajo la lluvia, sin protección para él o para otros. Así, todas las inconsistencias de clase, nuestra ideología invertida, nuestra forma mansa e histérica de vivir, nuestra forma idiota de morir, llegado el caso, saltan a escena ante un golpe imprevisto que permite ver, fugazmente, la madeja compleja de causalidades que nos sobredetermina (nos hace y deshace). Al menos eso pienso y siento yo, en este preciso instante en el que intento dar cuenta del asunto, bajo otra lluvia, dolido de otro modo.
Íbamos en auto bajo la tormenta con un grupo familiar, en un pueblito de las sierras cordobesas, cuando de repente, ante una maniobra evasiva de quien conducía (había una máquina de la municipalidad trabajando en medio de la calle), siento que algo se nos viene encima e impacta fuertemente contra el parabrisas, quebrándolo, justo enfrente de mi rostro. Un pesado poste de luz o de teléfono, con todos sus cables, había caído en medio de la lluvia sobre el auto. Me quedé paralizado por unos segundos porque pensé que estábamos electrificados. Luego, todo fueron gritos, puteadas, más lluvia, llantos, policías, municipales, remiseros, etc. Lo que más me dolió en ese momento, ante la evidente fragilidad de mi cuerpo respecto a semejante poste que bien podría haberme partido la cabeza, fue cierta indolencia que todavía no puedo precisar, cierto malestar indefinido; pero ya empiezan rápidamente a condensarse algunas inversiones e ingenuidades -no exentas de violencia, apenas reprimida- propias de la clase social a la que pertenezco, en parte, sólo en parte.
1º apreciación: el contraste brutal entre el bucólico estado vacacional de un grupo familiar de clase media -ilusamente protegido por la burbuja interior de un auto nuevo-, con todas sus inconsistencias, desvaríos y cavilaciones de base, por un lado; y el choque imprevisto, el golpe, el anticipo del final, en unas décimas de segundo, y la expuesta fragilidad del cuerpo, por otro lado. Así, todo lo anterior se hace más notable, se resignifica, pues nada, ningún acto de osadía, de lucha, de enfrentamiento real, predisponían para recibir semejante golpe. Y no obstante...
2º apreciación: el grito, la puteada, la violencia verbal desmedida ante lo desmedido, surgen después, como reacción inusitada ante una escena cuyas causalidades materiales escapan a la conciencia de clase media: un tipo, proletario, subcontratado, trabajando a oscuras, bajo la lluvia, sin protección para él o para otros. Así, todas las inconsistencias de clase, nuestra ideología invertida, nuestra forma mansa e histérica de vivir, nuestra forma idiota de morir, llegado el caso, saltan a escena ante un golpe imprevisto que permite ver, fugazmente, la madeja compleja de causalidades que nos sobredetermina (nos hace y deshace). Al menos eso pienso y siento yo, en este preciso instante en el que intento dar cuenta del asunto, bajo otra lluvia, dolido de otro modo.
lunes, 16 de enero de 2012
García Linera
Excelente entrevista a García Linera. Un par de anotaciones al respecto.
1º Me siento muy próximo a esta concepción ideológica del Estado y la política.
2º Me parece muy atinado sustituir el viejo término de las 'contradicciones internas' (esa topología clásica del todo y sus partes internas/externas) por el de 'tensiones creativas' y su 'lenguaje plebeyo' -de cortes- correlativo (topología de pliegues y desplazamientos).
3º Creo que vernos en ese espejo contigüo que nos ofrece Bolivia, nos puede ayudar a pensar parcialmente nuestras propias tensiones creativas y lenguajes políticos.
4º Finalmente, extraño esa claridad conceptual articulada con lo real complejo de la sociedad en el lenguaje de nuestros funcionarios (por momentos brilla en el lenguaje de CFK aunque suela deslizarse fácilmente, como ella misma dice, en la numerología). ¿Será que nos falta esa formación simultánea en Ciencias Sociales y Matemáticas? ¿¡Ni que hablar de los modos de organización indígena?!
No me quejo; sé reconocer también nuestra propia potencia y singularidad.
1º Me siento muy próximo a esta concepción ideológica del Estado y la política.
2º Me parece muy atinado sustituir el viejo término de las 'contradicciones internas' (esa topología clásica del todo y sus partes internas/externas) por el de 'tensiones creativas' y su 'lenguaje plebeyo' -de cortes- correlativo (topología de pliegues y desplazamientos).
3º Creo que vernos en ese espejo contigüo que nos ofrece Bolivia, nos puede ayudar a pensar parcialmente nuestras propias tensiones creativas y lenguajes políticos.
4º Finalmente, extraño esa claridad conceptual articulada con lo real complejo de la sociedad en el lenguaje de nuestros funcionarios (por momentos brilla en el lenguaje de CFK aunque suela deslizarse fácilmente, como ella misma dice, en la numerología). ¿Será que nos falta esa formación simultánea en Ciencias Sociales y Matemáticas? ¿¡Ni que hablar de los modos de organización indígena?!
No me quejo; sé reconocer también nuestra propia potencia y singularidad.
martes, 25 de octubre de 2011
El triunfo de Cristina (análisis coyuntural)
Transcribo el análisis minimalista que hace AG sobre el triunfo de CFK y luego un breve comentario, en síntonia político-formal, de mi parte.
Las razones de la victoria de CFK- La Voz del Interior 24-10-2011
Alejandro Groppo
Las victorias electorales obedecen a múltiples causas y factores. La explicación del seguro triunfo de CFK tiene tres componentes: estratégicos-utilitarios, ideológicos y político-partidarios. La explicación estratégica indica que CFK gana porque los votantes entienden que su situación mejoró en los últimos años y que será mejor bajo CFK que bajo un gobierno de cualquiera de los opositores. Así de simple. En la ponderación del voto utilitario-estratégico confluyen desde elementos de corto plazo tales como la afluencia macroeconómica pasada y presente, la AUH y el mejoramiento del salario y el empleo hasta valoraciones de mediano y largo plazo como la percepción que frente a una posible crisis internacional el gobierno tiene la capacidad y la experiencia para administrar su impacto nacional mejor que cualquiera de las otras ofertas electorales. El impacto electoral de las imágenes de un ‘primer mundo’ en llamas e ‘indignado’ frente a la tranquilidad argentina no es menor.
La explicación ideológica indica que todo lo anterior, los resultados de la política económica y social del gobierno, son presentados, ‘enmarcados’, en un relato de la igualdad, la justicia y la reparación histórica. La política no es solamente proveer bienes, es también proveer sentido, construir un lenguaje para simbolizar la realidad, para ‘orientarnos’ en el mundo social. El imaginario de la democracia ‘nacional-popular’ galvanizó exitosamente ese nuevo lenguaje.
La explicación político-partidaria tiene que ver con que el peronismo es una máquina de ganar elecciones en los territorios donde la oposición nunca pudo y difícilmente pueda hacer pie. Es el único partido con dimensión nacional de la Argentina. Y en una democracia, cada pueblo, cada familia, cada barrio cuenta. Es parte de la idea de Igualdad. Todos deberían saberlo.
Comentario.
Excelente análisis de Alejandro Groppo, sobre el triunfo de CFK. Los tres componentes que le permiten desarrollar su explicación:
1. estratégico-utilitario (económico),
2. ideológico-simbólico,
3. político-territorial,
y dar así con el nudo del acontecimiento político en su estricta singularidad, no señalan dimensiones de análisis separadas que obedecerían a distintos principios causales sobre los cuales habría que remontarse hasta totalizar su sentido último; tampoco se trata de una mera sumatoria de factores que por simple acumulación cuantitativa darían cuenta del éxito de este proceso eleccionario; se trata justamente de captar el nudo o la sobredeterminación por la cual cada uno de estos componentes, en su mismo inacabamiento e imposibilidad de determinarlo todo, se sostiene, contamina y atraviesa de los otros dos. No hay una estructura jerárquica que disponga el orden de determinación de los componentes del nudo político; éstos se determinan mutuamente. Se abre entonces una muy amplia dimensión de análisis, infinita y actual, entre los mutuos atravesamientos, tensiones y distensiones locales, e incompatibilidades lógicas, que hacen a la riqueza y complejidad de este proceso político en curso. No solamente lo que aparece quizá más remarcado, i.e. cómo los beneficios económicos son leídos en clave ideológica, sino también cómo esos beneficios son extendidos hacia todo el territorio nacional, y a la inversa, cómo la singularidad de que cada región exige nuevos beneficios y a su vez marcos ideológicos para interpretarlos (i.e. los problemas ambientales). Toda una serie de tensiones se juega en la mutua contaminación de estos componentes, lo importante es dar con el nudo que los articula en sus irreductibilidades y que, por supuesto, también puede ser cortado. Pues hay que tener en cuenta que, más allá de las formalidades, a las élites les convienen siempre las estructuras jerárquicas de poder, díganse democráticas, mediáticas u oligopólicas. Seguiremos entonces por esta vía que sostiene el nudo complejo del poder, más acá de las bobas cuestiones de ser o no ser tal predicado, o bien de fingir asepsia y neutralidad valorativa. Antes que el juego continente/contenido de quién está adentro y quién afuera, se trata de sostener el complejo y riguroso juego de la gramática pulsional: afectar, ser afectado, dejarse afectar por los acontecimientos.
Roque Farrán
Las razones de la victoria de CFK- La Voz del Interior 24-10-2011
Alejandro Groppo
Las victorias electorales obedecen a múltiples causas y factores. La explicación del seguro triunfo de CFK tiene tres componentes: estratégicos-utilitarios, ideológicos y político-partidarios. La explicación estratégica indica que CFK gana porque los votantes entienden que su situación mejoró en los últimos años y que será mejor bajo CFK que bajo un gobierno de cualquiera de los opositores. Así de simple. En la ponderación del voto utilitario-estratégico confluyen desde elementos de corto plazo tales como la afluencia macroeconómica pasada y presente, la AUH y el mejoramiento del salario y el empleo hasta valoraciones de mediano y largo plazo como la percepción que frente a una posible crisis internacional el gobierno tiene la capacidad y la experiencia para administrar su impacto nacional mejor que cualquiera de las otras ofertas electorales. El impacto electoral de las imágenes de un ‘primer mundo’ en llamas e ‘indignado’ frente a la tranquilidad argentina no es menor.
La explicación ideológica indica que todo lo anterior, los resultados de la política económica y social del gobierno, son presentados, ‘enmarcados’, en un relato de la igualdad, la justicia y la reparación histórica. La política no es solamente proveer bienes, es también proveer sentido, construir un lenguaje para simbolizar la realidad, para ‘orientarnos’ en el mundo social. El imaginario de la democracia ‘nacional-popular’ galvanizó exitosamente ese nuevo lenguaje.
La explicación político-partidaria tiene que ver con que el peronismo es una máquina de ganar elecciones en los territorios donde la oposición nunca pudo y difícilmente pueda hacer pie. Es el único partido con dimensión nacional de la Argentina. Y en una democracia, cada pueblo, cada familia, cada barrio cuenta. Es parte de la idea de Igualdad. Todos deberían saberlo.
Comentario.
Excelente análisis de Alejandro Groppo, sobre el triunfo de CFK. Los tres componentes que le permiten desarrollar su explicación:
1. estratégico-utilitario (económico),
2. ideológico-simbólico,
3. político-territorial,
y dar así con el nudo del acontecimiento político en su estricta singularidad, no señalan dimensiones de análisis separadas que obedecerían a distintos principios causales sobre los cuales habría que remontarse hasta totalizar su sentido último; tampoco se trata de una mera sumatoria de factores que por simple acumulación cuantitativa darían cuenta del éxito de este proceso eleccionario; se trata justamente de captar el nudo o la sobredeterminación por la cual cada uno de estos componentes, en su mismo inacabamiento e imposibilidad de determinarlo todo, se sostiene, contamina y atraviesa de los otros dos. No hay una estructura jerárquica que disponga el orden de determinación de los componentes del nudo político; éstos se determinan mutuamente. Se abre entonces una muy amplia dimensión de análisis, infinita y actual, entre los mutuos atravesamientos, tensiones y distensiones locales, e incompatibilidades lógicas, que hacen a la riqueza y complejidad de este proceso político en curso. No solamente lo que aparece quizá más remarcado, i.e. cómo los beneficios económicos son leídos en clave ideológica, sino también cómo esos beneficios son extendidos hacia todo el territorio nacional, y a la inversa, cómo la singularidad de que cada región exige nuevos beneficios y a su vez marcos ideológicos para interpretarlos (i.e. los problemas ambientales). Toda una serie de tensiones se juega en la mutua contaminación de estos componentes, lo importante es dar con el nudo que los articula en sus irreductibilidades y que, por supuesto, también puede ser cortado. Pues hay que tener en cuenta que, más allá de las formalidades, a las élites les convienen siempre las estructuras jerárquicas de poder, díganse democráticas, mediáticas u oligopólicas. Seguiremos entonces por esta vía que sostiene el nudo complejo del poder, más acá de las bobas cuestiones de ser o no ser tal predicado, o bien de fingir asepsia y neutralidad valorativa. Antes que el juego continente/contenido de quién está adentro y quién afuera, se trata de sostener el complejo y riguroso juego de la gramática pulsional: afectar, ser afectado, dejarse afectar por los acontecimientos.
Roque Farrán
jueves, 29 de septiembre de 2011
Inversión de la causa: el neutrino y el objeto a
Parece que se ha producido todo un acontecimiento en la física (hacer click en este párrafo para ver la nota) que, de continuar con las rigurosas indagaciones experimentales hechas hasta el momento, cambiaría todas las coordenadas teórico-conceptuales que daban inteligibilidad al mundo-universo (físico).
Lo más interesante es que esta puesta en cuestión de la teoría de la relatividad, producida por la velocidad a la que viajan los neutrinos, rompe con la vieja noción de causalidad, que disponía en orden de sucesión el antecedente y el consecuente, pues ahora la invierte: el efecto puede ser anterior a a la causa. Algo que en nuestras materialidades discursivas, en nuestra modalidad de trabajar el concepto (al menos desde Freud, Benjamin, Lacan, Badiou o Agamben, por citar algunos nombres), casi diría, constituye un axioma más del materialismo.
Y quizás lo más palpable de la entrevista linkeada sea cómo se manifiesta la angustia del físico ante el cambio repentino; quién desde niño, nos dice, aspiraba a entender cómo funcionaba la totalidad del universo. No se trata de psicologizar o sociologizar, pues esta actitud de aprehensión al cambio bien puede afectar a toda una comunidad científica, sino de hacer notar simplemente cómo el neutrino se constituye en el objeto a de la física relativista, tan inasible y veloz como éste último (aunque también pueda ser minimamente aprehendido).
Del juego del carretel (fort-da) del nieto de Freud a la Ciencia de la Lógica de Hegel, de las marcas en huesos primitivos de ignotos cazadores a las complejas fórmulas físico-matemáticas de modernos científicos, el ser parlante ha buscado históricamente simbolizar esa hiancia irreductible por donde se escurre la totalidad del Universo junto a su explicación acabada. El enigma del deseo no remite así a ningún diferimiento de una presencia imposible, siempre anhelada; se circunscribe más bien a ese abismo sobre el cual el ser parlante se dedica a saltar cual equilibrista, una y otra vez, con artilugios simbólicos cada vez más sofisticados.
Nota aclaratoria: el objeto a es el objeto por excelencia del psicoanálisis (según la teoría lacaniana); y goza también del estatuto de "resto" que se desprende del aparato simbólico. No obstante se encuentra articulado allí, donde falla lo simbólico, mediante una temporalidad suplementaria que se alcanza y se pierde en una serie de anticipaciones significantes (interpretaciones) y resignificaciones retroactivas (elaboraciones). La materialidad del discurso psicoanalítico, y su dimensión ontológica, es sutil pero no por ello menos efectiva que la de la física.
Lo más interesante es que esta puesta en cuestión de la teoría de la relatividad, producida por la velocidad a la que viajan los neutrinos, rompe con la vieja noción de causalidad, que disponía en orden de sucesión el antecedente y el consecuente, pues ahora la invierte: el efecto puede ser anterior a a la causa. Algo que en nuestras materialidades discursivas, en nuestra modalidad de trabajar el concepto (al menos desde Freud, Benjamin, Lacan, Badiou o Agamben, por citar algunos nombres), casi diría, constituye un axioma más del materialismo.
Y quizás lo más palpable de la entrevista linkeada sea cómo se manifiesta la angustia del físico ante el cambio repentino; quién desde niño, nos dice, aspiraba a entender cómo funcionaba la totalidad del universo. No se trata de psicologizar o sociologizar, pues esta actitud de aprehensión al cambio bien puede afectar a toda una comunidad científica, sino de hacer notar simplemente cómo el neutrino se constituye en el objeto a de la física relativista, tan inasible y veloz como éste último (aunque también pueda ser minimamente aprehendido).
Del juego del carretel (fort-da) del nieto de Freud a la Ciencia de la Lógica de Hegel, de las marcas en huesos primitivos de ignotos cazadores a las complejas fórmulas físico-matemáticas de modernos científicos, el ser parlante ha buscado históricamente simbolizar esa hiancia irreductible por donde se escurre la totalidad del Universo junto a su explicación acabada. El enigma del deseo no remite así a ningún diferimiento de una presencia imposible, siempre anhelada; se circunscribe más bien a ese abismo sobre el cual el ser parlante se dedica a saltar cual equilibrista, una y otra vez, con artilugios simbólicos cada vez más sofisticados.
Nota aclaratoria: el objeto a es el objeto por excelencia del psicoanálisis (según la teoría lacaniana); y goza también del estatuto de "resto" que se desprende del aparato simbólico. No obstante se encuentra articulado allí, donde falla lo simbólico, mediante una temporalidad suplementaria que se alcanza y se pierde en una serie de anticipaciones significantes (interpretaciones) y resignificaciones retroactivas (elaboraciones). La materialidad del discurso psicoanalítico, y su dimensión ontológica, es sutil pero no por ello menos efectiva que la de la física.
martes, 5 de abril de 2011
Freud-Marx
Ni Freud ni Marx son para mí ídolos de nada; y no creo que haya que perder el tiempo defendiéndolos de los sucesivos ataques que cada tanto se les propinan (i.e. Onfray). Sus obras y conceptos están ahí, sirven o no para quien quiera y pueda hacer uso de ellas y ellos.
Indudablemente fueron dos tipos que marcaron un estilo fuerte de indagación intelectual, que excedía las convenciones académicas de sus respectivas épocas. De allí, quizás, los exacerbados amores y odios que puedan haber despertado entre discípulos y detractores (que son una suerte de discípulos invertidos). Pero que hayan intentado -sugestivamente cabe decir- inscribir sus investigaciones en el prestigioso ámbito de la ciencia naciente no quiere decir que lo que ellos hacían, i.e. en el análisis de las pulsiones o los procesos económico-políticos, pueda ser considerado estrictamente científico -o no-. No obstante, pienso que en su forzamiento de las fronteras disciplinares -y más allá de sus propias ambigüedades al respecto- marcaron al pasar que otro tipo de rigurosidad conceptual era posible. No todo lo que vale la pena pensar debe recibir el calificativo de científico. Ese es el legado que escojo tomar; y nada de idolatrías, nada más: respeto.
Indudablemente fueron dos tipos que marcaron un estilo fuerte de indagación intelectual, que excedía las convenciones académicas de sus respectivas épocas. De allí, quizás, los exacerbados amores y odios que puedan haber despertado entre discípulos y detractores (que son una suerte de discípulos invertidos). Pero que hayan intentado -sugestivamente cabe decir- inscribir sus investigaciones en el prestigioso ámbito de la ciencia naciente no quiere decir que lo que ellos hacían, i.e. en el análisis de las pulsiones o los procesos económico-políticos, pueda ser considerado estrictamente científico -o no-. No obstante, pienso que en su forzamiento de las fronteras disciplinares -y más allá de sus propias ambigüedades al respecto- marcaron al pasar que otro tipo de rigurosidad conceptual era posible. No todo lo que vale la pena pensar debe recibir el calificativo de científico. Ese es el legado que escojo tomar; y nada de idolatrías, nada más: respeto.
viernes, 11 de marzo de 2011
Literatura y política
Me gustaría dejar constancia, en este minúsculo espacio de escritura, de un debate que ha tenido lugar apenas, debido en parte al oportunismo mediocre de los medios. Me refiero al debate sobre literatura y política que esbozó Horacio González en torno a Vargas Llosa. Transcribo aquí el texto que mejor ha condensado, desde mi punto de vista, el asunto: cómo la lengua misma se teje de la ideología política (no hace falta suponer ninguna intencionalidad).
La feria de Vargas
OPINION
Por Américo Cristófalo *
“La ciudad no hablaba de otra cosa.”
Vargas Llosa, El sueño del celta
La polémica de estos días acerca de Vargas Llosa –la invitación que le concede la Fundación El Libro para abrir la Feria de Buenos Aires, y las dos cartas de Horacio González– puso en escena una serie de supuestos acerca de lo que es posible decir, qué actores y en calidad de qué lo dicen, cuándo decirlo, y la oportunidad política de hacerlo. Supuestos de compleja elucidación y que merecen alguna mesura mayor, pronunciamientos más serenos, un lenguaje más sutil para el tratamiento de las categorías en disputa: censura, libre expresión, literatura y política, etc. Pero hay dos presunciones que han tomado la apariencia de verdades universales. La primera se refiere al carácter “indiscutido” de Vargas Llosa en cuanto escritor, independientemente de sus opiniones; se lo ha llamado “gran maestro” de la novela, se invoca el consenso del Premio Nobel, se habla de su “inmensa erudición”, se juzga eminente su obra... en fin, se pone a Vargas en la cima de la literatura contemporánea en lengua española. La segunda presunción establece que las instituciones públicas no deben ni pueden pronunciarse acerca de lo que en el terreno del libro hacen o deshacen las fundaciones privadas, el mercado y la industria cultural; se considera peligroso y aun aberrante que una institución del Estado abra y promueva un debate en este sentido, se recurre al típico prejuicio liberal, por otra parte propio de propagandistas y agentes como el Nobel implicado, que de entrada cierra toda alternativa de discusión alrededor de un sector simbólicamente sensible de la producción y las prácticas culturales, y se estima que el Estado no tiene nada que hacer ni decir acerca de ellas.
Por razones que no sería pertinente delimitar aquí, algo –llamémoslo provisoriamente deseo– comprende la distinción entre novela estándar y novela, probablemente porque la novela moderna buscó desde siempre la negación de la novela. Esta cualidad negativa fue uno de sus rasgos fuertes hasta aproximadamente la década del ‘80. Hablo de la potencia que dio lugar a Ulises, a Molloy, a las sagas faulknerianas, por citar momentos clásicos, o entre nosotros novelas como, Cuerpo a cuerpo, de David Viñas o El amhor, los orsinis y la muerte, de Néstor Sánchez, o La experiencia de la vida, de Leónidas Lamborghini. El debate hasta aquí viene excluyendo con todo cuidado lo que se revela en la política de las formas. Se define al ex candidato como escritor de derecha porque opina y propaga argumentos tópicos de la derecha política. A mi modo de ver, Vargas es un escritor de derecha porque ha sabido interpretar y cumplir con evidente docilidad, libre sometimiento y sentido de ocasión, el giro general que a partir de los años ’80 se recomendó aplicar y se recomienda seguir aplicando desde los grandes consorcios editoriales. Pasado el suspiro verde-continental del boom, para superar 20 mil ejemplares había que acomodarse al conjunto de normas de la industria editorial, tardíamente alcanzada por conocidos y quizás inevitables movimientos de concentración, bancarización y virtualización financiera, movimientos que dieron paso a la moneda universal única de la novela, el mismo relato escrito una y otra vez en Tokio, Londres, Buenos Aires o Lima, con variantes de ingenio, mayor o menor competencia técnica y en lenguas llamadas neutras. Un lenguaje de novela que no tenía el alcance que llegó ahora a tener cuando Barral era todavía el señor Carlos Barral, y Gallimard el señor Gastón Gallimard, y los dueños del negocio no eran fondos de inversión que apresuran resultados a Prisa. Es al menos ingenuo pensar que los grandes procesos de monopolización editorial se limitaron a cambiar la forma y fachada del negocio. Tuvieron y tienen una incidencia no del todo entendida, asumida irracional o deliberadamente, sobre las elecciones formales, los procedimientos técnicos y la ideología literaria. El malentendido es fenomenal. Vargas es un escritor de la derecha porque opina lo que opina y porque en correlato habla plácidamente la lengua mitológica, oscura y redundante de las fórmulas salvajes que impuso la industria cultural. Escrituras como las de Viñas o Lamborghini (ver Tartabul, 2006; ver Trento, 2003) persistieron en cambio y a través de la novela sobre tonos dramáticos, satíricos y desmitificadores de la cultura. No está de más agregar al debate que Vargas, su premiado trabajo de novelista, responde al llamado celestial del mercado y que ese llamado es un mandato acerca del buen hacer narrativo: claridad y sucesividad de trama, personajes consistentes, equilibrio, intriga, peripecias ocurrentes, enciclopedismo histórico, psicología, destreza de voces, etc. El conjunto de apreciaciones que domina la correcta literatura con agregados de color existencial, altisonancias culturales, alardes profundos, aburrimiento insípido, frases solemnes y empalagosas. Cartón lleno.
Por la vía de las comparaciones y semejanzas se escucha insistentemente en estos días, y como réplica a la discreta sugerencia de Horacio González, llevada al paroxismo de la sordera y la deformación: “¿Y qué hubieras hecho si la inauguración de la Feria se la daban a Borges?”. Refiero la ligera comparación “ideológica” entre Borges y Vargas, definidos según se dice por una común costumbre conservadora. Dicho muy rápidamente, Borges permaneció en la lengua Borges, permaneció irónicamente exterior a la lengua del espectáculo. Habló una lengua acriollada, una lengua reminiscente, que se estimó elegante en la elusión o la cita estereotipada de tonos plebeyos, una lengua que se presentó según linajes argentinos, una lengua escrita sobre una superficie muy delgada, que quiso arrogarse una vaga hazaña incorpórea. Esa lengua tan reconocible y problemática para lectores argentinos, objeto discutible para el oído puesto en otros lenguajes argentinos, no está sin embargo arraigada en la difusión contemporánea de las reglas y ritmos de la industria editorial. Vargas Llosa, según esta somera hipótesis, se movió en el sentido de la nueva derecha cultural, se inclinó a su lengua, la propagó tanto en su catálogo de opiniones como en su obra de narrador. Y para un lector atentísimo a los matices, a las implicancias políticas de la lengua y las paradojas borgeanas como Horacio González, imagino, o mejor, tengo la certeza de que esta comparación debe resonarle como uno más de los muchos absurdos que inesperadamente se pusieron en marcha esta semana.
El segundo supuesto, la idea de que las instituciones públicas no deben opinar, ni ejercer ninguna tarea crítica respecto de las iniciativas privadas, define un tejido político, una ciudad –mal que le pese al seudoliberalismo contemporáneo– muy escasamente republicana. El estado de derecho no se define sólo por el monopolio de la fuerza, por la sujeción a la ley o el cumplimiento de las obligaciones y garantías civiles; es también, como se sabe, un dispositivo de mediación en la conflictividad social. La industria de la cultura no es un bloque homogéneo, está compuesta por una multiplicidad de actores e intereses enfrentados. Y la Feria del Libro es un objeto cultural de la misma naturaleza que los medios de comunicación. Un objeto de masas. Uno o dos grupos de empresas editoriales, empresas de composición financiera de capital, empresas que controlan y obtienen los mejores precios de insumos, capaces de grandes programas de marketing, empresas asociadas a gigantescas cadenas de distribución nacional e internacional, empresas que representan el 5 por ciento de las casas de edición que funcionan en el país y que dominan cerca del 80 por ciento del mercado, esas empresas que convierten a Majul en escritor y lo llevan a altísimos niveles de venta, esas empresas, de las que el conferencista Vargas es socio y amigo, las mismas que rigen pautas y consensos formales acerca de lo que debe ser una novela, son las que lo proponen y promueven junto con oscuras asociaciones y fundaciones emparentadas con la escuela de Chicago y con los amigos hollywoodenses del rifle. ¿Por qué no habrían de expresarse acerca de esta realidad las instituciones públicas, universidades, bibliotecas, secretarías y subsecretarías que están en relación con la vida cultural? ¿Por qué no habrían de expresarse críticamente los intelectuales argentinos o aun las empresas, los escritores y artistas que padecen las brutales asimetrías del sector?
Cristina Fernández interpretó con toda eficacia el tenor del debate, y desde su investidura puso sin ningún género de duda que en ningún caso se trata de impedir al señor Vargas (a pesar de sus conocidos desvaríos acerca del carácter del gobierno argentino, de los argentinos y del clima en el que estamos) que nos deleite e instruya con su conferencia inaugural. Entiendo sin embargo que este no fue un modo de clausurar el debate, sino más bien un modo de inspirarlo y extenderlo. Si este episodio quedara en la mera anécdota –como escuchamos decir sistemáticamente en los medios de comunicación y por boca del propio Vargas– de que un “pequeño grupo” de intelectuales “vetó” su palabra sacerdotal, se habría empobrecido y disuelto el interés real que representa y que apunta a una reflexión seria a propósito del estado de la cultura, de sus industrias y de las políticas culturales. ¿No es este momento argentino un momento propicio para dar con intensidad los debates que, comparables con las discusiones sobre ley de medios, pongan foco sobre cuestiones de primer orden como la democratización de la palabra, el libro, la educación literaria, los usos de la lengua?
Dos palabras más acerca del furor comparativo que se ha despertado. Abel Posse, por ejemplo, argumenta en televisión en el sentido de que los dichos “provocadores” de un escritor no deben alarmar, y que la provocación de Vargas es comparable a las de Flaubert o Baudelaire. Si la comparación con Borges no resiste discusión, esta otra resulta una enormidad disparatada. Flaubert o Baudelaire, dos casos bien conocidos de desprecio de la moral dominante, señor Posse. Usted y muchos, aunque difieran de usted, no entienden que Vargas está rendido al discurso difuso o uniforme de la mercancía espectacular; acoto que no es alarma lo que ocasiona, sino más bien, y en el terreno de las emociones primarias, otra que educadamente declino nombrar. Son frágiles y huidizas las acciones, pero diremos que el teatro de Vargas presenta al profesional correcto, en su círculo acumulativo, en su régimen de conservación, que nada tiene eso que ver con las distancias flaubertianas, con la invención idiomática de Borges, con el derroche baudelairiano. Ni tampoco con el riesgo de escritor que ha asumido Horacio González, del mismo modo: en sus declaraciones públicas como en sus libros y artículos, como en su extraordinario trabajo al frente de la Biblioteca Nacional. La literatura se hace siempre con la vida, señor Posse. Diremos algunas obviedades más para terminar: que la prohibición legal que pesó sobre Las Flores del Mal se levantó en Francia casi un siglo después de su primera y condenada edición. Que ese libro cambió el destino de la lengua poética, que Bouvard y Pécuchet desafió la metafísica tradicional de la novela, y que los libros de Vargas, pienso, no han ido más allá de las formas convencionales de la literatura moderna.
* Director de la carrera de Letras, UBA.
La feria de Vargas
OPINION
Por Américo Cristófalo *
“La ciudad no hablaba de otra cosa.”
Vargas Llosa, El sueño del celta
La polémica de estos días acerca de Vargas Llosa –la invitación que le concede la Fundación El Libro para abrir la Feria de Buenos Aires, y las dos cartas de Horacio González– puso en escena una serie de supuestos acerca de lo que es posible decir, qué actores y en calidad de qué lo dicen, cuándo decirlo, y la oportunidad política de hacerlo. Supuestos de compleja elucidación y que merecen alguna mesura mayor, pronunciamientos más serenos, un lenguaje más sutil para el tratamiento de las categorías en disputa: censura, libre expresión, literatura y política, etc. Pero hay dos presunciones que han tomado la apariencia de verdades universales. La primera se refiere al carácter “indiscutido” de Vargas Llosa en cuanto escritor, independientemente de sus opiniones; se lo ha llamado “gran maestro” de la novela, se invoca el consenso del Premio Nobel, se habla de su “inmensa erudición”, se juzga eminente su obra... en fin, se pone a Vargas en la cima de la literatura contemporánea en lengua española. La segunda presunción establece que las instituciones públicas no deben ni pueden pronunciarse acerca de lo que en el terreno del libro hacen o deshacen las fundaciones privadas, el mercado y la industria cultural; se considera peligroso y aun aberrante que una institución del Estado abra y promueva un debate en este sentido, se recurre al típico prejuicio liberal, por otra parte propio de propagandistas y agentes como el Nobel implicado, que de entrada cierra toda alternativa de discusión alrededor de un sector simbólicamente sensible de la producción y las prácticas culturales, y se estima que el Estado no tiene nada que hacer ni decir acerca de ellas.
Por razones que no sería pertinente delimitar aquí, algo –llamémoslo provisoriamente deseo– comprende la distinción entre novela estándar y novela, probablemente porque la novela moderna buscó desde siempre la negación de la novela. Esta cualidad negativa fue uno de sus rasgos fuertes hasta aproximadamente la década del ‘80. Hablo de la potencia que dio lugar a Ulises, a Molloy, a las sagas faulknerianas, por citar momentos clásicos, o entre nosotros novelas como, Cuerpo a cuerpo, de David Viñas o El amhor, los orsinis y la muerte, de Néstor Sánchez, o La experiencia de la vida, de Leónidas Lamborghini. El debate hasta aquí viene excluyendo con todo cuidado lo que se revela en la política de las formas. Se define al ex candidato como escritor de derecha porque opina y propaga argumentos tópicos de la derecha política. A mi modo de ver, Vargas es un escritor de derecha porque ha sabido interpretar y cumplir con evidente docilidad, libre sometimiento y sentido de ocasión, el giro general que a partir de los años ’80 se recomendó aplicar y se recomienda seguir aplicando desde los grandes consorcios editoriales. Pasado el suspiro verde-continental del boom, para superar 20 mil ejemplares había que acomodarse al conjunto de normas de la industria editorial, tardíamente alcanzada por conocidos y quizás inevitables movimientos de concentración, bancarización y virtualización financiera, movimientos que dieron paso a la moneda universal única de la novela, el mismo relato escrito una y otra vez en Tokio, Londres, Buenos Aires o Lima, con variantes de ingenio, mayor o menor competencia técnica y en lenguas llamadas neutras. Un lenguaje de novela que no tenía el alcance que llegó ahora a tener cuando Barral era todavía el señor Carlos Barral, y Gallimard el señor Gastón Gallimard, y los dueños del negocio no eran fondos de inversión que apresuran resultados a Prisa. Es al menos ingenuo pensar que los grandes procesos de monopolización editorial se limitaron a cambiar la forma y fachada del negocio. Tuvieron y tienen una incidencia no del todo entendida, asumida irracional o deliberadamente, sobre las elecciones formales, los procedimientos técnicos y la ideología literaria. El malentendido es fenomenal. Vargas es un escritor de la derecha porque opina lo que opina y porque en correlato habla plácidamente la lengua mitológica, oscura y redundante de las fórmulas salvajes que impuso la industria cultural. Escrituras como las de Viñas o Lamborghini (ver Tartabul, 2006; ver Trento, 2003) persistieron en cambio y a través de la novela sobre tonos dramáticos, satíricos y desmitificadores de la cultura. No está de más agregar al debate que Vargas, su premiado trabajo de novelista, responde al llamado celestial del mercado y que ese llamado es un mandato acerca del buen hacer narrativo: claridad y sucesividad de trama, personajes consistentes, equilibrio, intriga, peripecias ocurrentes, enciclopedismo histórico, psicología, destreza de voces, etc. El conjunto de apreciaciones que domina la correcta literatura con agregados de color existencial, altisonancias culturales, alardes profundos, aburrimiento insípido, frases solemnes y empalagosas. Cartón lleno.
Por la vía de las comparaciones y semejanzas se escucha insistentemente en estos días, y como réplica a la discreta sugerencia de Horacio González, llevada al paroxismo de la sordera y la deformación: “¿Y qué hubieras hecho si la inauguración de la Feria se la daban a Borges?”. Refiero la ligera comparación “ideológica” entre Borges y Vargas, definidos según se dice por una común costumbre conservadora. Dicho muy rápidamente, Borges permaneció en la lengua Borges, permaneció irónicamente exterior a la lengua del espectáculo. Habló una lengua acriollada, una lengua reminiscente, que se estimó elegante en la elusión o la cita estereotipada de tonos plebeyos, una lengua que se presentó según linajes argentinos, una lengua escrita sobre una superficie muy delgada, que quiso arrogarse una vaga hazaña incorpórea. Esa lengua tan reconocible y problemática para lectores argentinos, objeto discutible para el oído puesto en otros lenguajes argentinos, no está sin embargo arraigada en la difusión contemporánea de las reglas y ritmos de la industria editorial. Vargas Llosa, según esta somera hipótesis, se movió en el sentido de la nueva derecha cultural, se inclinó a su lengua, la propagó tanto en su catálogo de opiniones como en su obra de narrador. Y para un lector atentísimo a los matices, a las implicancias políticas de la lengua y las paradojas borgeanas como Horacio González, imagino, o mejor, tengo la certeza de que esta comparación debe resonarle como uno más de los muchos absurdos que inesperadamente se pusieron en marcha esta semana.
El segundo supuesto, la idea de que las instituciones públicas no deben opinar, ni ejercer ninguna tarea crítica respecto de las iniciativas privadas, define un tejido político, una ciudad –mal que le pese al seudoliberalismo contemporáneo– muy escasamente republicana. El estado de derecho no se define sólo por el monopolio de la fuerza, por la sujeción a la ley o el cumplimiento de las obligaciones y garantías civiles; es también, como se sabe, un dispositivo de mediación en la conflictividad social. La industria de la cultura no es un bloque homogéneo, está compuesta por una multiplicidad de actores e intereses enfrentados. Y la Feria del Libro es un objeto cultural de la misma naturaleza que los medios de comunicación. Un objeto de masas. Uno o dos grupos de empresas editoriales, empresas de composición financiera de capital, empresas que controlan y obtienen los mejores precios de insumos, capaces de grandes programas de marketing, empresas asociadas a gigantescas cadenas de distribución nacional e internacional, empresas que representan el 5 por ciento de las casas de edición que funcionan en el país y que dominan cerca del 80 por ciento del mercado, esas empresas que convierten a Majul en escritor y lo llevan a altísimos niveles de venta, esas empresas, de las que el conferencista Vargas es socio y amigo, las mismas que rigen pautas y consensos formales acerca de lo que debe ser una novela, son las que lo proponen y promueven junto con oscuras asociaciones y fundaciones emparentadas con la escuela de Chicago y con los amigos hollywoodenses del rifle. ¿Por qué no habrían de expresarse acerca de esta realidad las instituciones públicas, universidades, bibliotecas, secretarías y subsecretarías que están en relación con la vida cultural? ¿Por qué no habrían de expresarse críticamente los intelectuales argentinos o aun las empresas, los escritores y artistas que padecen las brutales asimetrías del sector?
Cristina Fernández interpretó con toda eficacia el tenor del debate, y desde su investidura puso sin ningún género de duda que en ningún caso se trata de impedir al señor Vargas (a pesar de sus conocidos desvaríos acerca del carácter del gobierno argentino, de los argentinos y del clima en el que estamos) que nos deleite e instruya con su conferencia inaugural. Entiendo sin embargo que este no fue un modo de clausurar el debate, sino más bien un modo de inspirarlo y extenderlo. Si este episodio quedara en la mera anécdota –como escuchamos decir sistemáticamente en los medios de comunicación y por boca del propio Vargas– de que un “pequeño grupo” de intelectuales “vetó” su palabra sacerdotal, se habría empobrecido y disuelto el interés real que representa y que apunta a una reflexión seria a propósito del estado de la cultura, de sus industrias y de las políticas culturales. ¿No es este momento argentino un momento propicio para dar con intensidad los debates que, comparables con las discusiones sobre ley de medios, pongan foco sobre cuestiones de primer orden como la democratización de la palabra, el libro, la educación literaria, los usos de la lengua?
Dos palabras más acerca del furor comparativo que se ha despertado. Abel Posse, por ejemplo, argumenta en televisión en el sentido de que los dichos “provocadores” de un escritor no deben alarmar, y que la provocación de Vargas es comparable a las de Flaubert o Baudelaire. Si la comparación con Borges no resiste discusión, esta otra resulta una enormidad disparatada. Flaubert o Baudelaire, dos casos bien conocidos de desprecio de la moral dominante, señor Posse. Usted y muchos, aunque difieran de usted, no entienden que Vargas está rendido al discurso difuso o uniforme de la mercancía espectacular; acoto que no es alarma lo que ocasiona, sino más bien, y en el terreno de las emociones primarias, otra que educadamente declino nombrar. Son frágiles y huidizas las acciones, pero diremos que el teatro de Vargas presenta al profesional correcto, en su círculo acumulativo, en su régimen de conservación, que nada tiene eso que ver con las distancias flaubertianas, con la invención idiomática de Borges, con el derroche baudelairiano. Ni tampoco con el riesgo de escritor que ha asumido Horacio González, del mismo modo: en sus declaraciones públicas como en sus libros y artículos, como en su extraordinario trabajo al frente de la Biblioteca Nacional. La literatura se hace siempre con la vida, señor Posse. Diremos algunas obviedades más para terminar: que la prohibición legal que pesó sobre Las Flores del Mal se levantó en Francia casi un siglo después de su primera y condenada edición. Que ese libro cambió el destino de la lengua poética, que Bouvard y Pécuchet desafió la metafísica tradicional de la novela, y que los libros de Vargas, pienso, no han ido más allá de las formas convencionales de la literatura moderna.
* Director de la carrera de Letras, UBA.
miércoles, 2 de marzo de 2011
La parrhesía de Cristina
Cristina en su discurso impecable de ayer -cuyo mayor mérito, para mi al menos, se debió más a su decir veraz que a su retórica- habló de "certezas"; hay que prestar mucha atención al carácter fundacional que expresan esas palabras, pues implican un cambio de paradigma efectuado sobre actos políticos concretos (que los números apenas indican). Cuando se efectúa un cambio paradigmático de tal índole -que también se expresa en la multiplicidad de planos discursivos que atravesaron su decir- hay ciertas posiciones y pro-posiciones que se descalifican solas (no hace falta contestarles) pues pierden sentido. Pienso en los clarinetistas y en los comentadores insoportables de los diarios, por ejemplo. Se nota que algo ha ido aprehendiendo nuestra presidenta, entre duelos y elaboraciones varias, y nos lo está enseñando ejemplarmente (también a la oposición). Me da una inmensa alegría vivir en un tiempo que creía imposible (aunque sea muy difícil estar a la altura de las circunstancias).
Aclaración filosófica-ontológica: la disolución de los "marcadores de certeza", a este nivel, no impide que en la cotidiana contingencia en la que se inscriben nuestros actos vayamos produciendo marcas simbólico-materiales efectivas (al andar se hace camino); es más, lo segundo sólo es posible si se ha asumido verdaderamente lo primero.
Aclaración filosófica-ontológica: la disolución de los "marcadores de certeza", a este nivel, no impide que en la cotidiana contingencia en la que se inscriben nuestros actos vayamos produciendo marcas simbólico-materiales efectivas (al andar se hace camino); es más, lo segundo sólo es posible si se ha asumido verdaderamente lo primero.
lunes, 18 de octubre de 2010
Deseo: esa vida capaz de errar
Transcribo esta nota de página 12 porque allí habla el deseo, esa vida que es "capaz de error" al decir de Foucault. De paso se menciona la función represiva/normalizadora que pueden desempeñar los psicólogos institucionalizados, algo sobre lo que alertaba Lacan hace décadas. Y es cierto, sobre todo, lo que dice el poeta: la diferencia de clase sigue marcando la relativa fuerza con la que hacer uso del material simbólico-cultural dispuesto, sin tantos miramientos e inhibiciones (la vida es lo que es capaz de error y, hay que decir, muchos mueren por acertar)
“Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba”
A los 21 años, después de haber estado preso desde los 16 hasta los 20, publicó La venganza del cordero atado, su primer libro de poemas. “Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente”, subraya.
Por Silvina Friera
El aire se espesa en Morón. Se presiente la lluvia, el ataque de las gotas, como en uno de los poemas de Camilo Blajaquis, el seudónimo que eligió César González para escupir su dolor, su verdad, su poesía, cuando renació dentro de una cárcel. “¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntame esta tarde / que si no escribo soy piedra / y vuelvo a ser tan sólo un expediente/”, se lee en su primer libro, de título ricotero, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), con ilustración de Rocambole y prólogo de Luis Mattini. Dos trozos de carbón que arden; llamitas intrépidas lanzadas del presente hacia el futuro. Los ojos de César experimentan con la pequeña porción del horizonte que se deja ver desde la ventana de “Dallas”, un bar “cero burgués” –lo define—, un lugar de laburantes donde el joven juega de local desde febrero pasado, cuando salió en libertad. Su mirada se embarca en un mar de proyectos: otro libro de poemas más, el crecimiento de la revista que edita, ¿Todo piola? (ver aparte), la carrera de letras que cursa en la UBA. “Me lo bajo en un toque”, dice por el sándwich de pan francés que le acaba de servir Ubaldo Collado, dueño y mozo, sufrido hincha de Racing. Como César. Si la lluvia es el momento en que el cielo y la tierra tienen un orgasmo –como escribió en otro poema–, habrá que esperar ese encuentro. El sol empuja en cámara lenta a las nubes. “Algo le debo a mi sangre toba. Te dije que se estaba yendo la tormenta –se entusiasma, mientras comprueba que se cumple su pronóstico–; nunca le hagas caso al servicio meteorológico. Las culturas originarias de este continente miran el cielo y saben cuándo va a llover. Ahora tenemos todas las tecnologías. Y ni así le pegan.”
En menos de un minuto, César devora el sándwich. “¿Qué hacés, caradura?”, dice y saluda a Lucho, el padre de un compañero de la calle, cuando César andaba en la calle, unos seis años atrás que parecen prehistóricos. “En el barrio siempre es así, se acercan a saludarme.” El barrio es la villa Carlos Gardel, “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”, dice en el poema dedicado a ese lugar en el mundo donde nació –hace 21 años– y creció a los porrazos. Donde vive y da talleres literarios para rescatar a los pibes de un “infierno anunciado”. “No es que me levanté un día o manejé en mi cabeza, en algún momento, la idea de escribir un libro –cuenta César–. La venganza del cordero atado es un rejunte de los poemas que escribí, tan simple como eso.” Lo que no es tan simple es dónde los escribió, en institutos de menores, en la cárcel, bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis: Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos –uno de los líderes de la Revolución Cubana–, Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, relatado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?
“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.” César subraya que el primer acto de su renacimiento, antes de la escritura, no fue la lectura –los libros que unas manos de mago, literalmente, acercaron a sus ojos– sino la libertad que le dio pensar. “Empecé a usar esto que tengo acá arriba –dice con el dedo índice en la sien– para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.”
La realidad es que estaba preso –muerto en vida– en 2005. El camino de regreso a la vida tiene un nombre: Patricio “Merok” Montesano, un amigo que le acercó los libros, “un vago que daba taller de magia voluntariamente dentro de la cárcel”. “Nos trataba bien, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les vengo a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. El nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura –enumera ese torbellino de novedades que lo asaltaron–. Al principio no le di mucha importancia, ‘este loco de mierda, qué me importa lo que dice, si total a mí me quedan un montón de años’. Pero venía en serio, con pureza, para ayudar.” El mago vaya si ayudó. Le prestó De Ernesto al Che, de Calica Ferrer. “Antes de ese libro yo no sabía, por ejemplo, que el Che era argentino, ni qué había hecho, ni cuáles eran sus ideales, ni por qué luchó –reconoce César–. Ese libro me sirvió para darme cuenta de que uno puede hacer un click en la vida, como lo hizo el Che. Y comenzaron las preguntas, aparecieron los porqué: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué tuve que nacer en un contexto de mierda, por qué tuve que saber a los 7, 8 años que existe la cocaína, el porro y que vivo en un barrio donde eso es frecuente y la cultura es ésa.”
La seguidilla de preguntas productivas se multiplicaban; estaba encerrado, pero no anestesiado. No sabía qué esperaba, pero algo llegaría. “¿Hubiese terminado en una celda si no hubiese nacido en una villa? Si nueve de cada diez de los que estábamos en la cárcel éramos de una villa. ¿Qué hubiese pasado si hubiese nacido en otro contexto? Realmente no sé, pero considero que en la cárcel no hubiese terminado con 16 años, baleado, adicto a las drogas como era. Se cayó la venda de mis ojos con mucha rabia. No quería darle el gusto al sistema, a la sociedad, que quiere que terminemos en la cárcel. Y fue una ruptura.”
–Y la rabia lo llevó a la lectura...
–Sí, a leer, a informarme, a llenarme de argumentos. Fue un renacimiento; el concepto de renacimiento en la historia de la humanidad es salir de la oscuridad de la Edad Media, de las tinieblas del oscurantismo. De repente aparecen Galileo, Da Vinci, Copérnico, otra corriente de filosofía con Descartes, los inventores, los pintores. Mi renacimiento fue gracias a la cultura. ¿Sabés por qué hablo de rabia?
–No.
–Porque no es lo mismo que alguien de clase media piense a que lo haga un pibe de clase baja. Si el de clase baja tiene conciencia de clase, la potencia que tiene ese pensamiento es mucho más explosiva que la de la clase media, en el sentido de rebelarte. Fue lo que me pasó a mí: tener conciencia de clase, pero no haciendo una separación porque yo soy de abajo, pero no quiero que se muera el de arriba. No. Yo pensaba todo esto, pero seguía dentro de una celda. No sabía que el día de mañana iba a publicar un libro, a hacer una revista...
–Tocó fondo: o se hundía del todo o flotaba y salía a la superficie, que es lo que hizo.
–Exactamente, pero una vez que llegué a flotar, había que remar porque estaba en el medio del mar y no había remos. Había que remar y no había balsa, había que remar y no había isla para naufragar. Me pegaron en la cárcel por leer, por escribir, por pensar, paradójicamente. La sociedad dice que en la cárcel estamos mejor, que los derechos humanos son sólo para los chorros... y uno escucha todo ese discurso de que nos gusta esa vida en la cárcel, que no hacemos nada. A mí no me gustaba esa vida y decidí hacer otra cosa: leer, terminar el secundario, recibirme. Pero no recibí un abrazo de la sociedad; recibí piñas, me quebraron los tobillos, me rompieron un diente; sufrí miles de requisas por leer y escribir. Me di cuenta de que la sociedad prefiere que los pibes roben, que se droguen antes que accionen y piensen. Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Cuando un pibe en este país pensó y accionó, lo torturaron, lo masacraron y no apareció más.
–En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?
–“Y esa piña duele más que la del guardia”... puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza...”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir.
–¿Por qué dice en un poema que “aunque no parezca soy poeta, soy un optimista”?
–Ese poema es una trompada tras otra, pero lo escribí en otro momento. Eso fue hace tres años, cuando pensaba que la política eran los políticos, pero ahora sé que es una herramienta. Si los políticos en nombre de la política hicieron desastres, la palabra no tiene la culpa. Hay optimismo en el escenario político argentino y hasta noto cierta alegría. La naturaleza de los barrios bajos es el peronismo obrero. No puedo desconocer eso; y con más facilidad me doy cuenta de que este gobierno se corresponde con esa naturaleza, que este gobierno está relacionado directamente con los intereses populares y me siento identificado. Yo viví en una casa de material y chapa toda la vida. Hoy tenemos una casa digna con calefón, cocina y agua caliente. Pero tampoco me encierro en una etiqueta ideológica. Soy peronista, pero lo que menos me gusta del peronismo es Perón. Para mí el peronismo es una esencia colectiva; por eso me siento identificado con esa subjetividad colectiva que resistió 18 años. Soy eso, pero también marxista y me gusta la filosofía, el rock y el reggae. Decir “soy esto” es autolimitarse, autoexcluirse. Yo quiero seguir creciendo y seguir siendo cada vez más cosas.
–¿Qué pasó con su lenguaje cuando salió de la cárcel? ¿Cambió?
–Sí, empecé la facultad, estoy en nuevos ambientes con gente que habla diferente. Pero el lenguaje es muy amplio; en mi barrio si tengo que hablar con los pibes, hablo así también. Soy así siempre, pero tampoco en exceso porque si me hago el académico me van a decir: “¿Qué estás hablando, gil?” (risas). Pero no me gusta el estereotipo y simular que soy villero y tener que comerme las eses y decir: “Ey, guacho”. Ya venía incorporando nuevas palabras a mi vocabulario desde la lectura. ¿Vos te pensás que hablaba así cuando caí en cana? Usaba la misma cantidad de palabras para hablar siempre de lo mismo: a quién le choreamos, cuánto hiciste, cuánta merca compramos, anda la yuta... No salía de ahí. Ahora no tengo odio, y eso que me sobraban los argumentos para odiar, para salir de la cárcel con ganas de matar. Sigo escribiendo poesía, estoy preparando mi segundo libro. Necesito escribir como el adicto necesita de su dosis. Mi dosis es escribir porque me corre la poesía por las venas. Y que por mis venas corra poesía es lo que me hace también experimentar una sobredosis de esperanza.
“Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba”
A los 21 años, después de haber estado preso desde los 16 hasta los 20, publicó La venganza del cordero atado, su primer libro de poemas. “Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente”, subraya.
Por Silvina Friera
El aire se espesa en Morón. Se presiente la lluvia, el ataque de las gotas, como en uno de los poemas de Camilo Blajaquis, el seudónimo que eligió César González para escupir su dolor, su verdad, su poesía, cuando renació dentro de una cárcel. “¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntame esta tarde / que si no escribo soy piedra / y vuelvo a ser tan sólo un expediente/”, se lee en su primer libro, de título ricotero, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), con ilustración de Rocambole y prólogo de Luis Mattini. Dos trozos de carbón que arden; llamitas intrépidas lanzadas del presente hacia el futuro. Los ojos de César experimentan con la pequeña porción del horizonte que se deja ver desde la ventana de “Dallas”, un bar “cero burgués” –lo define—, un lugar de laburantes donde el joven juega de local desde febrero pasado, cuando salió en libertad. Su mirada se embarca en un mar de proyectos: otro libro de poemas más, el crecimiento de la revista que edita, ¿Todo piola? (ver aparte), la carrera de letras que cursa en la UBA. “Me lo bajo en un toque”, dice por el sándwich de pan francés que le acaba de servir Ubaldo Collado, dueño y mozo, sufrido hincha de Racing. Como César. Si la lluvia es el momento en que el cielo y la tierra tienen un orgasmo –como escribió en otro poema–, habrá que esperar ese encuentro. El sol empuja en cámara lenta a las nubes. “Algo le debo a mi sangre toba. Te dije que se estaba yendo la tormenta –se entusiasma, mientras comprueba que se cumple su pronóstico–; nunca le hagas caso al servicio meteorológico. Las culturas originarias de este continente miran el cielo y saben cuándo va a llover. Ahora tenemos todas las tecnologías. Y ni así le pegan.”
En menos de un minuto, César devora el sándwich. “¿Qué hacés, caradura?”, dice y saluda a Lucho, el padre de un compañero de la calle, cuando César andaba en la calle, unos seis años atrás que parecen prehistóricos. “En el barrio siempre es así, se acercan a saludarme.” El barrio es la villa Carlos Gardel, “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”, dice en el poema dedicado a ese lugar en el mundo donde nació –hace 21 años– y creció a los porrazos. Donde vive y da talleres literarios para rescatar a los pibes de un “infierno anunciado”. “No es que me levanté un día o manejé en mi cabeza, en algún momento, la idea de escribir un libro –cuenta César–. La venganza del cordero atado es un rejunte de los poemas que escribí, tan simple como eso.” Lo que no es tan simple es dónde los escribió, en institutos de menores, en la cárcel, bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis: Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos –uno de los líderes de la Revolución Cubana–, Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, relatado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?
“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.” César subraya que el primer acto de su renacimiento, antes de la escritura, no fue la lectura –los libros que unas manos de mago, literalmente, acercaron a sus ojos– sino la libertad que le dio pensar. “Empecé a usar esto que tengo acá arriba –dice con el dedo índice en la sien– para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.”
La realidad es que estaba preso –muerto en vida– en 2005. El camino de regreso a la vida tiene un nombre: Patricio “Merok” Montesano, un amigo que le acercó los libros, “un vago que daba taller de magia voluntariamente dentro de la cárcel”. “Nos trataba bien, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les vengo a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. El nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura –enumera ese torbellino de novedades que lo asaltaron–. Al principio no le di mucha importancia, ‘este loco de mierda, qué me importa lo que dice, si total a mí me quedan un montón de años’. Pero venía en serio, con pureza, para ayudar.” El mago vaya si ayudó. Le prestó De Ernesto al Che, de Calica Ferrer. “Antes de ese libro yo no sabía, por ejemplo, que el Che era argentino, ni qué había hecho, ni cuáles eran sus ideales, ni por qué luchó –reconoce César–. Ese libro me sirvió para darme cuenta de que uno puede hacer un click en la vida, como lo hizo el Che. Y comenzaron las preguntas, aparecieron los porqué: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué tuve que nacer en un contexto de mierda, por qué tuve que saber a los 7, 8 años que existe la cocaína, el porro y que vivo en un barrio donde eso es frecuente y la cultura es ésa.”
La seguidilla de preguntas productivas se multiplicaban; estaba encerrado, pero no anestesiado. No sabía qué esperaba, pero algo llegaría. “¿Hubiese terminado en una celda si no hubiese nacido en una villa? Si nueve de cada diez de los que estábamos en la cárcel éramos de una villa. ¿Qué hubiese pasado si hubiese nacido en otro contexto? Realmente no sé, pero considero que en la cárcel no hubiese terminado con 16 años, baleado, adicto a las drogas como era. Se cayó la venda de mis ojos con mucha rabia. No quería darle el gusto al sistema, a la sociedad, que quiere que terminemos en la cárcel. Y fue una ruptura.”
–Y la rabia lo llevó a la lectura...
–Sí, a leer, a informarme, a llenarme de argumentos. Fue un renacimiento; el concepto de renacimiento en la historia de la humanidad es salir de la oscuridad de la Edad Media, de las tinieblas del oscurantismo. De repente aparecen Galileo, Da Vinci, Copérnico, otra corriente de filosofía con Descartes, los inventores, los pintores. Mi renacimiento fue gracias a la cultura. ¿Sabés por qué hablo de rabia?
–No.
–Porque no es lo mismo que alguien de clase media piense a que lo haga un pibe de clase baja. Si el de clase baja tiene conciencia de clase, la potencia que tiene ese pensamiento es mucho más explosiva que la de la clase media, en el sentido de rebelarte. Fue lo que me pasó a mí: tener conciencia de clase, pero no haciendo una separación porque yo soy de abajo, pero no quiero que se muera el de arriba. No. Yo pensaba todo esto, pero seguía dentro de una celda. No sabía que el día de mañana iba a publicar un libro, a hacer una revista...
–Tocó fondo: o se hundía del todo o flotaba y salía a la superficie, que es lo que hizo.
–Exactamente, pero una vez que llegué a flotar, había que remar porque estaba en el medio del mar y no había remos. Había que remar y no había balsa, había que remar y no había isla para naufragar. Me pegaron en la cárcel por leer, por escribir, por pensar, paradójicamente. La sociedad dice que en la cárcel estamos mejor, que los derechos humanos son sólo para los chorros... y uno escucha todo ese discurso de que nos gusta esa vida en la cárcel, que no hacemos nada. A mí no me gustaba esa vida y decidí hacer otra cosa: leer, terminar el secundario, recibirme. Pero no recibí un abrazo de la sociedad; recibí piñas, me quebraron los tobillos, me rompieron un diente; sufrí miles de requisas por leer y escribir. Me di cuenta de que la sociedad prefiere que los pibes roben, que se droguen antes que accionen y piensen. Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Cuando un pibe en este país pensó y accionó, lo torturaron, lo masacraron y no apareció más.
–En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?
–“Y esa piña duele más que la del guardia”... puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza...”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir.
–¿Por qué dice en un poema que “aunque no parezca soy poeta, soy un optimista”?
–Ese poema es una trompada tras otra, pero lo escribí en otro momento. Eso fue hace tres años, cuando pensaba que la política eran los políticos, pero ahora sé que es una herramienta. Si los políticos en nombre de la política hicieron desastres, la palabra no tiene la culpa. Hay optimismo en el escenario político argentino y hasta noto cierta alegría. La naturaleza de los barrios bajos es el peronismo obrero. No puedo desconocer eso; y con más facilidad me doy cuenta de que este gobierno se corresponde con esa naturaleza, que este gobierno está relacionado directamente con los intereses populares y me siento identificado. Yo viví en una casa de material y chapa toda la vida. Hoy tenemos una casa digna con calefón, cocina y agua caliente. Pero tampoco me encierro en una etiqueta ideológica. Soy peronista, pero lo que menos me gusta del peronismo es Perón. Para mí el peronismo es una esencia colectiva; por eso me siento identificado con esa subjetividad colectiva que resistió 18 años. Soy eso, pero también marxista y me gusta la filosofía, el rock y el reggae. Decir “soy esto” es autolimitarse, autoexcluirse. Yo quiero seguir creciendo y seguir siendo cada vez más cosas.
–¿Qué pasó con su lenguaje cuando salió de la cárcel? ¿Cambió?
–Sí, empecé la facultad, estoy en nuevos ambientes con gente que habla diferente. Pero el lenguaje es muy amplio; en mi barrio si tengo que hablar con los pibes, hablo así también. Soy así siempre, pero tampoco en exceso porque si me hago el académico me van a decir: “¿Qué estás hablando, gil?” (risas). Pero no me gusta el estereotipo y simular que soy villero y tener que comerme las eses y decir: “Ey, guacho”. Ya venía incorporando nuevas palabras a mi vocabulario desde la lectura. ¿Vos te pensás que hablaba así cuando caí en cana? Usaba la misma cantidad de palabras para hablar siempre de lo mismo: a quién le choreamos, cuánto hiciste, cuánta merca compramos, anda la yuta... No salía de ahí. Ahora no tengo odio, y eso que me sobraban los argumentos para odiar, para salir de la cárcel con ganas de matar. Sigo escribiendo poesía, estoy preparando mi segundo libro. Necesito escribir como el adicto necesita de su dosis. Mi dosis es escribir porque me corre la poesía por las venas. Y que por mis venas corra poesía es lo que me hace también experimentar una sobredosis de esperanza.
jueves, 9 de septiembre de 2010
(del)Ego
Nada más seguro que se encuentra hablando Ego cuando alguien dice que le molesta sobremanera el Ego -siempre de los otros, por supuesto. Tempranamente me llamó la atención la paradójica posición enunciativa desde la que solían hablar tipos como Krishnamurti por ejemplo: 'no le hagan caso a los gurúes que alimentan su Ego (¿el de quién?), ustedes son sus propios maestros, etc.', porque la gente que lo escuchaba, imaginaba yo, lo escuchaba a él como a un maestro y le hacía caso; pero si en verdad le hacía caso, eso que decía lo incluía a él mismo, entonces...Paradojas del mentiroso (Ego) replicadas ad infinitum. No es cuestión de buenas o malas intenciones; la intersubjetividad es mentirosa por naturaleza, por reflexión (ahora que me doy cuenta, [no] me creo eso). Hay que cortar por algún lado. Para producir otra cosa no basta con maltratar al irreventable Ego. Efectivamente hay que dividirse en un acto -que atraviesa el reflejo especular- sin garantías de nada, ni siquiera -y sobre todo- de sentido, por ejemplo: un axioma, una declaración, una letra, un golpe. Y qué se yo qué más (aquí: de-lego).
martes, 29 de junio de 2010
El río sin orillas

Quisiera comentar brevemente algunas ideas que se me ocurrieron al leer las primeras tres editoriales de la excelente revista El río sin orillas.
En primer lugar creo que hay que rescatar el uso de citas de autores latinoamericanos per se, pues indica un movimiento afectivo de investidura libidinal sobre nuestro legado cultural por demás interesante. En concordancia con lo anterior hay que señalar también el modo singular de apropiación y uso de dichas citas, que no responde a ningún marco normativo o programático sobre cómo hacerlo (i.e. historia intelectual). Casi se diría que se trata de hallazgos fortuitos, producidos por supuesto en el trabajo de pensamiento y escritura sobre lo actual.
No obstante se percibe desde la primera editorial (2007) hasta la última (2009) cierto desplazamiento cada vez más (de)liberado en el uso de las citas, al punto que la última llega a ser interpretada de manera bastante caprichosa o, al menos, con cierta licencia de factura literaria más que filosófica o política. No me explayaré sobre esta última editorial.
Me parece interesante, sobre todo, el movimiento dialéctico y a la vez pulsional efectuado en torno a la primera cita de Murena, que funciona como epígrafe de la primera editorial: 1) afirmación y claridad (sobreinvestidura libidinal) en un primer momento; 2) negación y superficialidad (desinvestidura) en un segundo; y 3) síntesis/reconciliación a partir de la verdad donada en su caducidad (reinvestidura parcial) en un tercer momento.
Sin embargo, algo resulta sintomático en el uso de otra cita, la de Saer: “cada uno crea / de las astillas que recibe / la lengua a su manera / con las reglas de su pasión”. Hay que subrayar que las astillas son recibidas supongamos, en términos lacanianos, del Otro, pero la recreación que cada quien hace de la lengua sigue las reglas de su propia pasión y no del Otro (en todo caso de su falta). Entonces la cita de Saer, que resalta que las astillas son recibidas para crear la lengua de acuerdo a las reglas de SU pasión, parece que fuera en algún punto desmentida por nuestros amigos al referirse en exceso a las pasiones (goces) supuestas al Otro generacional: su impensable potencia creativa y su trágica derrota (“…se nos ha extraviado algo decisivo en el curso ambivalente del río [pero el río de la historia sigue su imprevisible curso, ¿no son ellos los ambivalentes y extraviados?]: las reglas de unas pasiones, esas que animaron a los actores modernos a producir arte, filosofía y política de una intensidad que hoy desconocemos, una intensidad cuya potencia formidable hacía ilegibles citas como las de Murena”. Y esta otra: “lo que nos constituye quizás más que ningún otro evento [son] los ecos de unas pasiones derrotadas que es preciso interrogar”). Es en ese punto donde interpreto lacanianamente, desde la izquierda, que se ha inmiscuido el fantasma del goce del Otro. El goce del Otro -su potencia/su derrota- que sólo es posible imaginar pues, en verdad, no existe. Podemos, sí, heredar astillas y huellas significantes del Otro para recrear nuestra (im)propia lengua política -es lo habitual- pero jamás sabremos de su goce (fantaseado).
Este es el punto clave donde se vislumbra, brevemente, la inconsistencia señalada en el uso de la cita: “Ninguna otra herencia que texto y pasiones para interrogar son para nosotros esas astillas recibidas”. Aquí se ha asimilado sin más “texto” y “pasiones” como partes unificadas de la herencia recibida (las astillas), pero en Saer las astillas recibidas eran diferenciadas justamente de las reglas de la pasión que las recibía. Este señalamiento va más allá de cualquier pretensión de crítica minuciosa centrada en el lenguaje, ya que lo que está en juego aquí es la posibilidad de encarnar una pasión propia. Luego sí hablan de “determinar también las reglas mínimas de nuestras propias pasiones” pero el equívoco mencionado es imborrable. Y nos indica algo. Creo que esta breve confusión entorpece el pasaje a la escritura en cabal nombre propio y así, lo que es lo mismo, en una circunscripción estrictamente singular del goce irreductible que se halla en juego en nuestra época, por lo tanto de cómo sustraernos a su llamado mortífero (i.e. Cromañon, tratado en otra editorial). Esta dificultad se visibiliza también en cierta ambigüedad política y labilidad afectiva (léase indefinición identificatoria) al momento de marcar una diferencia y tensión específicas al interior del campo político-intelectual actual; lo que se ve claramente en el espíritu conciliador respecto a todo el espectro de revistas precedentes, las cuales responden a ideologías muchas veces antagónicas. No hay debate, confrontación o crítica con esos legados y tradiciones intelectuales.
Otro punto a señalar es la cuestión conceptual. La clara intención de los compañeros del RSO de inscribirse en una tradición ensayística que apela casi exclusivamente a figuras y tropos para exponer su posición filosófico-política es, desde ya, muy interesante, pero no deja de tener algunas consecuencias restrictivas para el pensamiento de lo actual; por ejemplo en la dificultad para diferenciar, y por lo tanto acentuar mejor, la propia posición en lo referido al ámbito político, cultural o filosófico. Cierta falta de rigor conceptual ligada no tanto a decir lo que dicen o podrían decir otros conceptualistas (i.e. Foucault, Deleuze, Badiou) u otros historicistas (i.e. Palti, Villacañas, Dotti) sino a arriesgar formulaciones histórico-conceptuales propias que permitan distinguir y articular mejor nuestras problemáticas políticas, estéticas y científicas locales, en su singularidad irreductible pero además en su posibilidad de conexión (pasional) y mutua imbricación. Formular conceptos implica así, no una invención ex nihilo sino a veces modular, deconstruir, rearticular, etc., otros disponibles. Y la perspectiva materialista de esta tarea, desde mi punto de vista al menos, tiene que ver con disponer los conceptos no sólo según su lógica interna (histórica o estructural) sino también con la mirada y el oído puestos en lo actual, en lo que acontece, de modo tal de poder circunscribirlo. Pero la temporalidad de la práctica teórica es otra que la de las prácticas estéticas, políticas y demás, y esto también hay que tenerlo en cuenta a la hora de evaluar su pretendida incidencia.
(Haciendo click en el título del post se ingresa al blog de la revista)
martes, 4 de mayo de 2010
Del miedo ambiente
Hay periodistas importantes que dicen tener miedo; es absolutamente lógico. Sería de una ingenuidad imperdonable creer que se trata (el miedo) de causas reales, objetivas; o de simples intereses económicos; o, incluso, de alguna temida pérdida de (su) posición en el campo simbólico (de la palabra). No; es un poco de cada cosa. Pero no en el sentido de una suma ecléctica de variables que podrían ser analizadas, por ejemplo, sino en el anudamiento complejo y efectivo de dichas dimensiones -y otras- de cuyo producto surgen como subjetividades objetivas -valga el oxímoron- y funcionales. Ahora bien, lo dificil es entender que el modo de constitución de subjetividades objetivas a partir del anudamiento de lo simbólico, lo real y lo imaginario nada tiene que ver con cuestiones de índole psicológica, o de representaciones mentales, o sociales. Estamos hablando de palabras, cuerpos, afectos y cosas muy bien entretejidas en el curso de secuencias históricas concretas y articuladas sincrónicamente a los aparatos de reproducción hegemónicos que hacen a la realidad común (al sentido). Si no se llamaran Majul, Morales Solá o Ruiz Guiñazú, por caso, se llamarían de otra forma los sujetitos sujetados a las estructuras complejas que han habilitado su posicionamiento y constitución funcional respectiva en un lugar tan bien determinado por la lógica del Uno (del "un" relato). No es que haya que comprenderlos o analizarlos -ellos "paranoicamente" temen ser destruidos- simplemente hay que sacarles los parapetos donde creen existir para que caigan solitos (a no ser que milagrosamente sostuvieran la palabra y la honestidad intelectual que han esquivado tan obstinadamente). En cuanto a la posibilidad de que existan subjetividades deseantes desobjetivadas de los aparatos (de goce) reproductores de sentido, ya he esbozado algo en otras entradas al blog; es cuestión de afirmarse en la sola exhalación de un nombre propio, que nada significa a priori ni busca amparos, y que sólo se teje con otros -a veces- en el acto de escritura/pensamiento.
domingo, 25 de abril de 2010
Libro "no matar"
Fue ayer la presentación del mismo, y en su mismidad quedó. Quisiera poder escindir el tiempo de la frase, la temporalidad, lo suficiente como para poder decir "habrá sido", y así, abrir también la posibilidad de que algo pase; pero no, sólo fue.
Nuestros debates tan deseados (tan temidos), nuestras preguntas por los legados de las tradiciones emancipatorias, deberán encontrar otros lugares de inscripción, otros interlocutores, otros modos de invención; verdaderas aperturas del pensar en acto, del preguntar, del decir sin garantías.
Los fantasmas nos hacían temer grandes confrontaciones, frases intempestivas, lúcidas intervenciones, posicionamientos claros y generosos; pero nada de eso tuvo lugar y, por ello mismo, la pregunta retornó insistente: ¿quiénes somos los no nacidos de todos los tiempos para replantearnos la pregunta recurrentemente, y así, otra vez desoída? Hay tantos fantasmas y (tontas) certezas...
Para escuchar la voz que se pronuncia inaudible hace falta decir, manifestarse también, hace falta mover un poco los cadáveres (de pensamiento). Nada de eso tuvo lugar en el lugar y por eso insiste la escritura en hacer notar algo invisible, inaudible. Sería demasiado fácil y oportunista acudir al metalenguaje para dictarle al otro que debe entenderlo como un susurro (o un grito) pero verdaderamente "otra cosa" sería producirlo en efecto ¿no? Hasta aquí.
Nuestros debates tan deseados (tan temidos), nuestras preguntas por los legados de las tradiciones emancipatorias, deberán encontrar otros lugares de inscripción, otros interlocutores, otros modos de invención; verdaderas aperturas del pensar en acto, del preguntar, del decir sin garantías.
Los fantasmas nos hacían temer grandes confrontaciones, frases intempestivas, lúcidas intervenciones, posicionamientos claros y generosos; pero nada de eso tuvo lugar y, por ello mismo, la pregunta retornó insistente: ¿quiénes somos los no nacidos de todos los tiempos para replantearnos la pregunta recurrentemente, y así, otra vez desoída? Hay tantos fantasmas y (tontas) certezas...
Para escuchar la voz que se pronuncia inaudible hace falta decir, manifestarse también, hace falta mover un poco los cadáveres (de pensamiento). Nada de eso tuvo lugar en el lugar y por eso insiste la escritura en hacer notar algo invisible, inaudible. Sería demasiado fácil y oportunista acudir al metalenguaje para dictarle al otro que debe entenderlo como un susurro (o un grito) pero verdaderamente "otra cosa" sería producirlo en efecto ¿no? Hasta aquí.
martes, 20 de abril de 2010
Bunge, el bobo
Aquí presento una entrevista que me llegó por mail y luego esbozo un breve comentario sobre la misma
Entrevista a Mario Bunge
La voz de Mario Bunge suena sin quiebres en la línea telefónica. Escuchándolo, nadie diría que se encamina hacia su cumpleaños 91. Desde su despacho en la Universidad McGill, de Montreal, opinó sobre el posgrado en "medicinas complementarias" que avala la Universidad Nacional de Córdoba a través de la Facultad de Ciencias Médicas.
-¿Cómo ve la decisión de la UNC de dictar posgrados en homeopatía, medicina ayurveda, medicina tradicional china y acupuntura ?
-Creo que la Universidad de Córdoba tendría que ser coherente y a partir de esto revolucionar completamente toda la universidad. No limitarse a esto, sino que debería cambiar la Facultad de Química por la de Alquimia, la Facultad de Psicología por la de Parapsicología. Tendría que eliminar la Facultad de Ciencias o tal vez complementarla con una Facultad de Seudociencias, que incluya también la enseñanza de la magia y el ocultismo y las llamadas ciencias ocultas. Tendría, en una palabra, que proclamar la Contrarreforma y volver a la Edad Media de manera explícita. Eso sería más claro. Ahora, ya no en cuanto a las autoridades de la universidad sino al movimiento estudiantil y de graduados: creo que tendrían que tomar cartas en el asunto. No es posible que permitan este asalto a la modernidad. Tendrían que recordar que uno de los objetivos de la Reforma Universitaria de 1918, que nació precisamente en Córdoba, fue modernizar la universidad. No lo lograron; sólo consiguieron reformar el gobierno de la universidad dando participación a los estudiantes y graduados. Pero, por lo menos, en el Manifiesto Liminar de la Reforma uno de los objetivos fue modernizar la universidad. Tendrían que recordar, después de tantos años, que ese tendría que ser un objetivo permanente de toda la gente progresista: reformar la universidad, no de cuando en cuando, sino de manera constante; ponerla al día con avances en las ciencias, la técnica y las humanidades. Esto que pasa en Córdoba con la incorporación de estas enseñanzas seudocientíficas es un golpe bajo a las aspiraciones de la Ilustración, es como si volviera la Inquisición. Es tratar de arrojar todo lo conquistado desde la Revolución Científica de 1600. Es uno de los peores escándalos que está pasando en la República Argentina. No es nuevo, pero se añade al escándalo ya existente de las facultades de psicología sin psicólogos, donde lo que se enseña son los textos sagrados de Sigmund Freud y sus sucesores, en los que no hay experimentación ni contacto con las ciencias, sino psicología hablada, que no tiene nada que ver con el cerebro. Esto que hace la Universidad de Córdoba parece una iniciativa tomada por López Rega. ¿Están seguros de que López Rega no dejó testamento y gente habilitada para poner en práctica esta iniciativa?
-Usted dice que esto es como si una Facultad de Matemáticas enseñara la cábala...
-Exacto, eso es.
-...Pero, ¿por qué cree que estas prácticas siguen conquistando seguidores y expandiéndose?
-Porque es mucho más fácil macanear que buscar la verdad y ponerla en práctica. Además, es rentable. Una persona sin estudios puede aprender todo ese macaneo en pocos días y no necesita estudiar 20 años. Puede empezar a ganar dinero enseguida. La única motivación es comercial, no hay motivación intelectual. Esa superstición fue barrida entre 1600 y 1900. La única justificación es comercial.
-Quienes las sostienen, reclaman base científica, experimental, y dicen que son prácticas milenarias y que en otras universidades extranjeras son carreras de grado.
-No es cierto. No hay ninguna revista científica con artículos publicados sobre homeopatía. Hace 20 años, la revista Nature publicó un artículo proveniente del laboratorio del doctor Jacques Benveniste, de la Universidad de París, que sostenía que el agua "recordaba" la sustancia que se había diluido en ella al hacer los llamados remedios homeopáticos. La revista envió una delegación a París para tratar de replicar esos experimentos, integrada por el director de la revista, David Maddox; el investigador del Instituto de Salud de Washington, Walter Steward, y el famoso mago norteamericano James Randi. Fueron, replicaron y no encontraron absolutamente nada y luego publicaron su informe en Nature . Pocos años después, Benveniste fue obligado a renunciar a su cargo de profesor y se convirtió en empleado de la industria homeopática, que es muy poderosa porque no hace investigación sino que gasta en agua. Eso son los remedios homeopáticos: agua, nada más. El argumento principal contra la homeopatía es científico y elemental. Esas diluciones enormes llegan a concentraciones de una molécula por kilómetro cúbico. Las chances de que una molécula dé con el órgano afectado es prácticamente nula. Hacen falta miles de millones de moléculas para que tenga algún efecto sobre el tejido vivo. No existen laboratorios de experimentación homeopática. Lo que hay, en México, es una universidad homeopática que, contrariamente a las universidades, no tiene labor de experimentación, sólo cursos para enseñar esas diluciones y tratar a los pacientes. Pero lo peor no es que eso sea ineficaz; lo peor es que la gente aquejada de enfermedades auténticas, al no ir a la medicina científica se deja estar, tomando agua en lugar de servirse de medicamentos auténticos, y se muere. De modo que no es que la homeopatía sea inefectiva: es inoperante y ofensiva. A una persona con cáncer se le dice que tome té, yerbitas. De modo que las autoridades sanitarias tendrían que tomar cartas en el asunto. Se está engañando al público y poniendo en peligro la salud pública, además de retroceder siglos.
-En la medicina ayurveda existe una noción holística, basada en el equilibrio de cuerpo, mente y alma. ¿Cómo se incorpora desde una universidad un concepto como alma?
-Es una concepción anticuada del alma como ente inmaterial e inmortal. La psicología moderna no acepta esa concepción. La mente son procesos cerebrales. Hace 20 años, en la India subió al poder un partido fundamentalista y uno de sus primeros decretos consistió en introducir en la universidad doctorados en astrología y medicina ayurvédica, las dos juntas, porque la ayurvédica hace uso de la astrología para ver cuáles son los días faustos para tomar medicamentos y cuáles los infaustos. Por fortuna, el gobierno no duró mucho, ya que no sólo fue incompetente sino también corrupto. Fue otra tentativa de borrar la modernidad.
Breve comentario al respecto
Hay que comprender en primer lugar que Bunge, más allá de su ironía y de su saber de especialista, no tiene porqué disponer de una cultura mucho más amplia que la que le exige su medio académico inmediato. Valga esta aclaración por si alguien se sorprende de su estrechez de miras. Pues resulta evidente para cualquier espíritu más o menos despierto que plantear la complejidad de nuestra cultura actual en términos de ilustración versus irracionalismo ignora, cuanto menos, todas las producciones filosóficas, políticas y de ciencias sociales en general que han tenido lugar durante el siglo pasado (por lo menos desde la teoría crítica en adelante) y que continúan en el nuestro. Claro que él lo presenta en términos de ciencias médicas versus medicinas alternativas, pero aún así no se priva de hacer extrapolaciones históricas e institucionales que pretenden abarcar mucho más (la reforma universitaria del 18, la Edad Media, el psicoanálisis, la modernidad, el estado actual de la Universidad, etc.) sin disponer de conceptos ni marcos teóricos minimamente rigurosos que le permitan decir algo interesante al respecto (¡ni que hablar de la distancia geográfica e ideológica!). Por supuesto que chantas y oportunistas hay en todas partes, incluidas las ciencias duras, pero homologar psicoanálisis, homeopatía, medicina tradicional china, política universitaria, etc. sin hacer distinciones, sin desarrollar conceptos que permitan pensar las diferencias singulares y lo que cada producción de saber puede aportar al conocimiento complejo del ser humano, es, desde ya, de una limitación insuperable y lastimosa. Este tipo de discursos son los que realmente hacen mal al pensamiento crítico y nos retrotraen a la oscuridad del dogma y la estupidez del holofraseo (el monolingüismo). Y además, hay que decirlo con todas las letras: es el producto resultante de una racionalidad definida exclusivamente dentro del ámbito endogámico de la cultura científica (a la que vemos le salen, por eso mismo y a pesar de sus méritos en otro sentido, hijos bobos para hablar en el ámbito exogámico de la cultura en general); producto además de la nada inocente división capitalista del trabajo intelectual. Que a los 91 años Bunge pudiera salir de esa estrecha jaula mental, a la que parece reducir su cerebro (donde él piensa que piensa), sería un verdadero acontecimiento intelectual.
¡Y por supuesto no esperamos nada de eso, ni de las movidas oportunistas de prensa, para pensar a cuenta propia lo que acontece en la sociedad actual y (en) sus distintas racionalidades en curso!
Entrevista a Mario Bunge
La voz de Mario Bunge suena sin quiebres en la línea telefónica. Escuchándolo, nadie diría que se encamina hacia su cumpleaños 91. Desde su despacho en la Universidad McGill, de Montreal, opinó sobre el posgrado en "medicinas complementarias" que avala la Universidad Nacional de Córdoba a través de la Facultad de Ciencias Médicas.
-¿Cómo ve la decisión de la UNC de dictar posgrados en homeopatía, medicina ayurveda, medicina tradicional china y acupuntura ?
-Creo que la Universidad de Córdoba tendría que ser coherente y a partir de esto revolucionar completamente toda la universidad. No limitarse a esto, sino que debería cambiar la Facultad de Química por la de Alquimia, la Facultad de Psicología por la de Parapsicología. Tendría que eliminar la Facultad de Ciencias o tal vez complementarla con una Facultad de Seudociencias, que incluya también la enseñanza de la magia y el ocultismo y las llamadas ciencias ocultas. Tendría, en una palabra, que proclamar la Contrarreforma y volver a la Edad Media de manera explícita. Eso sería más claro. Ahora, ya no en cuanto a las autoridades de la universidad sino al movimiento estudiantil y de graduados: creo que tendrían que tomar cartas en el asunto. No es posible que permitan este asalto a la modernidad. Tendrían que recordar que uno de los objetivos de la Reforma Universitaria de 1918, que nació precisamente en Córdoba, fue modernizar la universidad. No lo lograron; sólo consiguieron reformar el gobierno de la universidad dando participación a los estudiantes y graduados. Pero, por lo menos, en el Manifiesto Liminar de la Reforma uno de los objetivos fue modernizar la universidad. Tendrían que recordar, después de tantos años, que ese tendría que ser un objetivo permanente de toda la gente progresista: reformar la universidad, no de cuando en cuando, sino de manera constante; ponerla al día con avances en las ciencias, la técnica y las humanidades. Esto que pasa en Córdoba con la incorporación de estas enseñanzas seudocientíficas es un golpe bajo a las aspiraciones de la Ilustración, es como si volviera la Inquisición. Es tratar de arrojar todo lo conquistado desde la Revolución Científica de 1600. Es uno de los peores escándalos que está pasando en la República Argentina. No es nuevo, pero se añade al escándalo ya existente de las facultades de psicología sin psicólogos, donde lo que se enseña son los textos sagrados de Sigmund Freud y sus sucesores, en los que no hay experimentación ni contacto con las ciencias, sino psicología hablada, que no tiene nada que ver con el cerebro. Esto que hace la Universidad de Córdoba parece una iniciativa tomada por López Rega. ¿Están seguros de que López Rega no dejó testamento y gente habilitada para poner en práctica esta iniciativa?
-Usted dice que esto es como si una Facultad de Matemáticas enseñara la cábala...
-Exacto, eso es.
-...Pero, ¿por qué cree que estas prácticas siguen conquistando seguidores y expandiéndose?
-Porque es mucho más fácil macanear que buscar la verdad y ponerla en práctica. Además, es rentable. Una persona sin estudios puede aprender todo ese macaneo en pocos días y no necesita estudiar 20 años. Puede empezar a ganar dinero enseguida. La única motivación es comercial, no hay motivación intelectual. Esa superstición fue barrida entre 1600 y 1900. La única justificación es comercial.
-Quienes las sostienen, reclaman base científica, experimental, y dicen que son prácticas milenarias y que en otras universidades extranjeras son carreras de grado.
-No es cierto. No hay ninguna revista científica con artículos publicados sobre homeopatía. Hace 20 años, la revista Nature publicó un artículo proveniente del laboratorio del doctor Jacques Benveniste, de la Universidad de París, que sostenía que el agua "recordaba" la sustancia que se había diluido en ella al hacer los llamados remedios homeopáticos. La revista envió una delegación a París para tratar de replicar esos experimentos, integrada por el director de la revista, David Maddox; el investigador del Instituto de Salud de Washington, Walter Steward, y el famoso mago norteamericano James Randi. Fueron, replicaron y no encontraron absolutamente nada y luego publicaron su informe en Nature . Pocos años después, Benveniste fue obligado a renunciar a su cargo de profesor y se convirtió en empleado de la industria homeopática, que es muy poderosa porque no hace investigación sino que gasta en agua. Eso son los remedios homeopáticos: agua, nada más. El argumento principal contra la homeopatía es científico y elemental. Esas diluciones enormes llegan a concentraciones de una molécula por kilómetro cúbico. Las chances de que una molécula dé con el órgano afectado es prácticamente nula. Hacen falta miles de millones de moléculas para que tenga algún efecto sobre el tejido vivo. No existen laboratorios de experimentación homeopática. Lo que hay, en México, es una universidad homeopática que, contrariamente a las universidades, no tiene labor de experimentación, sólo cursos para enseñar esas diluciones y tratar a los pacientes. Pero lo peor no es que eso sea ineficaz; lo peor es que la gente aquejada de enfermedades auténticas, al no ir a la medicina científica se deja estar, tomando agua en lugar de servirse de medicamentos auténticos, y se muere. De modo que no es que la homeopatía sea inefectiva: es inoperante y ofensiva. A una persona con cáncer se le dice que tome té, yerbitas. De modo que las autoridades sanitarias tendrían que tomar cartas en el asunto. Se está engañando al público y poniendo en peligro la salud pública, además de retroceder siglos.
-En la medicina ayurveda existe una noción holística, basada en el equilibrio de cuerpo, mente y alma. ¿Cómo se incorpora desde una universidad un concepto como alma?
-Es una concepción anticuada del alma como ente inmaterial e inmortal. La psicología moderna no acepta esa concepción. La mente son procesos cerebrales. Hace 20 años, en la India subió al poder un partido fundamentalista y uno de sus primeros decretos consistió en introducir en la universidad doctorados en astrología y medicina ayurvédica, las dos juntas, porque la ayurvédica hace uso de la astrología para ver cuáles son los días faustos para tomar medicamentos y cuáles los infaustos. Por fortuna, el gobierno no duró mucho, ya que no sólo fue incompetente sino también corrupto. Fue otra tentativa de borrar la modernidad.
Breve comentario al respecto
Hay que comprender en primer lugar que Bunge, más allá de su ironía y de su saber de especialista, no tiene porqué disponer de una cultura mucho más amplia que la que le exige su medio académico inmediato. Valga esta aclaración por si alguien se sorprende de su estrechez de miras. Pues resulta evidente para cualquier espíritu más o menos despierto que plantear la complejidad de nuestra cultura actual en términos de ilustración versus irracionalismo ignora, cuanto menos, todas las producciones filosóficas, políticas y de ciencias sociales en general que han tenido lugar durante el siglo pasado (por lo menos desde la teoría crítica en adelante) y que continúan en el nuestro. Claro que él lo presenta en términos de ciencias médicas versus medicinas alternativas, pero aún así no se priva de hacer extrapolaciones históricas e institucionales que pretenden abarcar mucho más (la reforma universitaria del 18, la Edad Media, el psicoanálisis, la modernidad, el estado actual de la Universidad, etc.) sin disponer de conceptos ni marcos teóricos minimamente rigurosos que le permitan decir algo interesante al respecto (¡ni que hablar de la distancia geográfica e ideológica!). Por supuesto que chantas y oportunistas hay en todas partes, incluidas las ciencias duras, pero homologar psicoanálisis, homeopatía, medicina tradicional china, política universitaria, etc. sin hacer distinciones, sin desarrollar conceptos que permitan pensar las diferencias singulares y lo que cada producción de saber puede aportar al conocimiento complejo del ser humano, es, desde ya, de una limitación insuperable y lastimosa. Este tipo de discursos son los que realmente hacen mal al pensamiento crítico y nos retrotraen a la oscuridad del dogma y la estupidez del holofraseo (el monolingüismo). Y además, hay que decirlo con todas las letras: es el producto resultante de una racionalidad definida exclusivamente dentro del ámbito endogámico de la cultura científica (a la que vemos le salen, por eso mismo y a pesar de sus méritos en otro sentido, hijos bobos para hablar en el ámbito exogámico de la cultura en general); producto además de la nada inocente división capitalista del trabajo intelectual. Que a los 91 años Bunge pudiera salir de esa estrecha jaula mental, a la que parece reducir su cerebro (donde él piensa que piensa), sería un verdadero acontecimiento intelectual.
¡Y por supuesto no esperamos nada de eso, ni de las movidas oportunistas de prensa, para pensar a cuenta propia lo que acontece en la sociedad actual y (en) sus distintas racionalidades en curso!
lunes, 15 de marzo de 2010
House, el drama subjetivo del sabio
Sin preámbulos, respecto a la verdad de la estructura de ficción. Siempre he tenido una sospecha sobre House que acabo de confirmar en el capítulo 1º de la 3º temporada (sucede que no sigo la serie de manera sistemática sino aleatoria). Paso a relatar.
Después de haber estado cerca de su propia muerte, según parece, House se siente mucho mejor: corre varios kilómetros por día, ensaya con el skate y hasta sonríe (¡!). Lo más sorprendente para todos es que llega incluso a implicarse subjetivamente en el tratamiento de un paciente, lo que se traduce en el deseo manifiesto de querer mejorar la calidad de vida del mismo aun cuando su estado de parálisis general pareciera irreversible.
En ese momento salta a la vista todo lo que se espera de House, "el sabio", al menos desde las concepciones dicotómicas de nuestra breve cultura occidental y cristiana, tan bien representadas en este caso por las buenas inteciones de los prójimos: una cuota de razón ciega y otra de compasión idiota). O bien el médico, que es el que sabe -y House ocupa el valor máximo en esta escala trascendental-, debe dar razones suficientes para las intervenciones intrusivas (eso es lo que se espera sobre todo de él) o bien debe manifestar una suerte de modesta "compasión" por la persona de los pacientes, cuando no cabe más que aceptar la insuficiencia del saber "humano, demasiado humano" (eso es lo que hace el resto en desigual medida y en especial Cameron). Pero, de ninguna manera, el "genio" puede apelar a algo tan improbable como una "corazonada", al decir de Cuddy, o a un "puzzle" como le llama el propio House.
Y sin embargo es ahí mismo donde se imbrican razón y afecto, donde nadie lo reconoce (donde o bien esperan que finalmente House se "ablande" y se vuelva afectivo-compasivo, o bien que prosiga con su "dura" y exacta razón médica); ahí mismo donde se implicó con cierta perplejidad en el tratamiento de un paciente y su razón devino puzzle (juego), corazonada, intuitio; ahí mismo que se desestima el 'enigma subjetivo del sabio', la índole singular del sujeto, y se lo deja librado al retorno de su padecimiento (su dura razón) ocultándole que una mínima intervención -producto de su propia inferencia- mejoró radicalmente la calidad de vida del paciente. Pues los otros, bienintencionados ellos, piensan que él no puede encontrar ese inefable "significado de la vida" que sería tan precioso para la normalidad, y que debe, por tanto, aprender una lección de humildad. Vuelve entonces el malestar en la pierna, se le dificulta correr, ya no sonríe.
Curiosa esquizia la de nuestra cultura, que demanda por un lado una razón certera, sin fisuras, y por otro un afecto bobo, mimético, en lugar de propiciar una razón que (se) juegue y de un afecto perplejo, inextricablemente articulados, complejos. Allí donde House más se halla expuesto los otros creen ver la máxima soberbia. Una vez más no se ha entendido nada de qué se trata un sujeto (sí, de qué se cura tampoco)
Después de haber estado cerca de su propia muerte, según parece, House se siente mucho mejor: corre varios kilómetros por día, ensaya con el skate y hasta sonríe (¡!). Lo más sorprendente para todos es que llega incluso a implicarse subjetivamente en el tratamiento de un paciente, lo que se traduce en el deseo manifiesto de querer mejorar la calidad de vida del mismo aun cuando su estado de parálisis general pareciera irreversible.
En ese momento salta a la vista todo lo que se espera de House, "el sabio", al menos desde las concepciones dicotómicas de nuestra breve cultura occidental y cristiana, tan bien representadas en este caso por las buenas inteciones de los prójimos: una cuota de razón ciega y otra de compasión idiota). O bien el médico, que es el que sabe -y House ocupa el valor máximo en esta escala trascendental-, debe dar razones suficientes para las intervenciones intrusivas (eso es lo que se espera sobre todo de él) o bien debe manifestar una suerte de modesta "compasión" por la persona de los pacientes, cuando no cabe más que aceptar la insuficiencia del saber "humano, demasiado humano" (eso es lo que hace el resto en desigual medida y en especial Cameron). Pero, de ninguna manera, el "genio" puede apelar a algo tan improbable como una "corazonada", al decir de Cuddy, o a un "puzzle" como le llama el propio House.
Y sin embargo es ahí mismo donde se imbrican razón y afecto, donde nadie lo reconoce (donde o bien esperan que finalmente House se "ablande" y se vuelva afectivo-compasivo, o bien que prosiga con su "dura" y exacta razón médica); ahí mismo donde se implicó con cierta perplejidad en el tratamiento de un paciente y su razón devino puzzle (juego), corazonada, intuitio; ahí mismo que se desestima el 'enigma subjetivo del sabio', la índole singular del sujeto, y se lo deja librado al retorno de su padecimiento (su dura razón) ocultándole que una mínima intervención -producto de su propia inferencia- mejoró radicalmente la calidad de vida del paciente. Pues los otros, bienintencionados ellos, piensan que él no puede encontrar ese inefable "significado de la vida" que sería tan precioso para la normalidad, y que debe, por tanto, aprender una lección de humildad. Vuelve entonces el malestar en la pierna, se le dificulta correr, ya no sonríe.
Curiosa esquizia la de nuestra cultura, que demanda por un lado una razón certera, sin fisuras, y por otro un afecto bobo, mimético, en lugar de propiciar una razón que (se) juegue y de un afecto perplejo, inextricablemente articulados, complejos. Allí donde House más se halla expuesto los otros creen ver la máxima soberbia. Una vez más no se ha entendido nada de qué se trata un sujeto (sí, de qué se cura tampoco)
jueves, 4 de marzo de 2010
Contra la estupidez
La debilidad mental, de la cual no pretendemos eximirnos, a veces se agudiza particularmente en artículos de prensa. En respuesta a uno que intenta desacreditar a Alain Badiou, varios nos hemos manifestado. Aquí transcribo el texto original en francés firmado por Tarby y Zizek.
RIPOSTE
Le long article d'Eric Conan consacré à Alain Badiou dans l'hebdomadaire Marianne du 27 février 2010 intitulé : « Alain Badiou. La star de la philosophie est-il un salaud ?» est un symptôme politique par excellence de notre triste temps. Il est à ce titre remarquable, comme peuvent l'être, en archétypes, les plus représentatives productions des idéologies régnantes. Il relève d'un procédé d'inquisition visant à présenter le philosophe français le plus lu, traduit et commenté dans le monde – c'est un fait – comme une sorte de gourou sadique, de criminel politique, de vampire lubrique assoiffé.
*
L'article d'Eric Conan vise à discréditer ce que le nom et la pensée d'Alain Badiou représentent aujourd'hui - et éternellement -, en particulier chez les jeunes intellectuels, à partir d'une sorte d'enquête visant à criminaliser l’homme.
L'article d'Eric Conan est, il est vrai, dépourvu de toute compréhension philosophique, mais aussi politique, de l'œuvre de Badiou. Absolue vacuité. Révélatrice de la stratégie rampante d'un certain journalisme, et de sa déperdition dans l'inessentiel : quand l'ad hominem remplace la question des Idées ; et le fait divers, ou l'art de trouver de prétendues poubelles personnelles, les pensées.
L'article d'Eric Conan est un modèle dans l'ordre de la non-pensée du temps. Il constitue la quintessence, plus ou moins inconsciente, de l'idéologie douce et opiacée qu'un certain journalisme propage : que l'on comprend une œuvre sans la lire, et qu'on peut la réduire à un procès en sorcellerie de l'auteur ; que le communisme est l'envers du nazisme, et que ceux, parmi les citoyens, qui s'en réclament ou s'en sont réclamés, sous quelque forme que ce soit, sont des individus fondamentalement malades. L'équation aberrante du temps est en effet celle-ci : communisme = nazisme. Point final.
*
Contre cela, nous affirmons :
1. Que l'œuvre d'Alain Badiou est celle d'un grand philosophe. Ceux qui contesteront ce point devront d'abord en passer par les arcanes de l'Etre et l'Evenement et de Logiques des mondes. Nous verrons alors s'il en reste pour nier ce point, sinon par le ressentiment de n'avoir rien compris.
2. Que les positions politiques d'Alain Badiou, à savoir, d'une part, ses critiques du capitalo-parlementarisme, de la confusion entre la forme vide de la démocratie et sa force vive, du cinéma de la représentation parlementaire ; d'autre part son affirmation d'un « communisme générique », soutenu par l'Idée d'égalité, de Spartacus à aujourd'hui, sont les seules positions qui méritent maintenant le nom de politique authentique .
Le reste, bien installé, béni par tant de structures et d'hommes, et dont la critique vous assimile immédiatement à des loups-garous, à de diaboliques anti-démocrates, n'est que la forme contemporaine d'une idéologie de putois à moitié inconscients de leurs propres effluves : lorsque 9 millions d'hommes et de femmes meurent de faim et de maladie chaque année dans le monde mais que l'on préfère débattre de la main heureuse ou tricheuse du footballeur Henry, lorsqu'on assimile un sans-papier, un arabe ou un noir à un nécessaire délinquant, lorsque l'on fait croire au monde que son problème central se tient dans la terreur d'Al-Quaïda, et que l'on glisse ainsi dans une confusion si stupide qu'elle assimile 1,5 milliards de musulmans, si différents les uns des autres, à un phénomène purement sectaire, lorsque l'on fait d'une exception, la burka, pas plus répugnante que le droit de se teindre les cheveux en rouge, un débat de société central.
Et lorsque l'on cautionne ce fantôme de démocratie qui résulte de nos vieilles institutions et de ses paramètres à géométrie variable, rendant caduque le vote d'un peuple sur l'Europe par un tour de passe-passe à la chambre des députés, et lorsque, tous les jours, on habitue le citoyen à des catégories stupides : les mauvais communistes et les bons démocrates, la bonne Amérique et le mauvais Saddam... Lorsqu'on encense la Révolution française et diabolise la révolution russe. Lorsqu'on divise le peuple pour mieux régner, tandis que d'incroyables flux financiers se font et se défont virtuellement. Lorsqu'on se satisfait, finalement, du monde comme il va... Et que l'on nous fait croire que le possible est impossible.
3. Il vous sera, dès lors, difficile de faire passer Alain Badiou pour un fou solitaire. La réalité est que nous en avons assez de ces mensonges, de la complaisance pour ce système, et que nous ne renoncerons jamais à l'Idée du Communisme. Si problématique fût-elle, cette Idée, si nouveau son mode de réalisation, si critiques que nous puissions être sur l'histoire communiste du siècle passé, si différents sommes-nous dans nos propositions, nous savons une chose : qu'un communisme à réinventer, d'un nouveau genre, indéfini, est le seul avenir de l'homme. Parce qu'il est l'éternelle et seule vérité politique. La seule justice qu'une raison humaine puisse sainement concevoir.
*
Le temps n'est plus, que vous le vouliez ou non, aux mous, prétendus et arrivistes ''nouveaux philosophes'' – mais aux philosophes du renouveau.
Slavoj Zizek, Fabien Tarby, philosophes
avec :
Mehdi Belhaj Kacem, philosophe - Thomas Boisaubert, philosophe - Bruno Bosteels, philosophe, Cornell university, Ithaca – Nada Cabani, écrivain, UK – Carlos Gomez Camarena, psychanalyste, Mexique - Lorenzo Chiesa, philosophe, université de Kent – Roque Farran, psychologue, argentine - Oliver Feltham, philosophe, American university of Paris – Nicolas Floury, psychologue, philosophe – Valentin Husson, philosophe – Franck Jedrzejewki, philosophe - Adrian O Johnston, philosophe, USA – Mauricio Langon, philosophe, urugay – Maurice Matieu, artiste peintre – François Nicolas, compositeur, ami de la philosophie – Leandro Garcia Poyzo, philosophe, argentine – Frank Ruda, philosophe, allemagne – Angelina Uzin Olleros, philosophe, argentine
RIPOSTE
Le long article d'Eric Conan consacré à Alain Badiou dans l'hebdomadaire Marianne du 27 février 2010 intitulé : « Alain Badiou. La star de la philosophie est-il un salaud ?» est un symptôme politique par excellence de notre triste temps. Il est à ce titre remarquable, comme peuvent l'être, en archétypes, les plus représentatives productions des idéologies régnantes. Il relève d'un procédé d'inquisition visant à présenter le philosophe français le plus lu, traduit et commenté dans le monde – c'est un fait – comme une sorte de gourou sadique, de criminel politique, de vampire lubrique assoiffé.
*
L'article d'Eric Conan vise à discréditer ce que le nom et la pensée d'Alain Badiou représentent aujourd'hui - et éternellement -, en particulier chez les jeunes intellectuels, à partir d'une sorte d'enquête visant à criminaliser l’homme.
L'article d'Eric Conan est, il est vrai, dépourvu de toute compréhension philosophique, mais aussi politique, de l'œuvre de Badiou. Absolue vacuité. Révélatrice de la stratégie rampante d'un certain journalisme, et de sa déperdition dans l'inessentiel : quand l'ad hominem remplace la question des Idées ; et le fait divers, ou l'art de trouver de prétendues poubelles personnelles, les pensées.
L'article d'Eric Conan est un modèle dans l'ordre de la non-pensée du temps. Il constitue la quintessence, plus ou moins inconsciente, de l'idéologie douce et opiacée qu'un certain journalisme propage : que l'on comprend une œuvre sans la lire, et qu'on peut la réduire à un procès en sorcellerie de l'auteur ; que le communisme est l'envers du nazisme, et que ceux, parmi les citoyens, qui s'en réclament ou s'en sont réclamés, sous quelque forme que ce soit, sont des individus fondamentalement malades. L'équation aberrante du temps est en effet celle-ci : communisme = nazisme. Point final.
*
Contre cela, nous affirmons :
1. Que l'œuvre d'Alain Badiou est celle d'un grand philosophe. Ceux qui contesteront ce point devront d'abord en passer par les arcanes de l'Etre et l'Evenement et de Logiques des mondes. Nous verrons alors s'il en reste pour nier ce point, sinon par le ressentiment de n'avoir rien compris.
2. Que les positions politiques d'Alain Badiou, à savoir, d'une part, ses critiques du capitalo-parlementarisme, de la confusion entre la forme vide de la démocratie et sa force vive, du cinéma de la représentation parlementaire ; d'autre part son affirmation d'un « communisme générique », soutenu par l'Idée d'égalité, de Spartacus à aujourd'hui, sont les seules positions qui méritent maintenant le nom de politique authentique .
Le reste, bien installé, béni par tant de structures et d'hommes, et dont la critique vous assimile immédiatement à des loups-garous, à de diaboliques anti-démocrates, n'est que la forme contemporaine d'une idéologie de putois à moitié inconscients de leurs propres effluves : lorsque 9 millions d'hommes et de femmes meurent de faim et de maladie chaque année dans le monde mais que l'on préfère débattre de la main heureuse ou tricheuse du footballeur Henry, lorsqu'on assimile un sans-papier, un arabe ou un noir à un nécessaire délinquant, lorsque l'on fait croire au monde que son problème central se tient dans la terreur d'Al-Quaïda, et que l'on glisse ainsi dans une confusion si stupide qu'elle assimile 1,5 milliards de musulmans, si différents les uns des autres, à un phénomène purement sectaire, lorsque l'on fait d'une exception, la burka, pas plus répugnante que le droit de se teindre les cheveux en rouge, un débat de société central.
Et lorsque l'on cautionne ce fantôme de démocratie qui résulte de nos vieilles institutions et de ses paramètres à géométrie variable, rendant caduque le vote d'un peuple sur l'Europe par un tour de passe-passe à la chambre des députés, et lorsque, tous les jours, on habitue le citoyen à des catégories stupides : les mauvais communistes et les bons démocrates, la bonne Amérique et le mauvais Saddam... Lorsqu'on encense la Révolution française et diabolise la révolution russe. Lorsqu'on divise le peuple pour mieux régner, tandis que d'incroyables flux financiers se font et se défont virtuellement. Lorsqu'on se satisfait, finalement, du monde comme il va... Et que l'on nous fait croire que le possible est impossible.
3. Il vous sera, dès lors, difficile de faire passer Alain Badiou pour un fou solitaire. La réalité est que nous en avons assez de ces mensonges, de la complaisance pour ce système, et que nous ne renoncerons jamais à l'Idée du Communisme. Si problématique fût-elle, cette Idée, si nouveau son mode de réalisation, si critiques que nous puissions être sur l'histoire communiste du siècle passé, si différents sommes-nous dans nos propositions, nous savons une chose : qu'un communisme à réinventer, d'un nouveau genre, indéfini, est le seul avenir de l'homme. Parce qu'il est l'éternelle et seule vérité politique. La seule justice qu'une raison humaine puisse sainement concevoir.
*
Le temps n'est plus, que vous le vouliez ou non, aux mous, prétendus et arrivistes ''nouveaux philosophes'' – mais aux philosophes du renouveau.
Slavoj Zizek, Fabien Tarby, philosophes
avec :
Mehdi Belhaj Kacem, philosophe - Thomas Boisaubert, philosophe - Bruno Bosteels, philosophe, Cornell university, Ithaca – Nada Cabani, écrivain, UK – Carlos Gomez Camarena, psychanalyste, Mexique - Lorenzo Chiesa, philosophe, université de Kent – Roque Farran, psychologue, argentine - Oliver Feltham, philosophe, American university of Paris – Nicolas Floury, psychologue, philosophe – Valentin Husson, philosophe – Franck Jedrzejewki, philosophe - Adrian O Johnston, philosophe, USA – Mauricio Langon, philosophe, urugay – Maurice Matieu, artiste peintre – François Nicolas, compositeur, ami de la philosophie – Leandro Garcia Poyzo, philosophe, argentine – Frank Ruda, philosophe, allemagne – Angelina Uzin Olleros, philosophe, argentine
jueves, 25 de febrero de 2010
el siniestro engranaje del espejo
Voy a transcribir a continuación un breve artículo de Fernanda Trezza que me parece muy claro y certero para entender la condición femenina (comúnmente: de mujeres pero también de hombres). Creo que se puede apreciar aquí la pertinencia de las categorías psicoanalíticas para pensar la singularidad-universal del caso sin que se noten demasiado (sería algo así como un artículo de divulgación científica):
El “no sé qué” de la otra
La idea de este trabajo decantó a partir de un episodio que me hizo notar un hombre: algo que él había visto con cierta sorpresa, en un restaurante de un lugar de veraneo. Una mujer almorzaba con su esposo o pareja y sus dos hijos; todo parecía transcurrir en un clima agradable; reían, conversaban, disfrutaban de sus vacaciones. De pronto llegaron dos mujeres, tal vez un poco más jóvenes que la que almorzaba con su familia, tal vez no. Una de las chicas, como suele suceder en lugares de playa, vestía sólo un pantalón y el corpiño de una malla de dos piezas. Pues bien: la mujer miró a la recién llegada con ojos fulminantes, con una de esas miradas que atraviesan. A partir de ese momento, su cara se transformó; ya no parecía distendida, sino incómoda, tal vez perturbada.
El hombre que contaba la anécdota comentó: “¡Ni que hubiera llegado un minón!”. Sin embargo, algo en la recién llegada había inquietado a la otra: algo que sus ojos vieron como deseable. Entonces, como suelen preguntarse los hombres, como preguntó Freud: ¿qué quiere una mujer? En algún punto, una mujer quiere ser la única. Claro que esto puede tener diferentes vertientes. En algunos casos, puede requerir ser la única entre todas, incluso la única para todos: la más linda, la más inteligente, la más deseada, la más compañera, la más trabajadora... No importa cuál sea el calificativo, suele tratarse de algún aspecto que ha sido destacado por un hombre o mujer de su interés y entonces pasó a ser para ella una virtud.
Es fácil referir esto a mujeres que buscan tener una aprobación masiva o seducir de un modo indiscriminado: mujeres del espectáculo en lucha desenfrenada por ser La diva, la del mejor cuerpo, la mejor; referirlo a mujeres que se sobreexponen en intentos desesperados por llamar la atención de los otros, sea exhibiendo su cuerpo, sea exhibiendo sus hazañas. Pero también se refiere a la mujer que, estando en pareja, sintiéndose amada y deseada por un hombre, de todos modos siente peligrar su lugar, casi su identidad como mujer, si aparece otra que ella pudiera superarla en algún punto; reemplazarla. Ella considera que la otra es muy bella o sexy, que tiene cierto estilo, “... un no sé qué”. Así suele jugarse una especularidad mortal donde la del otro lado (del espejo, si se quiere, ya que se trata de ver en la otra aquello que no se logra atrapar de lo femenino) pasa a ser la única protagonista, la rival, La Mujer. Sólo hay lugar para Una en ese feroz estadio. Una triunfa, la otra es desecho, triste reflejo, burda imitación; como en esos laberintos de espejos donde la figura aparece deformada, grotesca, en el mejor de los casos causando gracia, en el peor causando angustia.
Puede suceder, y sucede con frecuencia, que ambas participantes en este juego de espejos piensen o sientan que la otra es la verdadera, que la otra es la que tiene el encanto de la feminidad. Este encanto puede encarnarse en algún atributo bien definido, pero otras veces aparece como ese “no sé qué” que la otra tiene, un misterio que la hace deseable, portadora del elixir de la feminidad.
Muchas veces la otra mujer, la rival, lo es a partir de que la primera percibió que esa otra genera en los hombres cierto interés: deseo. Incluso, la pretendida damnificada pudo haber visto nada menos que a su pareja mirar con cierto detenimiento a la adversaria. Es algo harto frecuente que esto último desencadene, ipso facto, el siniestro engranaje del espejo.
Esa misma experiencia devastadora, expresada como envidia o celos desmedidos, puede darse sin que entre en escena una mirada masculina; mejor dicho, sin que esté presente la mirada de un hombre en concreto. Es que, de todos modos, hay en juego una mirada masculina, sólo que reside en la mirada de la propia mujer: cuando ella mira a la otra y la considera deseable, rival peligrosa, la está mirando con ojos de hombre. Esta mirada la construye tal como fue construido Frankenstein, con fragmentos: fragmentos de cosas que ella escuchó, vio, percibió, cosas que ciertos hombres deseaban. Estos han de haber sido hombres que influyeron en su vida, aunque de algún modo todos lo son, en la medida en que le dan una pista acerca de qué es aquello que hace deseable o amable –susceptible de ser amada– a una mujer.
Estas pistas pueden transformarse en andamiajes para la construcción de la propia feminidad: funcionar como atributos identificatorios que le permitan ir armando, eligiendo su propia forma de ser mujer. También pueden llevarla a un callejón sin salida, en la medida en que es imposible construir una forma de ser mujer. Ha habido mil encuestas acerca de si los hombres prefieren las rubias o las morochas, las flacas o las más rellenas; los hombres dan sus opiniones, particulares en cada caso, y las mujeres leen, en busca de algo que siempre se les escurre. Siempre habrá algo que quedará afuera, algo que se perderá; no se puede ser rubia y morocha a la vez. Y tal vez el misterio, o el encanto de la feminidad, se vincule con ese poder hacer algo con lo que no hay; con esa definición que no hay.
Por otro lado, una mujer puede lograr ser la única para un hombre, de una forma que sea para ella estabilizadora, no devastadora: sentirse amada y deseada por ese hombre y que la particularidad de esos sentimientos la ubique a ella en un lugar especial, el que le permita soltarse, ir más allá de los límites de su cuerpo en la intimidad; sentir una seguridad tal que su ser de mujer no se vea amenazado si, por ejemplo, el hombre con el que está mira a otra. Tal condición depende de que un hombre pueda conjugar el amor y el deseo sexual en una mujer de un modo singular, pero también de que esa mujer pueda encarnar ese lugar, sin pretender ya una “verdadera” feminidad que estará siempre a la vuelta de la esquina.
Este es uno de los aspectos que caracterizan a la histeria: su dificultad en el acceso a la feminidad o, si se quiere, a lo que de vacío hay en la feminidad, a lo sin respuesta ni definición de la feminidad. La posición histérica es la que se ubica, en el espejo, del lado del menoscabado, para sostener así que hay un lado completo, sin rajaduras, al que podría llegar en algún momento si sigue el camino indicado, las pistas correctas. Es claro que, tratando de alcanzar este imposible, puede írsele la vida. Pero lo mismo vale para la posición que cree ser el lado bueno del espejo, que cree encarnar la completud, La mujer: porque, en cuanto aparece la mínima fisura –y siempre aparece–, todo se desmorona. Muchas mujeres hacen lo imposible por tapar las fisuras, entregadas al sacrificio de sostener una ilusoria completud. Se trata de dos caras de una misma moneda: pretender el todo tiene como contracara la nada. El todo mismo, en tanto no existe, es una nada. Así, una misma mujer puede encontrarse aleatoriamente de uno o del otro lado del espejo, y ambos lados quedan alienados en una imagen fantasmal, lejana, en un goce especular más o menos tortuoso.
Puede ser muy dificultoso salirse del juego de espejos con otras mujeres, de la trama de la envidia, de las miradas de rayos X. En todo esto hay una atracción que no se resigna fácilmente. Es sabido que a menudo las mujeres “se arreglan” para otras mujeres. Pueden estar más interesadas en fascinar a otras mujeres que a hombres. En la medida en que una mujer esté muy tomada por este juego de rivalidad y atracción con otras, en la medida en que gran parte de su goce se juegue allí, su acceso al lugar de única para un hombre será más dificultoso; más difícil le será drenar ahí su misterio de mujer y buena parte de su goce, ya no sólo el goce producto de su imagen sino el otro, aquel que, cuando una mujer cierra los ojos, puede brotar como un manantial.
(Aquí otro artículo de la autora: http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=11531 )
El “no sé qué” de la otra
La idea de este trabajo decantó a partir de un episodio que me hizo notar un hombre: algo que él había visto con cierta sorpresa, en un restaurante de un lugar de veraneo. Una mujer almorzaba con su esposo o pareja y sus dos hijos; todo parecía transcurrir en un clima agradable; reían, conversaban, disfrutaban de sus vacaciones. De pronto llegaron dos mujeres, tal vez un poco más jóvenes que la que almorzaba con su familia, tal vez no. Una de las chicas, como suele suceder en lugares de playa, vestía sólo un pantalón y el corpiño de una malla de dos piezas. Pues bien: la mujer miró a la recién llegada con ojos fulminantes, con una de esas miradas que atraviesan. A partir de ese momento, su cara se transformó; ya no parecía distendida, sino incómoda, tal vez perturbada.
El hombre que contaba la anécdota comentó: “¡Ni que hubiera llegado un minón!”. Sin embargo, algo en la recién llegada había inquietado a la otra: algo que sus ojos vieron como deseable. Entonces, como suelen preguntarse los hombres, como preguntó Freud: ¿qué quiere una mujer? En algún punto, una mujer quiere ser la única. Claro que esto puede tener diferentes vertientes. En algunos casos, puede requerir ser la única entre todas, incluso la única para todos: la más linda, la más inteligente, la más deseada, la más compañera, la más trabajadora... No importa cuál sea el calificativo, suele tratarse de algún aspecto que ha sido destacado por un hombre o mujer de su interés y entonces pasó a ser para ella una virtud.
Es fácil referir esto a mujeres que buscan tener una aprobación masiva o seducir de un modo indiscriminado: mujeres del espectáculo en lucha desenfrenada por ser La diva, la del mejor cuerpo, la mejor; referirlo a mujeres que se sobreexponen en intentos desesperados por llamar la atención de los otros, sea exhibiendo su cuerpo, sea exhibiendo sus hazañas. Pero también se refiere a la mujer que, estando en pareja, sintiéndose amada y deseada por un hombre, de todos modos siente peligrar su lugar, casi su identidad como mujer, si aparece otra que ella pudiera superarla en algún punto; reemplazarla. Ella considera que la otra es muy bella o sexy, que tiene cierto estilo, “... un no sé qué”. Así suele jugarse una especularidad mortal donde la del otro lado (del espejo, si se quiere, ya que se trata de ver en la otra aquello que no se logra atrapar de lo femenino) pasa a ser la única protagonista, la rival, La Mujer. Sólo hay lugar para Una en ese feroz estadio. Una triunfa, la otra es desecho, triste reflejo, burda imitación; como en esos laberintos de espejos donde la figura aparece deformada, grotesca, en el mejor de los casos causando gracia, en el peor causando angustia.
Puede suceder, y sucede con frecuencia, que ambas participantes en este juego de espejos piensen o sientan que la otra es la verdadera, que la otra es la que tiene el encanto de la feminidad. Este encanto puede encarnarse en algún atributo bien definido, pero otras veces aparece como ese “no sé qué” que la otra tiene, un misterio que la hace deseable, portadora del elixir de la feminidad.
Muchas veces la otra mujer, la rival, lo es a partir de que la primera percibió que esa otra genera en los hombres cierto interés: deseo. Incluso, la pretendida damnificada pudo haber visto nada menos que a su pareja mirar con cierto detenimiento a la adversaria. Es algo harto frecuente que esto último desencadene, ipso facto, el siniestro engranaje del espejo.
Esa misma experiencia devastadora, expresada como envidia o celos desmedidos, puede darse sin que entre en escena una mirada masculina; mejor dicho, sin que esté presente la mirada de un hombre en concreto. Es que, de todos modos, hay en juego una mirada masculina, sólo que reside en la mirada de la propia mujer: cuando ella mira a la otra y la considera deseable, rival peligrosa, la está mirando con ojos de hombre. Esta mirada la construye tal como fue construido Frankenstein, con fragmentos: fragmentos de cosas que ella escuchó, vio, percibió, cosas que ciertos hombres deseaban. Estos han de haber sido hombres que influyeron en su vida, aunque de algún modo todos lo son, en la medida en que le dan una pista acerca de qué es aquello que hace deseable o amable –susceptible de ser amada– a una mujer.
Estas pistas pueden transformarse en andamiajes para la construcción de la propia feminidad: funcionar como atributos identificatorios que le permitan ir armando, eligiendo su propia forma de ser mujer. También pueden llevarla a un callejón sin salida, en la medida en que es imposible construir una forma de ser mujer. Ha habido mil encuestas acerca de si los hombres prefieren las rubias o las morochas, las flacas o las más rellenas; los hombres dan sus opiniones, particulares en cada caso, y las mujeres leen, en busca de algo que siempre se les escurre. Siempre habrá algo que quedará afuera, algo que se perderá; no se puede ser rubia y morocha a la vez. Y tal vez el misterio, o el encanto de la feminidad, se vincule con ese poder hacer algo con lo que no hay; con esa definición que no hay.
Por otro lado, una mujer puede lograr ser la única para un hombre, de una forma que sea para ella estabilizadora, no devastadora: sentirse amada y deseada por ese hombre y que la particularidad de esos sentimientos la ubique a ella en un lugar especial, el que le permita soltarse, ir más allá de los límites de su cuerpo en la intimidad; sentir una seguridad tal que su ser de mujer no se vea amenazado si, por ejemplo, el hombre con el que está mira a otra. Tal condición depende de que un hombre pueda conjugar el amor y el deseo sexual en una mujer de un modo singular, pero también de que esa mujer pueda encarnar ese lugar, sin pretender ya una “verdadera” feminidad que estará siempre a la vuelta de la esquina.
Este es uno de los aspectos que caracterizan a la histeria: su dificultad en el acceso a la feminidad o, si se quiere, a lo que de vacío hay en la feminidad, a lo sin respuesta ni definición de la feminidad. La posición histérica es la que se ubica, en el espejo, del lado del menoscabado, para sostener así que hay un lado completo, sin rajaduras, al que podría llegar en algún momento si sigue el camino indicado, las pistas correctas. Es claro que, tratando de alcanzar este imposible, puede írsele la vida. Pero lo mismo vale para la posición que cree ser el lado bueno del espejo, que cree encarnar la completud, La mujer: porque, en cuanto aparece la mínima fisura –y siempre aparece–, todo se desmorona. Muchas mujeres hacen lo imposible por tapar las fisuras, entregadas al sacrificio de sostener una ilusoria completud. Se trata de dos caras de una misma moneda: pretender el todo tiene como contracara la nada. El todo mismo, en tanto no existe, es una nada. Así, una misma mujer puede encontrarse aleatoriamente de uno o del otro lado del espejo, y ambos lados quedan alienados en una imagen fantasmal, lejana, en un goce especular más o menos tortuoso.
Puede ser muy dificultoso salirse del juego de espejos con otras mujeres, de la trama de la envidia, de las miradas de rayos X. En todo esto hay una atracción que no se resigna fácilmente. Es sabido que a menudo las mujeres “se arreglan” para otras mujeres. Pueden estar más interesadas en fascinar a otras mujeres que a hombres. En la medida en que una mujer esté muy tomada por este juego de rivalidad y atracción con otras, en la medida en que gran parte de su goce se juegue allí, su acceso al lugar de única para un hombre será más dificultoso; más difícil le será drenar ahí su misterio de mujer y buena parte de su goce, ya no sólo el goce producto de su imagen sino el otro, aquel que, cuando una mujer cierra los ojos, puede brotar como un manantial.
(Aquí otro artículo de la autora: http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=11531 )
martes, 23 de febrero de 2010
De la trama
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Es conocida esta pieza perteneciente al último movimiento del poema borgeano sobre el ajedrez. A mí la parte final es la que más me gusta "...de polvo y tiempo y sueño y agonías"; esas "y" repetidas que muestran como cierta distensión de las elucubraciones metafísicas antecedentes. Es conocido también, aunque quizás menos, el sintagma lacaniano "No hay Otro del Otro", y sus equivalentes "No hay metalenguaje", "No hay relación sexual". Pero ¿dónde empezó la trama?, y principalmente ¿dónde se dió vuelta para empezar a contarse -entrelíneas-?. No hay dios detrás de dios, o como dice el materialista-ateo Spinoza: dios es más bien la única sustancia. De ahí en más todo es atributos y modificaciones, torsiones y pliegues sobre la trama misma del lenguaje (el mismo poema de Borges es una muestra material de ello). También, por supuesto, las elaboraciones conceptuales badiouanas que diferencian por ejemplo meras "modificaciones" de verdaderos "acontecimientos" según la intensidad de la torsión y sobre todo de sus consecuencias. No hay Otro del Otro quiere decir también que el sujeto se constituye sobre una trama que se encuentra desde siempre allí, pero que es además recompuesta cada tanto mediante cortes y suturas (tejida y destejida): poemas, políticas, axiomas, etcéteras. No hay dios detrás de dios quiere decir que nada nos impide inventar con los materiales significantes dispuestos en la trama; ningún guardián de las puertas de la Ley nos detendrá el paso (pas) si no le preguntamos cobardemente lo que suponemos debería saber (si dejamos de suponer detrases). Escribir poemas, entonces, como tantas otras formas de afirmar el No (pas). No hay origen. O el origen es el acto de corte y sutura sobre la trama. O el dios detrás de dios es la pieza que cada vez recomienza: em-pieza -por tomar el hilo-. Y así.
Para finalizar cito las palabras que encontré luego -a veces me pasa- de un amigo lúcido.
"La metáfora textil es común a Spinoza y a Marx. El primero no deja de hablar de conexiones de cosas e ideas que traman el orden de un mundo sin kosmos. Marx, por su parte, permanentemente utiliza la figura del hilado. Como si el trabajador hilvanara la historia que, al mismo tiempo, teje su destino. Sin embargo, ambos pensadores no dejan de advertir de los peligros y consecuencias para la libertad de un poder que trabaja puntuando los nudos, cristlizándolos en identidades; enlazando el sentido de la historia que se escribe al nudo de un sentido dado. (cursivas mías)
"La conexión es la praxis del cuerpo; la praxis es el alma del cuerpo."
"Soledad y política. Bien podría la política recubrir la soledad con el lienzo del mito y anudarla con el lazo de la identidad. Bien podría, por el contrario, desplegar su sonoridad -soledad que hace eco- a través del reparto sin fin de las voces." (Carlos Casanova en el compilado "Política y soledad". Se puede ver de manera incompleta haciendo click en el título de esta entrada, p.394)
Resuena con algunas cosas dichas por aquí. Y otra más de J.L, Nancy:
“Política de nudos, de anudamientos singulares, de cada uno en tanto anudamiento, en tanto que relevo y relanzamiento del anudamiento y de cada nudo en tanto uno (pueblo, país, persona, etc.), pero un uno que no es uno más que según el encadenamiento: ni el 'uno' de una sustancia, ni el uno de un puro conteo distributivo. ¿En qué consiste un nudo?, ¿cuál es su unicidad, cuál es su unidad?, ¿cuál es su modo de ipseidad?, o bien, ¿en qué cosa toda ipseidad es ella misma, un nudo, una nudosidad?; ¿qué pasaría si en la comparación platónica del arte de lo político con el arte del tejedor ya no se considerara más el tejido en cuanto segundo, en cuanto sobreviniendo a un material dado, sino en cuanto primero, y en cuanto él mismo formador de la res?, o aun, y para retomar un término que ya he utilizado, ¿qué pasaría si se considerara que nuestra comparecencia precede toda 'aparición'?” (J.-L. Nancy, El sentido del mundo, p. 95)
Nos com-parecemos, diré, cuando hallamos puntos de cruce alternados.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Es conocida esta pieza perteneciente al último movimiento del poema borgeano sobre el ajedrez. A mí la parte final es la que más me gusta "...de polvo y tiempo y sueño y agonías"; esas "y" repetidas que muestran como cierta distensión de las elucubraciones metafísicas antecedentes. Es conocido también, aunque quizás menos, el sintagma lacaniano "No hay Otro del Otro", y sus equivalentes "No hay metalenguaje", "No hay relación sexual". Pero ¿dónde empezó la trama?, y principalmente ¿dónde se dió vuelta para empezar a contarse -entrelíneas-?. No hay dios detrás de dios, o como dice el materialista-ateo Spinoza: dios es más bien la única sustancia. De ahí en más todo es atributos y modificaciones, torsiones y pliegues sobre la trama misma del lenguaje (el mismo poema de Borges es una muestra material de ello). También, por supuesto, las elaboraciones conceptuales badiouanas que diferencian por ejemplo meras "modificaciones" de verdaderos "acontecimientos" según la intensidad de la torsión y sobre todo de sus consecuencias. No hay Otro del Otro quiere decir también que el sujeto se constituye sobre una trama que se encuentra desde siempre allí, pero que es además recompuesta cada tanto mediante cortes y suturas (tejida y destejida): poemas, políticas, axiomas, etcéteras. No hay dios detrás de dios quiere decir que nada nos impide inventar con los materiales significantes dispuestos en la trama; ningún guardián de las puertas de la Ley nos detendrá el paso (pas) si no le preguntamos cobardemente lo que suponemos debería saber (si dejamos de suponer detrases). Escribir poemas, entonces, como tantas otras formas de afirmar el No (pas). No hay origen. O el origen es el acto de corte y sutura sobre la trama. O el dios detrás de dios es la pieza que cada vez recomienza: em-pieza -por tomar el hilo-. Y así.
Para finalizar cito las palabras que encontré luego -a veces me pasa- de un amigo lúcido.
"La metáfora textil es común a Spinoza y a Marx. El primero no deja de hablar de conexiones de cosas e ideas que traman el orden de un mundo sin kosmos. Marx, por su parte, permanentemente utiliza la figura del hilado. Como si el trabajador hilvanara la historia que, al mismo tiempo, teje su destino. Sin embargo, ambos pensadores no dejan de advertir de los peligros y consecuencias para la libertad de un poder que trabaja puntuando los nudos, cristlizándolos en identidades; enlazando el sentido de la historia que se escribe al nudo de un sentido dado. (cursivas mías)
"La conexión es la praxis del cuerpo; la praxis es el alma del cuerpo."
"Soledad y política. Bien podría la política recubrir la soledad con el lienzo del mito y anudarla con el lazo de la identidad. Bien podría, por el contrario, desplegar su sonoridad -soledad que hace eco- a través del reparto sin fin de las voces." (Carlos Casanova en el compilado "Política y soledad". Se puede ver de manera incompleta haciendo click en el título de esta entrada, p.394)
Resuena con algunas cosas dichas por aquí. Y otra más de J.L, Nancy:
“Política de nudos, de anudamientos singulares, de cada uno en tanto anudamiento, en tanto que relevo y relanzamiento del anudamiento y de cada nudo en tanto uno (pueblo, país, persona, etc.), pero un uno que no es uno más que según el encadenamiento: ni el 'uno' de una sustancia, ni el uno de un puro conteo distributivo. ¿En qué consiste un nudo?, ¿cuál es su unicidad, cuál es su unidad?, ¿cuál es su modo de ipseidad?, o bien, ¿en qué cosa toda ipseidad es ella misma, un nudo, una nudosidad?; ¿qué pasaría si en la comparación platónica del arte de lo político con el arte del tejedor ya no se considerara más el tejido en cuanto segundo, en cuanto sobreviniendo a un material dado, sino en cuanto primero, y en cuanto él mismo formador de la res?, o aun, y para retomar un término que ya he utilizado, ¿qué pasaría si se considerara que nuestra comparecencia precede toda 'aparición'?” (J.-L. Nancy, El sentido del mundo, p. 95)
Nos com-parecemos, diré, cuando hallamos puntos de cruce alternados.
jueves, 11 de febrero de 2010
Ideología y neurosis
Coincido con Sauval en este diagnóstico de situación:
"Lo público se reduce a una pantalla donde no proyectamos otra cosa más que preocupaciones privadas, confesiones de secretos e intimidades. A diferencia del fantasma que atemorizaba a Orwell en su novela 1984, de que lo público invada y anule lo privado, en la modernidad actual nos encontramos con un fenómeno contrario, donde lo privado ha colonizado todo lo público. En la medida en que desaparece el campo de las explicaciones, lo único que pulula son los fenómenos de espejo, es decir, los reality show. Todos buscamos "ver" en un "ejemplo", la forma de realizar nuestras ambiciones, la solución a nuestros problemas. En vez de buscar entender, por la vía de explicaciones racionales, lo que buscamos es una imagen donde poder hipostasiar nuestro ser, la imagen de un ejemplo."
Es algo cotidiano; uno se encuentra todos los días con ese tipo de proyecciones imaginarias sobre el orden de las causas (de hecho eso hace la ideología: invierte especularmente), sobre todo en materia política que es algo tan "opinable" en estos páramos (que si "doble comando", que si la ropa, que tal tic, que viste, etc.)
Continúa MS:
"Todo esto pone de relieve la afinidad de la ideología imperante con la estructura de la neurosis. Pues, si hay algo que no soporta el neurótico, es el orden de su determinación, en tanto objeto causa del deseo del Otro. Y si algo enseña el análisis - lo mismo que la historia - es que no puedo acceder a otro margen de libertad que el que resulte de esa asunción de mis determinaciones. Negarlas no produce otra cosa más que su confirmación y consolidación. Soy tanto más esclavo de mis determinaciones cuanto más las niego. Y a nivel social, la ideología posmoderna promueve este tipo de rechazo, y en tanto tal, nos sumerge en las peores esclavitudes." (Michel Sauval en http://www.sauval.com/articulos/liquido.htm)
Si bien se puede tornar algo dificil de entender esta extraña combinación de determinación significante (mandatos, imperativos) y goce pulsional (satisfacción en la servidumbre), darle vuelta a la trama ontológico-política de la cual cada uno es parte tejida no es asunto de mera información ni de saber recolectado (por eso no comulgo con lo de las explicaciones pedagógicas sino con la producción de conceptos); hay en cambio acontecimientos en la vida de cada quien que habilitan esos pasajes e inversiones; hay que propiciarlos también y, sobre todo, hay que implicarse en ellos.
Uno está tentado -como le gusta decir a Zizek- de sumar a Hegel en esta coyuntura: pues se trataría entonces de negar la negación en vez de quedarse obstinadamente en la negación simple o el rechazo propio del "alma bella". El asunto es que hoy cualquier operación de pase o escritura que corte e invierta la estructura no puede sostenerse bajo ningún fantasma de totalidad -de sentido-; por eso el nudo borromeo nos da una idea aproximada del modo de articulación que suspende el deslizamiento significante y a la par no significa nada en sí mismo, sin dejarnos por ello en la dispersión (ni particularismo ni totalitarismo, articulación en la contingencia). Se sostiene en la alternancia de sus términos o no.
"Lo público se reduce a una pantalla donde no proyectamos otra cosa más que preocupaciones privadas, confesiones de secretos e intimidades. A diferencia del fantasma que atemorizaba a Orwell en su novela 1984, de que lo público invada y anule lo privado, en la modernidad actual nos encontramos con un fenómeno contrario, donde lo privado ha colonizado todo lo público. En la medida en que desaparece el campo de las explicaciones, lo único que pulula son los fenómenos de espejo, es decir, los reality show. Todos buscamos "ver" en un "ejemplo", la forma de realizar nuestras ambiciones, la solución a nuestros problemas. En vez de buscar entender, por la vía de explicaciones racionales, lo que buscamos es una imagen donde poder hipostasiar nuestro ser, la imagen de un ejemplo."
Es algo cotidiano; uno se encuentra todos los días con ese tipo de proyecciones imaginarias sobre el orden de las causas (de hecho eso hace la ideología: invierte especularmente), sobre todo en materia política que es algo tan "opinable" en estos páramos (que si "doble comando", que si la ropa, que tal tic, que viste, etc.)
Continúa MS:
"Todo esto pone de relieve la afinidad de la ideología imperante con la estructura de la neurosis. Pues, si hay algo que no soporta el neurótico, es el orden de su determinación, en tanto objeto causa del deseo del Otro. Y si algo enseña el análisis - lo mismo que la historia - es que no puedo acceder a otro margen de libertad que el que resulte de esa asunción de mis determinaciones. Negarlas no produce otra cosa más que su confirmación y consolidación. Soy tanto más esclavo de mis determinaciones cuanto más las niego. Y a nivel social, la ideología posmoderna promueve este tipo de rechazo, y en tanto tal, nos sumerge en las peores esclavitudes." (Michel Sauval en http://www.sauval.com/articulos/liquido.htm)
Si bien se puede tornar algo dificil de entender esta extraña combinación de determinación significante (mandatos, imperativos) y goce pulsional (satisfacción en la servidumbre), darle vuelta a la trama ontológico-política de la cual cada uno es parte tejida no es asunto de mera información ni de saber recolectado (por eso no comulgo con lo de las explicaciones pedagógicas sino con la producción de conceptos); hay en cambio acontecimientos en la vida de cada quien que habilitan esos pasajes e inversiones; hay que propiciarlos también y, sobre todo, hay que implicarse en ellos.
Uno está tentado -como le gusta decir a Zizek- de sumar a Hegel en esta coyuntura: pues se trataría entonces de negar la negación en vez de quedarse obstinadamente en la negación simple o el rechazo propio del "alma bella". El asunto es que hoy cualquier operación de pase o escritura que corte e invierta la estructura no puede sostenerse bajo ningún fantasma de totalidad -de sentido-; por eso el nudo borromeo nos da una idea aproximada del modo de articulación que suspende el deslizamiento significante y a la par no significa nada en sí mismo, sin dejarnos por ello en la dispersión (ni particularismo ni totalitarismo, articulación en la contingencia). Se sostiene en la alternancia de sus términos o no.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Sobre la amistad
"Es esencial, en todo caso, que la comunidad humana sea definida aquí, con respecto a la animal, a través de un convivir (syzên adquiere aquí un significado técnico) que no está definido por la participación en una sustancia común, sino por un compartir puramente existencial y, por así decir, sin objeto: la amistad como con-sentimiento del puro hecho de ser." (La amistad, Giorgio Agamben)
Dejar ser al ser, diría Heiddeger; eso sería "consentir" sin el trazo de unión, pero si introducimos esa breve escansión/separación es, además, "sentir con" el otro el puro acontecimiento -forzaría aquí- de ser. Más acá o allá de cualquier utilidad o placer, se trata de la amistad virtuosa en el punto mismo de cesación de toda determinación expectante del otro, de toda predicación o atributo: sea-cual-sea (quodlibet), sea en su singularidad; se es, así, con el otro.
Así lo dice Agamben en su Comunidad que viene (prestar especial atención al deseo): "El ser que viene es el ser cualsea. En la enumeración escolástica de los trascendentales (quodlibet ens est unum, verum, bonum seu perfectum, cualquiera ente es uno, verdadero, bueno o perfecto), el término que condiciona el significado de todos los demás, a pesar de quedar él mismo impensado en cada caso, es el adjetivo quodlibet. La traducción habitual en el sentido de «no importa cuál, indiferentemente» es desde luego correcta, pero formalmente dice justo lo contrario del latín: quodlibet ens no es «el ser, no importa cuál», sino «el ser tal que, sea cual sea, importa»; este término contiene ya desde siempre un reenvío a la voluntad (libet): el ser cualse-quiera está en relación original con el deseo."
Dejar ser al ser, diría Heiddeger; eso sería "consentir" sin el trazo de unión, pero si introducimos esa breve escansión/separación es, además, "sentir con" el otro el puro acontecimiento -forzaría aquí- de ser. Más acá o allá de cualquier utilidad o placer, se trata de la amistad virtuosa en el punto mismo de cesación de toda determinación expectante del otro, de toda predicación o atributo: sea-cual-sea (quodlibet), sea en su singularidad; se es, así, con el otro.
Así lo dice Agamben en su Comunidad que viene (prestar especial atención al deseo): "El ser que viene es el ser cualsea. En la enumeración escolástica de los trascendentales (quodlibet ens est unum, verum, bonum seu perfectum, cualquiera ente es uno, verdadero, bueno o perfecto), el término que condiciona el significado de todos los demás, a pesar de quedar él mismo impensado en cada caso, es el adjetivo quodlibet. La traducción habitual en el sentido de «no importa cuál, indiferentemente» es desde luego correcta, pero formalmente dice justo lo contrario del latín: quodlibet ens no es «el ser, no importa cuál», sino «el ser tal que, sea cual sea, importa»; este término contiene ya desde siempre un reenvío a la voluntad (libet): el ser cualse-quiera está en relación original con el deseo."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)