Me gustaría dejar constancia, en este minúsculo espacio de escritura, de un debate que ha tenido lugar apenas, debido en parte al oportunismo mediocre de los medios. Me refiero al debate sobre literatura y política que esbozó Horacio González en torno a Vargas Llosa. Transcribo aquí el texto que mejor ha condensado, desde mi punto de vista, el asunto: cómo la lengua misma se teje de la ideología política (no hace falta suponer ninguna intencionalidad).
La feria de Vargas
OPINION
Por Américo Cristófalo *
“La ciudad no hablaba de otra cosa.”
Vargas Llosa, El sueño del celta
La polémica de estos días acerca de Vargas Llosa –la invitación que le concede la Fundación El Libro para abrir la Feria de Buenos Aires, y las dos cartas de Horacio González– puso en escena una serie de supuestos acerca de lo que es posible decir, qué actores y en calidad de qué lo dicen, cuándo decirlo, y la oportunidad política de hacerlo. Supuestos de compleja elucidación y que merecen alguna mesura mayor, pronunciamientos más serenos, un lenguaje más sutil para el tratamiento de las categorías en disputa: censura, libre expresión, literatura y política, etc. Pero hay dos presunciones que han tomado la apariencia de verdades universales. La primera se refiere al carácter “indiscutido” de Vargas Llosa en cuanto escritor, independientemente de sus opiniones; se lo ha llamado “gran maestro” de la novela, se invoca el consenso del Premio Nobel, se habla de su “inmensa erudición”, se juzga eminente su obra... en fin, se pone a Vargas en la cima de la literatura contemporánea en lengua española. La segunda presunción establece que las instituciones públicas no deben ni pueden pronunciarse acerca de lo que en el terreno del libro hacen o deshacen las fundaciones privadas, el mercado y la industria cultural; se considera peligroso y aun aberrante que una institución del Estado abra y promueva un debate en este sentido, se recurre al típico prejuicio liberal, por otra parte propio de propagandistas y agentes como el Nobel implicado, que de entrada cierra toda alternativa de discusión alrededor de un sector simbólicamente sensible de la producción y las prácticas culturales, y se estima que el Estado no tiene nada que hacer ni decir acerca de ellas.
Por razones que no sería pertinente delimitar aquí, algo –llamémoslo provisoriamente deseo– comprende la distinción entre novela estándar y novela, probablemente porque la novela moderna buscó desde siempre la negación de la novela. Esta cualidad negativa fue uno de sus rasgos fuertes hasta aproximadamente la década del ‘80. Hablo de la potencia que dio lugar a Ulises, a Molloy, a las sagas faulknerianas, por citar momentos clásicos, o entre nosotros novelas como, Cuerpo a cuerpo, de David Viñas o El amhor, los orsinis y la muerte, de Néstor Sánchez, o La experiencia de la vida, de Leónidas Lamborghini. El debate hasta aquí viene excluyendo con todo cuidado lo que se revela en la política de las formas. Se define al ex candidato como escritor de derecha porque opina y propaga argumentos tópicos de la derecha política. A mi modo de ver, Vargas es un escritor de derecha porque ha sabido interpretar y cumplir con evidente docilidad, libre sometimiento y sentido de ocasión, el giro general que a partir de los años ’80 se recomendó aplicar y se recomienda seguir aplicando desde los grandes consorcios editoriales. Pasado el suspiro verde-continental del boom, para superar 20 mil ejemplares había que acomodarse al conjunto de normas de la industria editorial, tardíamente alcanzada por conocidos y quizás inevitables movimientos de concentración, bancarización y virtualización financiera, movimientos que dieron paso a la moneda universal única de la novela, el mismo relato escrito una y otra vez en Tokio, Londres, Buenos Aires o Lima, con variantes de ingenio, mayor o menor competencia técnica y en lenguas llamadas neutras. Un lenguaje de novela que no tenía el alcance que llegó ahora a tener cuando Barral era todavía el señor Carlos Barral, y Gallimard el señor Gastón Gallimard, y los dueños del negocio no eran fondos de inversión que apresuran resultados a Prisa. Es al menos ingenuo pensar que los grandes procesos de monopolización editorial se limitaron a cambiar la forma y fachada del negocio. Tuvieron y tienen una incidencia no del todo entendida, asumida irracional o deliberadamente, sobre las elecciones formales, los procedimientos técnicos y la ideología literaria. El malentendido es fenomenal. Vargas es un escritor de la derecha porque opina lo que opina y porque en correlato habla plácidamente la lengua mitológica, oscura y redundante de las fórmulas salvajes que impuso la industria cultural. Escrituras como las de Viñas o Lamborghini (ver Tartabul, 2006; ver Trento, 2003) persistieron en cambio y a través de la novela sobre tonos dramáticos, satíricos y desmitificadores de la cultura. No está de más agregar al debate que Vargas, su premiado trabajo de novelista, responde al llamado celestial del mercado y que ese llamado es un mandato acerca del buen hacer narrativo: claridad y sucesividad de trama, personajes consistentes, equilibrio, intriga, peripecias ocurrentes, enciclopedismo histórico, psicología, destreza de voces, etc. El conjunto de apreciaciones que domina la correcta literatura con agregados de color existencial, altisonancias culturales, alardes profundos, aburrimiento insípido, frases solemnes y empalagosas. Cartón lleno.
Por la vía de las comparaciones y semejanzas se escucha insistentemente en estos días, y como réplica a la discreta sugerencia de Horacio González, llevada al paroxismo de la sordera y la deformación: “¿Y qué hubieras hecho si la inauguración de la Feria se la daban a Borges?”. Refiero la ligera comparación “ideológica” entre Borges y Vargas, definidos según se dice por una común costumbre conservadora. Dicho muy rápidamente, Borges permaneció en la lengua Borges, permaneció irónicamente exterior a la lengua del espectáculo. Habló una lengua acriollada, una lengua reminiscente, que se estimó elegante en la elusión o la cita estereotipada de tonos plebeyos, una lengua que se presentó según linajes argentinos, una lengua escrita sobre una superficie muy delgada, que quiso arrogarse una vaga hazaña incorpórea. Esa lengua tan reconocible y problemática para lectores argentinos, objeto discutible para el oído puesto en otros lenguajes argentinos, no está sin embargo arraigada en la difusión contemporánea de las reglas y ritmos de la industria editorial. Vargas Llosa, según esta somera hipótesis, se movió en el sentido de la nueva derecha cultural, se inclinó a su lengua, la propagó tanto en su catálogo de opiniones como en su obra de narrador. Y para un lector atentísimo a los matices, a las implicancias políticas de la lengua y las paradojas borgeanas como Horacio González, imagino, o mejor, tengo la certeza de que esta comparación debe resonarle como uno más de los muchos absurdos que inesperadamente se pusieron en marcha esta semana.
El segundo supuesto, la idea de que las instituciones públicas no deben opinar, ni ejercer ninguna tarea crítica respecto de las iniciativas privadas, define un tejido político, una ciudad –mal que le pese al seudoliberalismo contemporáneo– muy escasamente republicana. El estado de derecho no se define sólo por el monopolio de la fuerza, por la sujeción a la ley o el cumplimiento de las obligaciones y garantías civiles; es también, como se sabe, un dispositivo de mediación en la conflictividad social. La industria de la cultura no es un bloque homogéneo, está compuesta por una multiplicidad de actores e intereses enfrentados. Y la Feria del Libro es un objeto cultural de la misma naturaleza que los medios de comunicación. Un objeto de masas. Uno o dos grupos de empresas editoriales, empresas de composición financiera de capital, empresas que controlan y obtienen los mejores precios de insumos, capaces de grandes programas de marketing, empresas asociadas a gigantescas cadenas de distribución nacional e internacional, empresas que representan el 5 por ciento de las casas de edición que funcionan en el país y que dominan cerca del 80 por ciento del mercado, esas empresas que convierten a Majul en escritor y lo llevan a altísimos niveles de venta, esas empresas, de las que el conferencista Vargas es socio y amigo, las mismas que rigen pautas y consensos formales acerca de lo que debe ser una novela, son las que lo proponen y promueven junto con oscuras asociaciones y fundaciones emparentadas con la escuela de Chicago y con los amigos hollywoodenses del rifle. ¿Por qué no habrían de expresarse acerca de esta realidad las instituciones públicas, universidades, bibliotecas, secretarías y subsecretarías que están en relación con la vida cultural? ¿Por qué no habrían de expresarse críticamente los intelectuales argentinos o aun las empresas, los escritores y artistas que padecen las brutales asimetrías del sector?
Cristina Fernández interpretó con toda eficacia el tenor del debate, y desde su investidura puso sin ningún género de duda que en ningún caso se trata de impedir al señor Vargas (a pesar de sus conocidos desvaríos acerca del carácter del gobierno argentino, de los argentinos y del clima en el que estamos) que nos deleite e instruya con su conferencia inaugural. Entiendo sin embargo que este no fue un modo de clausurar el debate, sino más bien un modo de inspirarlo y extenderlo. Si este episodio quedara en la mera anécdota –como escuchamos decir sistemáticamente en los medios de comunicación y por boca del propio Vargas– de que un “pequeño grupo” de intelectuales “vetó” su palabra sacerdotal, se habría empobrecido y disuelto el interés real que representa y que apunta a una reflexión seria a propósito del estado de la cultura, de sus industrias y de las políticas culturales. ¿No es este momento argentino un momento propicio para dar con intensidad los debates que, comparables con las discusiones sobre ley de medios, pongan foco sobre cuestiones de primer orden como la democratización de la palabra, el libro, la educación literaria, los usos de la lengua?
Dos palabras más acerca del furor comparativo que se ha despertado. Abel Posse, por ejemplo, argumenta en televisión en el sentido de que los dichos “provocadores” de un escritor no deben alarmar, y que la provocación de Vargas es comparable a las de Flaubert o Baudelaire. Si la comparación con Borges no resiste discusión, esta otra resulta una enormidad disparatada. Flaubert o Baudelaire, dos casos bien conocidos de desprecio de la moral dominante, señor Posse. Usted y muchos, aunque difieran de usted, no entienden que Vargas está rendido al discurso difuso o uniforme de la mercancía espectacular; acoto que no es alarma lo que ocasiona, sino más bien, y en el terreno de las emociones primarias, otra que educadamente declino nombrar. Son frágiles y huidizas las acciones, pero diremos que el teatro de Vargas presenta al profesional correcto, en su círculo acumulativo, en su régimen de conservación, que nada tiene eso que ver con las distancias flaubertianas, con la invención idiomática de Borges, con el derroche baudelairiano. Ni tampoco con el riesgo de escritor que ha asumido Horacio González, del mismo modo: en sus declaraciones públicas como en sus libros y artículos, como en su extraordinario trabajo al frente de la Biblioteca Nacional. La literatura se hace siempre con la vida, señor Posse. Diremos algunas obviedades más para terminar: que la prohibición legal que pesó sobre Las Flores del Mal se levantó en Francia casi un siglo después de su primera y condenada edición. Que ese libro cambió el destino de la lengua poética, que Bouvard y Pécuchet desafió la metafísica tradicional de la novela, y que los libros de Vargas, pienso, no han ido más allá de las formas convencionales de la literatura moderna.
* Director de la carrera de Letras, UBA.
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viernes, 11 de marzo de 2011
martes, 4 de mayo de 2010
Del miedo ambiente
Hay periodistas importantes que dicen tener miedo; es absolutamente lógico. Sería de una ingenuidad imperdonable creer que se trata (el miedo) de causas reales, objetivas; o de simples intereses económicos; o, incluso, de alguna temida pérdida de (su) posición en el campo simbólico (de la palabra). No; es un poco de cada cosa. Pero no en el sentido de una suma ecléctica de variables que podrían ser analizadas, por ejemplo, sino en el anudamiento complejo y efectivo de dichas dimensiones -y otras- de cuyo producto surgen como subjetividades objetivas -valga el oxímoron- y funcionales. Ahora bien, lo dificil es entender que el modo de constitución de subjetividades objetivas a partir del anudamiento de lo simbólico, lo real y lo imaginario nada tiene que ver con cuestiones de índole psicológica, o de representaciones mentales, o sociales. Estamos hablando de palabras, cuerpos, afectos y cosas muy bien entretejidas en el curso de secuencias históricas concretas y articuladas sincrónicamente a los aparatos de reproducción hegemónicos que hacen a la realidad común (al sentido). Si no se llamaran Majul, Morales Solá o Ruiz Guiñazú, por caso, se llamarían de otra forma los sujetitos sujetados a las estructuras complejas que han habilitado su posicionamiento y constitución funcional respectiva en un lugar tan bien determinado por la lógica del Uno (del "un" relato). No es que haya que comprenderlos o analizarlos -ellos "paranoicamente" temen ser destruidos- simplemente hay que sacarles los parapetos donde creen existir para que caigan solitos (a no ser que milagrosamente sostuvieran la palabra y la honestidad intelectual que han esquivado tan obstinadamente). En cuanto a la posibilidad de que existan subjetividades deseantes desobjetivadas de los aparatos (de goce) reproductores de sentido, ya he esbozado algo en otras entradas al blog; es cuestión de afirmarse en la sola exhalación de un nombre propio, que nada significa a priori ni busca amparos, y que sólo se teje con otros -a veces- en el acto de escritura/pensamiento.
martes, 20 de abril de 2010
Bunge, el bobo
Aquí presento una entrevista que me llegó por mail y luego esbozo un breve comentario sobre la misma
Entrevista a Mario Bunge
La voz de Mario Bunge suena sin quiebres en la línea telefónica. Escuchándolo, nadie diría que se encamina hacia su cumpleaños 91. Desde su despacho en la Universidad McGill, de Montreal, opinó sobre el posgrado en "medicinas complementarias" que avala la Universidad Nacional de Córdoba a través de la Facultad de Ciencias Médicas.
-¿Cómo ve la decisión de la UNC de dictar posgrados en homeopatía, medicina ayurveda, medicina tradicional china y acupuntura ?
-Creo que la Universidad de Córdoba tendría que ser coherente y a partir de esto revolucionar completamente toda la universidad. No limitarse a esto, sino que debería cambiar la Facultad de Química por la de Alquimia, la Facultad de Psicología por la de Parapsicología. Tendría que eliminar la Facultad de Ciencias o tal vez complementarla con una Facultad de Seudociencias, que incluya también la enseñanza de la magia y el ocultismo y las llamadas ciencias ocultas. Tendría, en una palabra, que proclamar la Contrarreforma y volver a la Edad Media de manera explícita. Eso sería más claro. Ahora, ya no en cuanto a las autoridades de la universidad sino al movimiento estudiantil y de graduados: creo que tendrían que tomar cartas en el asunto. No es posible que permitan este asalto a la modernidad. Tendrían que recordar que uno de los objetivos de la Reforma Universitaria de 1918, que nació precisamente en Córdoba, fue modernizar la universidad. No lo lograron; sólo consiguieron reformar el gobierno de la universidad dando participación a los estudiantes y graduados. Pero, por lo menos, en el Manifiesto Liminar de la Reforma uno de los objetivos fue modernizar la universidad. Tendrían que recordar, después de tantos años, que ese tendría que ser un objetivo permanente de toda la gente progresista: reformar la universidad, no de cuando en cuando, sino de manera constante; ponerla al día con avances en las ciencias, la técnica y las humanidades. Esto que pasa en Córdoba con la incorporación de estas enseñanzas seudocientíficas es un golpe bajo a las aspiraciones de la Ilustración, es como si volviera la Inquisición. Es tratar de arrojar todo lo conquistado desde la Revolución Científica de 1600. Es uno de los peores escándalos que está pasando en la República Argentina. No es nuevo, pero se añade al escándalo ya existente de las facultades de psicología sin psicólogos, donde lo que se enseña son los textos sagrados de Sigmund Freud y sus sucesores, en los que no hay experimentación ni contacto con las ciencias, sino psicología hablada, que no tiene nada que ver con el cerebro. Esto que hace la Universidad de Córdoba parece una iniciativa tomada por López Rega. ¿Están seguros de que López Rega no dejó testamento y gente habilitada para poner en práctica esta iniciativa?
-Usted dice que esto es como si una Facultad de Matemáticas enseñara la cábala...
-Exacto, eso es.
-...Pero, ¿por qué cree que estas prácticas siguen conquistando seguidores y expandiéndose?
-Porque es mucho más fácil macanear que buscar la verdad y ponerla en práctica. Además, es rentable. Una persona sin estudios puede aprender todo ese macaneo en pocos días y no necesita estudiar 20 años. Puede empezar a ganar dinero enseguida. La única motivación es comercial, no hay motivación intelectual. Esa superstición fue barrida entre 1600 y 1900. La única justificación es comercial.
-Quienes las sostienen, reclaman base científica, experimental, y dicen que son prácticas milenarias y que en otras universidades extranjeras son carreras de grado.
-No es cierto. No hay ninguna revista científica con artículos publicados sobre homeopatía. Hace 20 años, la revista Nature publicó un artículo proveniente del laboratorio del doctor Jacques Benveniste, de la Universidad de París, que sostenía que el agua "recordaba" la sustancia que se había diluido en ella al hacer los llamados remedios homeopáticos. La revista envió una delegación a París para tratar de replicar esos experimentos, integrada por el director de la revista, David Maddox; el investigador del Instituto de Salud de Washington, Walter Steward, y el famoso mago norteamericano James Randi. Fueron, replicaron y no encontraron absolutamente nada y luego publicaron su informe en Nature . Pocos años después, Benveniste fue obligado a renunciar a su cargo de profesor y se convirtió en empleado de la industria homeopática, que es muy poderosa porque no hace investigación sino que gasta en agua. Eso son los remedios homeopáticos: agua, nada más. El argumento principal contra la homeopatía es científico y elemental. Esas diluciones enormes llegan a concentraciones de una molécula por kilómetro cúbico. Las chances de que una molécula dé con el órgano afectado es prácticamente nula. Hacen falta miles de millones de moléculas para que tenga algún efecto sobre el tejido vivo. No existen laboratorios de experimentación homeopática. Lo que hay, en México, es una universidad homeopática que, contrariamente a las universidades, no tiene labor de experimentación, sólo cursos para enseñar esas diluciones y tratar a los pacientes. Pero lo peor no es que eso sea ineficaz; lo peor es que la gente aquejada de enfermedades auténticas, al no ir a la medicina científica se deja estar, tomando agua en lugar de servirse de medicamentos auténticos, y se muere. De modo que no es que la homeopatía sea inefectiva: es inoperante y ofensiva. A una persona con cáncer se le dice que tome té, yerbitas. De modo que las autoridades sanitarias tendrían que tomar cartas en el asunto. Se está engañando al público y poniendo en peligro la salud pública, además de retroceder siglos.
-En la medicina ayurveda existe una noción holística, basada en el equilibrio de cuerpo, mente y alma. ¿Cómo se incorpora desde una universidad un concepto como alma?
-Es una concepción anticuada del alma como ente inmaterial e inmortal. La psicología moderna no acepta esa concepción. La mente son procesos cerebrales. Hace 20 años, en la India subió al poder un partido fundamentalista y uno de sus primeros decretos consistió en introducir en la universidad doctorados en astrología y medicina ayurvédica, las dos juntas, porque la ayurvédica hace uso de la astrología para ver cuáles son los días faustos para tomar medicamentos y cuáles los infaustos. Por fortuna, el gobierno no duró mucho, ya que no sólo fue incompetente sino también corrupto. Fue otra tentativa de borrar la modernidad.
Breve comentario al respecto
Hay que comprender en primer lugar que Bunge, más allá de su ironía y de su saber de especialista, no tiene porqué disponer de una cultura mucho más amplia que la que le exige su medio académico inmediato. Valga esta aclaración por si alguien se sorprende de su estrechez de miras. Pues resulta evidente para cualquier espíritu más o menos despierto que plantear la complejidad de nuestra cultura actual en términos de ilustración versus irracionalismo ignora, cuanto menos, todas las producciones filosóficas, políticas y de ciencias sociales en general que han tenido lugar durante el siglo pasado (por lo menos desde la teoría crítica en adelante) y que continúan en el nuestro. Claro que él lo presenta en términos de ciencias médicas versus medicinas alternativas, pero aún así no se priva de hacer extrapolaciones históricas e institucionales que pretenden abarcar mucho más (la reforma universitaria del 18, la Edad Media, el psicoanálisis, la modernidad, el estado actual de la Universidad, etc.) sin disponer de conceptos ni marcos teóricos minimamente rigurosos que le permitan decir algo interesante al respecto (¡ni que hablar de la distancia geográfica e ideológica!). Por supuesto que chantas y oportunistas hay en todas partes, incluidas las ciencias duras, pero homologar psicoanálisis, homeopatía, medicina tradicional china, política universitaria, etc. sin hacer distinciones, sin desarrollar conceptos que permitan pensar las diferencias singulares y lo que cada producción de saber puede aportar al conocimiento complejo del ser humano, es, desde ya, de una limitación insuperable y lastimosa. Este tipo de discursos son los que realmente hacen mal al pensamiento crítico y nos retrotraen a la oscuridad del dogma y la estupidez del holofraseo (el monolingüismo). Y además, hay que decirlo con todas las letras: es el producto resultante de una racionalidad definida exclusivamente dentro del ámbito endogámico de la cultura científica (a la que vemos le salen, por eso mismo y a pesar de sus méritos en otro sentido, hijos bobos para hablar en el ámbito exogámico de la cultura en general); producto además de la nada inocente división capitalista del trabajo intelectual. Que a los 91 años Bunge pudiera salir de esa estrecha jaula mental, a la que parece reducir su cerebro (donde él piensa que piensa), sería un verdadero acontecimiento intelectual.
¡Y por supuesto no esperamos nada de eso, ni de las movidas oportunistas de prensa, para pensar a cuenta propia lo que acontece en la sociedad actual y (en) sus distintas racionalidades en curso!
Entrevista a Mario Bunge
La voz de Mario Bunge suena sin quiebres en la línea telefónica. Escuchándolo, nadie diría que se encamina hacia su cumpleaños 91. Desde su despacho en la Universidad McGill, de Montreal, opinó sobre el posgrado en "medicinas complementarias" que avala la Universidad Nacional de Córdoba a través de la Facultad de Ciencias Médicas.
-¿Cómo ve la decisión de la UNC de dictar posgrados en homeopatía, medicina ayurveda, medicina tradicional china y acupuntura ?
-Creo que la Universidad de Córdoba tendría que ser coherente y a partir de esto revolucionar completamente toda la universidad. No limitarse a esto, sino que debería cambiar la Facultad de Química por la de Alquimia, la Facultad de Psicología por la de Parapsicología. Tendría que eliminar la Facultad de Ciencias o tal vez complementarla con una Facultad de Seudociencias, que incluya también la enseñanza de la magia y el ocultismo y las llamadas ciencias ocultas. Tendría, en una palabra, que proclamar la Contrarreforma y volver a la Edad Media de manera explícita. Eso sería más claro. Ahora, ya no en cuanto a las autoridades de la universidad sino al movimiento estudiantil y de graduados: creo que tendrían que tomar cartas en el asunto. No es posible que permitan este asalto a la modernidad. Tendrían que recordar que uno de los objetivos de la Reforma Universitaria de 1918, que nació precisamente en Córdoba, fue modernizar la universidad. No lo lograron; sólo consiguieron reformar el gobierno de la universidad dando participación a los estudiantes y graduados. Pero, por lo menos, en el Manifiesto Liminar de la Reforma uno de los objetivos fue modernizar la universidad. Tendrían que recordar, después de tantos años, que ese tendría que ser un objetivo permanente de toda la gente progresista: reformar la universidad, no de cuando en cuando, sino de manera constante; ponerla al día con avances en las ciencias, la técnica y las humanidades. Esto que pasa en Córdoba con la incorporación de estas enseñanzas seudocientíficas es un golpe bajo a las aspiraciones de la Ilustración, es como si volviera la Inquisición. Es tratar de arrojar todo lo conquistado desde la Revolución Científica de 1600. Es uno de los peores escándalos que está pasando en la República Argentina. No es nuevo, pero se añade al escándalo ya existente de las facultades de psicología sin psicólogos, donde lo que se enseña son los textos sagrados de Sigmund Freud y sus sucesores, en los que no hay experimentación ni contacto con las ciencias, sino psicología hablada, que no tiene nada que ver con el cerebro. Esto que hace la Universidad de Córdoba parece una iniciativa tomada por López Rega. ¿Están seguros de que López Rega no dejó testamento y gente habilitada para poner en práctica esta iniciativa?
-Usted dice que esto es como si una Facultad de Matemáticas enseñara la cábala...
-Exacto, eso es.
-...Pero, ¿por qué cree que estas prácticas siguen conquistando seguidores y expandiéndose?
-Porque es mucho más fácil macanear que buscar la verdad y ponerla en práctica. Además, es rentable. Una persona sin estudios puede aprender todo ese macaneo en pocos días y no necesita estudiar 20 años. Puede empezar a ganar dinero enseguida. La única motivación es comercial, no hay motivación intelectual. Esa superstición fue barrida entre 1600 y 1900. La única justificación es comercial.
-Quienes las sostienen, reclaman base científica, experimental, y dicen que son prácticas milenarias y que en otras universidades extranjeras son carreras de grado.
-No es cierto. No hay ninguna revista científica con artículos publicados sobre homeopatía. Hace 20 años, la revista Nature publicó un artículo proveniente del laboratorio del doctor Jacques Benveniste, de la Universidad de París, que sostenía que el agua "recordaba" la sustancia que se había diluido en ella al hacer los llamados remedios homeopáticos. La revista envió una delegación a París para tratar de replicar esos experimentos, integrada por el director de la revista, David Maddox; el investigador del Instituto de Salud de Washington, Walter Steward, y el famoso mago norteamericano James Randi. Fueron, replicaron y no encontraron absolutamente nada y luego publicaron su informe en Nature . Pocos años después, Benveniste fue obligado a renunciar a su cargo de profesor y se convirtió en empleado de la industria homeopática, que es muy poderosa porque no hace investigación sino que gasta en agua. Eso son los remedios homeopáticos: agua, nada más. El argumento principal contra la homeopatía es científico y elemental. Esas diluciones enormes llegan a concentraciones de una molécula por kilómetro cúbico. Las chances de que una molécula dé con el órgano afectado es prácticamente nula. Hacen falta miles de millones de moléculas para que tenga algún efecto sobre el tejido vivo. No existen laboratorios de experimentación homeopática. Lo que hay, en México, es una universidad homeopática que, contrariamente a las universidades, no tiene labor de experimentación, sólo cursos para enseñar esas diluciones y tratar a los pacientes. Pero lo peor no es que eso sea ineficaz; lo peor es que la gente aquejada de enfermedades auténticas, al no ir a la medicina científica se deja estar, tomando agua en lugar de servirse de medicamentos auténticos, y se muere. De modo que no es que la homeopatía sea inefectiva: es inoperante y ofensiva. A una persona con cáncer se le dice que tome té, yerbitas. De modo que las autoridades sanitarias tendrían que tomar cartas en el asunto. Se está engañando al público y poniendo en peligro la salud pública, además de retroceder siglos.
-En la medicina ayurveda existe una noción holística, basada en el equilibrio de cuerpo, mente y alma. ¿Cómo se incorpora desde una universidad un concepto como alma?
-Es una concepción anticuada del alma como ente inmaterial e inmortal. La psicología moderna no acepta esa concepción. La mente son procesos cerebrales. Hace 20 años, en la India subió al poder un partido fundamentalista y uno de sus primeros decretos consistió en introducir en la universidad doctorados en astrología y medicina ayurvédica, las dos juntas, porque la ayurvédica hace uso de la astrología para ver cuáles son los días faustos para tomar medicamentos y cuáles los infaustos. Por fortuna, el gobierno no duró mucho, ya que no sólo fue incompetente sino también corrupto. Fue otra tentativa de borrar la modernidad.
Breve comentario al respecto
Hay que comprender en primer lugar que Bunge, más allá de su ironía y de su saber de especialista, no tiene porqué disponer de una cultura mucho más amplia que la que le exige su medio académico inmediato. Valga esta aclaración por si alguien se sorprende de su estrechez de miras. Pues resulta evidente para cualquier espíritu más o menos despierto que plantear la complejidad de nuestra cultura actual en términos de ilustración versus irracionalismo ignora, cuanto menos, todas las producciones filosóficas, políticas y de ciencias sociales en general que han tenido lugar durante el siglo pasado (por lo menos desde la teoría crítica en adelante) y que continúan en el nuestro. Claro que él lo presenta en términos de ciencias médicas versus medicinas alternativas, pero aún así no se priva de hacer extrapolaciones históricas e institucionales que pretenden abarcar mucho más (la reforma universitaria del 18, la Edad Media, el psicoanálisis, la modernidad, el estado actual de la Universidad, etc.) sin disponer de conceptos ni marcos teóricos minimamente rigurosos que le permitan decir algo interesante al respecto (¡ni que hablar de la distancia geográfica e ideológica!). Por supuesto que chantas y oportunistas hay en todas partes, incluidas las ciencias duras, pero homologar psicoanálisis, homeopatía, medicina tradicional china, política universitaria, etc. sin hacer distinciones, sin desarrollar conceptos que permitan pensar las diferencias singulares y lo que cada producción de saber puede aportar al conocimiento complejo del ser humano, es, desde ya, de una limitación insuperable y lastimosa. Este tipo de discursos son los que realmente hacen mal al pensamiento crítico y nos retrotraen a la oscuridad del dogma y la estupidez del holofraseo (el monolingüismo). Y además, hay que decirlo con todas las letras: es el producto resultante de una racionalidad definida exclusivamente dentro del ámbito endogámico de la cultura científica (a la que vemos le salen, por eso mismo y a pesar de sus méritos en otro sentido, hijos bobos para hablar en el ámbito exogámico de la cultura en general); producto además de la nada inocente división capitalista del trabajo intelectual. Que a los 91 años Bunge pudiera salir de esa estrecha jaula mental, a la que parece reducir su cerebro (donde él piensa que piensa), sería un verdadero acontecimiento intelectual.
¡Y por supuesto no esperamos nada de eso, ni de las movidas oportunistas de prensa, para pensar a cuenta propia lo que acontece en la sociedad actual y (en) sus distintas racionalidades en curso!
lunes, 15 de marzo de 2010
House, el drama subjetivo del sabio
Sin preámbulos, respecto a la verdad de la estructura de ficción. Siempre he tenido una sospecha sobre House que acabo de confirmar en el capítulo 1º de la 3º temporada (sucede que no sigo la serie de manera sistemática sino aleatoria). Paso a relatar.
Después de haber estado cerca de su propia muerte, según parece, House se siente mucho mejor: corre varios kilómetros por día, ensaya con el skate y hasta sonríe (¡!). Lo más sorprendente para todos es que llega incluso a implicarse subjetivamente en el tratamiento de un paciente, lo que se traduce en el deseo manifiesto de querer mejorar la calidad de vida del mismo aun cuando su estado de parálisis general pareciera irreversible.
En ese momento salta a la vista todo lo que se espera de House, "el sabio", al menos desde las concepciones dicotómicas de nuestra breve cultura occidental y cristiana, tan bien representadas en este caso por las buenas inteciones de los prójimos: una cuota de razón ciega y otra de compasión idiota). O bien el médico, que es el que sabe -y House ocupa el valor máximo en esta escala trascendental-, debe dar razones suficientes para las intervenciones intrusivas (eso es lo que se espera sobre todo de él) o bien debe manifestar una suerte de modesta "compasión" por la persona de los pacientes, cuando no cabe más que aceptar la insuficiencia del saber "humano, demasiado humano" (eso es lo que hace el resto en desigual medida y en especial Cameron). Pero, de ninguna manera, el "genio" puede apelar a algo tan improbable como una "corazonada", al decir de Cuddy, o a un "puzzle" como le llama el propio House.
Y sin embargo es ahí mismo donde se imbrican razón y afecto, donde nadie lo reconoce (donde o bien esperan que finalmente House se "ablande" y se vuelva afectivo-compasivo, o bien que prosiga con su "dura" y exacta razón médica); ahí mismo donde se implicó con cierta perplejidad en el tratamiento de un paciente y su razón devino puzzle (juego), corazonada, intuitio; ahí mismo que se desestima el 'enigma subjetivo del sabio', la índole singular del sujeto, y se lo deja librado al retorno de su padecimiento (su dura razón) ocultándole que una mínima intervención -producto de su propia inferencia- mejoró radicalmente la calidad de vida del paciente. Pues los otros, bienintencionados ellos, piensan que él no puede encontrar ese inefable "significado de la vida" que sería tan precioso para la normalidad, y que debe, por tanto, aprender una lección de humildad. Vuelve entonces el malestar en la pierna, se le dificulta correr, ya no sonríe.
Curiosa esquizia la de nuestra cultura, que demanda por un lado una razón certera, sin fisuras, y por otro un afecto bobo, mimético, en lugar de propiciar una razón que (se) juegue y de un afecto perplejo, inextricablemente articulados, complejos. Allí donde House más se halla expuesto los otros creen ver la máxima soberbia. Una vez más no se ha entendido nada de qué se trata un sujeto (sí, de qué se cura tampoco)
Después de haber estado cerca de su propia muerte, según parece, House se siente mucho mejor: corre varios kilómetros por día, ensaya con el skate y hasta sonríe (¡!). Lo más sorprendente para todos es que llega incluso a implicarse subjetivamente en el tratamiento de un paciente, lo que se traduce en el deseo manifiesto de querer mejorar la calidad de vida del mismo aun cuando su estado de parálisis general pareciera irreversible.
En ese momento salta a la vista todo lo que se espera de House, "el sabio", al menos desde las concepciones dicotómicas de nuestra breve cultura occidental y cristiana, tan bien representadas en este caso por las buenas inteciones de los prójimos: una cuota de razón ciega y otra de compasión idiota). O bien el médico, que es el que sabe -y House ocupa el valor máximo en esta escala trascendental-, debe dar razones suficientes para las intervenciones intrusivas (eso es lo que se espera sobre todo de él) o bien debe manifestar una suerte de modesta "compasión" por la persona de los pacientes, cuando no cabe más que aceptar la insuficiencia del saber "humano, demasiado humano" (eso es lo que hace el resto en desigual medida y en especial Cameron). Pero, de ninguna manera, el "genio" puede apelar a algo tan improbable como una "corazonada", al decir de Cuddy, o a un "puzzle" como le llama el propio House.
Y sin embargo es ahí mismo donde se imbrican razón y afecto, donde nadie lo reconoce (donde o bien esperan que finalmente House se "ablande" y se vuelva afectivo-compasivo, o bien que prosiga con su "dura" y exacta razón médica); ahí mismo donde se implicó con cierta perplejidad en el tratamiento de un paciente y su razón devino puzzle (juego), corazonada, intuitio; ahí mismo que se desestima el 'enigma subjetivo del sabio', la índole singular del sujeto, y se lo deja librado al retorno de su padecimiento (su dura razón) ocultándole que una mínima intervención -producto de su propia inferencia- mejoró radicalmente la calidad de vida del paciente. Pues los otros, bienintencionados ellos, piensan que él no puede encontrar ese inefable "significado de la vida" que sería tan precioso para la normalidad, y que debe, por tanto, aprender una lección de humildad. Vuelve entonces el malestar en la pierna, se le dificulta correr, ya no sonríe.
Curiosa esquizia la de nuestra cultura, que demanda por un lado una razón certera, sin fisuras, y por otro un afecto bobo, mimético, en lugar de propiciar una razón que (se) juegue y de un afecto perplejo, inextricablemente articulados, complejos. Allí donde House más se halla expuesto los otros creen ver la máxima soberbia. Una vez más no se ha entendido nada de qué se trata un sujeto (sí, de qué se cura tampoco)
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