Vengo de un encuentro comunitario, o en torno a lo comunitario; he aquí algunas reflexiones o precipitaciones al respecto (de paso oigo llover a través de la ventana).
Participé del encuentro tratando de mostrar la materialidad de mi práctica teórica. Afortunadamente fallé en ello lo suficiente como para no convencer a nadie demasiado pronto; pero hubo, sí, preguntas y cierto interés despertado, al menos eso me dijeron luego.
De todos modos otra cosa me llamó la atención: cierto tono predominante en mi mesa de, cómo decir, "desazón" quizás, de impotencia o desgano ante lo común de lo comunitario y su imposible (de)ciframiento; y, correlativamente, un esfuerzo por dar con ello, con ese rasgo que daría cuenta finalmente de lo común, de lo que reúne, de lo que aúna.
Luego ví una película llamada La ola, sobre una experiencia educativa llevada a cabo en la Alemania contemporánea por un profesor que comienza imitando los gestos del nazismo al modo de un juego y termina llevando la experiencia al lugar de donde nunca salimos (¿hace falta decirlo?). Más allá de lo obvio, del lugar destinal adónde parece conducir todo intento de realizar la comunidad humana, me quedé pensando si no se jugaba allí otra cosa, que quedaba demasiado facilmente pegada a la advertencia moral (¡ojo, no lo intenten porque ya ven a qué conduce!). Quizás más acá de las necesidades humanas, demasiado humanas, de identificación al resto, de conformación de la unidad común (de homogeneización), haya que dar su lugar al "resto" en tanto tal, separado del Uno; darle la palabra, permitirle que se pronuncie. Pienso aquí en la parte débil, agazapada, dolida, que ronda fabulando odio y exclusión hasta que finalmente explota y mata o se mata por no poder romper con el espejo maldito (no les voy a contar la película, pero piensen en los hechos recientes: en escuelas y cuarteles de EEUU)
No basta, pues, con hacer como si no pasara nada, o quedarse en la mera impotencia por no hallar lo común del Uno (lo que aúna) y aún así buscarlo incesantemente(predicarlo); se trata, más bien, de nombrar el síntoma donde uno cualquiera (con minúscula) se banque las consecuencias de tal operación (de división), pues eso no tiene nada de romántico ni conciliador ¡hay que poder vérselas con lo excluido! con ese sonido inarticulado que brama en silencio. Por eso pensaba ¡ningún ojo! hay que hallar el lugar y el momento, no es cualquiera ni tampoco atañe a la buena voluntad, cae, como dicen del casus, en la contingencia.
viernes, 6 de noviembre de 2009
jueves, 5 de noviembre de 2009
martes, 3 de noviembre de 2009
TVR
TVR es un gran programa de televisión y cada tanto hacen informes memorables, este es uno:
http://www.eltrecetv.com.ar/home/TVR2009/Default.aspx (o hacer click en el título TVR)
"Todo tiene que ver con todo". La compaginación condensa mucho más que los innumerables editoriales que he leído durante la semana.
http://www.eltrecetv.com.ar/home/TVR2009/Default.aspx (o hacer click en el título TVR)
"Todo tiene que ver con todo". La compaginación condensa mucho más que los innumerables editoriales que he leído durante la semana.
Democracia
Dice mi amigo Jean Luc Nancy: “La democracia (re)engendra al hombre, declara Rousseau. Abre con nuevos bríos la destinación del hombre y del mundo con él. La ‘política’ ya no puede dar la medida ni el lugar de esa destinación o destinerrancia (Derrida). Debe permitir su puesta en juego y asegurar sus lugares múltiples, pero no la asume. La política democrática es, pues, política alejada de la asunción. Pone término a toda especie de ‘teología política’, sea teocrática o secularizada, Postula en consecuencia como axioma que no todo (ni el todo) es política. Que todo (o el todo) es múltiple, singular-plural, inscripción en fragmentos finitos de un infinito en acto(‘artes’, ‘pensamientos’, ‘amores’, ‘gestos’, ‘pasiones’ pueden ser algunos de los nombres de esos fragmentos).” (La verdad de la democracia)
Y en eso estoy, tratando de asumir esa no-asunción que es básicamente una destitución y que abre posibilidades al marcar a fuego (por decir algún elemento) una distancia interior: "el vacío de una distancia tomada" (Maquiavelo-Althusser)
Y en eso estoy, tratando de asumir esa no-asunción que es básicamente una destitución y que abre posibilidades al marcar a fuego (por decir algún elemento) una distancia interior: "el vacío de una distancia tomada" (Maquiavelo-Althusser)
domingo, 25 de octubre de 2009
La complejidad en Badiou
Hay una simplicidad extrema en el pensamiento de Alain Badiou, cuya radicalidad parece producir vértigo. Quizás pueda convertir esta contradicción en una paradoja. El saber enciclópédico que despliega en sus conceptualizaciones sobre arte, política, amor, filosofía, etc. suele cultivar respeto y hasta admiración, pero si de allí no pasa (al trabajo efectivo) es pues sólo una excusa para no afrontar la verdad irreductible que lo atraviesa sin miramientos: la extrema simpleza señalada. No es asunto de lenguaje (por parte del autor) o de ignorancia (por parte de los lectores), es asunto de sujeto y de tiempo. ¿Cómo es esto? Veamos.
La dificultad de entender las proposiciones teoréticas badiouanas (así como las lacanianas) quizás encuentre cierta explicación a partir de las ideas de temporalidad del acontecimiento y de constitución del sujeto. Lo más simple suele ser lo más difícil de aprehender: pareciera oscilar entre la idealización extrema, es decir aquello que para el pensamiento resulta inalcanzable, y la subestimación inmediata, aquello que es considerado directamente trivial o tautológico. En el giro circular no se percibe el desfasaje. Por eso pienso que es necesario multiplicar, tanto como sea posible las múltiples formas de decir lo que acontece. Esto es del orden del acto y la escritura.
Lo cual se observa, por ejemplo, respecto a la idea básica del concepto de acontecimiento: un múltiple que se auto-pertenece, una presentación que se presenta a sí misma (del mismo modo que, fenomenológicamente, ser consciente de la consciencia es algo fugaz, inaprehensible, pues siempre es consciencia de algo, incluso de sí; pero presentar la presentación ¿qué sería tal cosa?) Para que estos paradójicos modos de decir cobren alguna significación, es necesario remitirse a la imposibilidad matemática de tales existencias excluidas, en principio, axiomáticamente. Y, simultáneamente, a las imposibilidades circunscriptas en diversas situaciones: artísitcas, políticas y demás.
Presentarse en la presentación, bajo un nombre anónimo e ilegal (supernumerario), eso mismo es un acontecimiento. Implica una torsión discursiva, una inter-posición: he allí lo difícil de entender. Pues se piensa habitualmente de manera sucesiva: o bien una cosa (palabra, significante, concepto) reenvía a otra metonímicamente y de manera gradual, o bien una cosa sustituye a otra metafóricamente y de un solo golpe; más difícil es pensar el doble movimiento de reenvío y sustitución simultáneos. La atención aquí se dirige al mismo movimiento más que a una cosa u otra, sucesión o sustitución.
¿Cómo es posible? Sucede que no solemos reparar en el simple hecho de que toda identidad particular se sostiene en un sistema más amplio de diferencias, por lo que –en una definición minimalista– un elemento sólo se dice ‘idéntico’ por remisión a las diferencias respecto de otros (un significante no es más que oposición y diferencia respecto del resto según la clásica definición sausseriana).
Ahora bien, ¿y si en lugar de seguir este movimiento estructural donde todo múltiple es presentado (pertenece) por otro múltiple (o todo sujeto es representado por un significante para otro significante) suspendemos la remisión significante diferencial (por tanto: identificante) y forzamos el movimiento sobre sí mismo? ¿Qué sucede? Pues se da lugar al lugar mismo: la exclusión pertinente, ocluida o reprimida. Lo presentado se presenta en su presentación. Si esto no es una mera tautología es porque tal operación muestra en acto una multiplicidad in-contada (im-presentada) hasta el momento, en ruptura por tanto con la ley (estructura) de presentación. (En realidad se rompe más bien la coalescencia entre estructura y metaestrucutura). En lugar de afirmar la identidad tautológica: uno-es-uno; se afirma en ruptura: uno es contingente (la ley) y lo que ‘hay’, lo que es, es múltiple genérico.
El problema de este decir es que se efectúa, en cada caso, con los múltiples términos y nombres de lo que Badiou llama una “lengua-sujeto”, en la singularidad de cada situación: poesía, política, amor, ciencia. No hay lenguaje universal neutro. No hay una forma unívoca de deducir 'para toda' situación el acontecimiento, el sujeto que lo nombra y su temporalidad; el lenguaje falla en aprehenderlo, por allí pasa la dificultad para entender (cuando se "sujeta" demasiado al lenguaje).
Y sin embargo es pensable, tal como intentamos hacerlo mediante estas breves alusiones teóricas. El síntoma es olvidar cómo se hace, al tiempo que es necesario hacerlo (es necesario olvidar), perder los términos primitivos para volver a recordarlo, ahora, bajo otros términos. Lo que cambia en este paso es la estructura (o más bien la meta-estructura), las multiplicidades, en cambio, simplemente son.
La dificultad de entender las proposiciones teoréticas badiouanas (así como las lacanianas) quizás encuentre cierta explicación a partir de las ideas de temporalidad del acontecimiento y de constitución del sujeto. Lo más simple suele ser lo más difícil de aprehender: pareciera oscilar entre la idealización extrema, es decir aquello que para el pensamiento resulta inalcanzable, y la subestimación inmediata, aquello que es considerado directamente trivial o tautológico. En el giro circular no se percibe el desfasaje. Por eso pienso que es necesario multiplicar, tanto como sea posible las múltiples formas de decir lo que acontece. Esto es del orden del acto y la escritura.
Lo cual se observa, por ejemplo, respecto a la idea básica del concepto de acontecimiento: un múltiple que se auto-pertenece, una presentación que se presenta a sí misma (del mismo modo que, fenomenológicamente, ser consciente de la consciencia es algo fugaz, inaprehensible, pues siempre es consciencia de algo, incluso de sí; pero presentar la presentación ¿qué sería tal cosa?) Para que estos paradójicos modos de decir cobren alguna significación, es necesario remitirse a la imposibilidad matemática de tales existencias excluidas, en principio, axiomáticamente. Y, simultáneamente, a las imposibilidades circunscriptas en diversas situaciones: artísitcas, políticas y demás.
Presentarse en la presentación, bajo un nombre anónimo e ilegal (supernumerario), eso mismo es un acontecimiento. Implica una torsión discursiva, una inter-posición: he allí lo difícil de entender. Pues se piensa habitualmente de manera sucesiva: o bien una cosa (palabra, significante, concepto) reenvía a otra metonímicamente y de manera gradual, o bien una cosa sustituye a otra metafóricamente y de un solo golpe; más difícil es pensar el doble movimiento de reenvío y sustitución simultáneos. La atención aquí se dirige al mismo movimiento más que a una cosa u otra, sucesión o sustitución.
¿Cómo es posible? Sucede que no solemos reparar en el simple hecho de que toda identidad particular se sostiene en un sistema más amplio de diferencias, por lo que –en una definición minimalista– un elemento sólo se dice ‘idéntico’ por remisión a las diferencias respecto de otros (un significante no es más que oposición y diferencia respecto del resto según la clásica definición sausseriana).
Ahora bien, ¿y si en lugar de seguir este movimiento estructural donde todo múltiple es presentado (pertenece) por otro múltiple (o todo sujeto es representado por un significante para otro significante) suspendemos la remisión significante diferencial (por tanto: identificante) y forzamos el movimiento sobre sí mismo? ¿Qué sucede? Pues se da lugar al lugar mismo: la exclusión pertinente, ocluida o reprimida. Lo presentado se presenta en su presentación. Si esto no es una mera tautología es porque tal operación muestra en acto una multiplicidad in-contada (im-presentada) hasta el momento, en ruptura por tanto con la ley (estructura) de presentación. (En realidad se rompe más bien la coalescencia entre estructura y metaestrucutura). En lugar de afirmar la identidad tautológica: uno-es-uno; se afirma en ruptura: uno es contingente (la ley) y lo que ‘hay’, lo que es, es múltiple genérico.
El problema de este decir es que se efectúa, en cada caso, con los múltiples términos y nombres de lo que Badiou llama una “lengua-sujeto”, en la singularidad de cada situación: poesía, política, amor, ciencia. No hay lenguaje universal neutro. No hay una forma unívoca de deducir 'para toda' situación el acontecimiento, el sujeto que lo nombra y su temporalidad; el lenguaje falla en aprehenderlo, por allí pasa la dificultad para entender (cuando se "sujeta" demasiado al lenguaje).
Y sin embargo es pensable, tal como intentamos hacerlo mediante estas breves alusiones teóricas. El síntoma es olvidar cómo se hace, al tiempo que es necesario hacerlo (es necesario olvidar), perder los términos primitivos para volver a recordarlo, ahora, bajo otros términos. Lo que cambia en este paso es la estructura (o más bien la meta-estructura), las multiplicidades, en cambio, simplemente son.
Contra-dicciones
Si dijera "me contradigo todo el tiempo" quizás ustedes pensarían que pienso hay uno solo, "tiempo" digo. Pero no. No lo pienso en absoluto, más bien hay múltiples tiempos ergo: dichos de un modo u otros (de varios modos), por aquí y por allá. A veces los tiempos convergen y anudan, a veces divergen y confabulan.
Hay un matemático y psicoanalista llamado Vappereau que retoma algo dicho por Freud para darle una vuelta más: la cuestión de la negación como índice de verdad del deseo-sujeto. Lo cual me va a servir en parte para sostener lo que digo.
Freud nos contaba sobre un analizante que, al relatar su sueño en torno a una mujer, se adelantaba a la interpretación que suponía le haría Freud de la siguiente manera: "yo sé que usted va a decir que es mi madre, pero no es mi madre". El esquema más simple de razonamiento psicoanalítico sería "Bueno, si el tipo lo niega a nivel consciente es porque lo admite (implica) inconscientemente".
Sin embargo Vappereau efectúa una torsión interesante del esquemita. En realidad, dice, si el sujeto expresa su deseo inconsciente en la frase antedicha no es que lo podría hacer explícita (es mi madre) en lugar de implícitamente (digo que no porque es), sino que se sirve de la suposición anticipada del Otro (Freud) a fin de evitar la contradicción. No es tan simple como "hacer consciente lo inconsciente". Pues en verdad (la verdad del deseo), por decirlo de alguna forma, se trata de su madre (el deseo pasa por ahí) pero no es su madre (el deseo no es del objeto-madre sino de su "deseo"). Como esto es contradictorio, el sujeto necesita decir que es el Otro, o sea Freud, el que va a suponer y sostener simultáneamente una parte de la frase escandida que articula su deseo. Pero en definitiva ni es ni no es "eso" (o "eso" es y no es), sólo pasa por ahí en su constitución.
Lo increíble es que más allá de estas estrategias discursivas para evitar la contradicción (tan exigente es el proceso secundario que ni nos damos cuenta), se puedan escribir otras formulaciones apelando, por ejemplo, a una modificación de la lógica clásica tal como hace Vappereau (y antes Lacan con Aristóteles).
Como mi deseo no pasa por la lógica clásica, quizás les cuente luego hacia dónde deriva la cosa: mi caso (apenas una inversión de letras). Mis puntos de fuga se escriben suponiendo "ustedes" tan inverosímiles... que si existieran en verdad sabrían soportar las frases escandidas que llaman contradicciones y a veces escrituras. (Luego me encontré con Barthes: "¿quién sería capaz de soportar la contradicción sin verguenza?")
Hay un matemático y psicoanalista llamado Vappereau que retoma algo dicho por Freud para darle una vuelta más: la cuestión de la negación como índice de verdad del deseo-sujeto. Lo cual me va a servir en parte para sostener lo que digo.
Freud nos contaba sobre un analizante que, al relatar su sueño en torno a una mujer, se adelantaba a la interpretación que suponía le haría Freud de la siguiente manera: "yo sé que usted va a decir que es mi madre, pero no es mi madre". El esquema más simple de razonamiento psicoanalítico sería "Bueno, si el tipo lo niega a nivel consciente es porque lo admite (implica) inconscientemente".
Sin embargo Vappereau efectúa una torsión interesante del esquemita. En realidad, dice, si el sujeto expresa su deseo inconsciente en la frase antedicha no es que lo podría hacer explícita (es mi madre) en lugar de implícitamente (digo que no porque es), sino que se sirve de la suposición anticipada del Otro (Freud) a fin de evitar la contradicción. No es tan simple como "hacer consciente lo inconsciente". Pues en verdad (la verdad del deseo), por decirlo de alguna forma, se trata de su madre (el deseo pasa por ahí) pero no es su madre (el deseo no es del objeto-madre sino de su "deseo"). Como esto es contradictorio, el sujeto necesita decir que es el Otro, o sea Freud, el que va a suponer y sostener simultáneamente una parte de la frase escandida que articula su deseo. Pero en definitiva ni es ni no es "eso" (o "eso" es y no es), sólo pasa por ahí en su constitución.
Lo increíble es que más allá de estas estrategias discursivas para evitar la contradicción (tan exigente es el proceso secundario que ni nos damos cuenta), se puedan escribir otras formulaciones apelando, por ejemplo, a una modificación de la lógica clásica tal como hace Vappereau (y antes Lacan con Aristóteles).
Como mi deseo no pasa por la lógica clásica, quizás les cuente luego hacia dónde deriva la cosa: mi caso (apenas una inversión de letras). Mis puntos de fuga se escriben suponiendo "ustedes" tan inverosímiles... que si existieran en verdad sabrían soportar las frases escandidas que llaman contradicciones y a veces escrituras. (Luego me encontré con Barthes: "¿quién sería capaz de soportar la contradicción sin verguenza?")
viernes, 23 de octubre de 2009
Danza de interrupciones
Ayer experimenté las dificultades de la explicación, gracias a un otro que se animaba a exponer-se, que se suscitan cuando se trata un tema muy espinoso (que es asunto de sujeto siempre, no hay duda). Por eso, pensando al respecto me encontré con algo que ya había escrito para tratar de entender la dificultad que se presenta al momento de decir, cuando en verdad se desea decir. Aquí les va.
Hay una materialidad propia del nudo. Las interrupciones no son meramente negativas, en efecto, hay que poder pensar (en) este lenguaje heterotópico. Así, cuando alguien está hablando en una lengua cualquiera, por ejemplo, y es interrumpido de manera abrupta, luego del accidente ― o acontecimiento, según se decida ― podrá seguir haciéndolo, o no, lo cual dependerá en primera instancia del dominio de la lengua y en segundo término del dominio del tema; pero antes que nada del deseo. Hay que prestar mucha atención (aunque “flotante”, diría Freud) a los modos de recomenzar.
En cualquier caso se trata de retomar, de continuar luego de un corte, escansión o interrupción imprevista. Incluso podríamos imaginar, en nuestro ejemplo, que es el mismo sujeto hablante el que se auto-interrumpe, sin saber o a sabiendas, ante la sorpresiva derivación de un dicho: una significación nueva, una homofonía, un lapsus, etc. Quizás allí esté la diferencia entre el modo de comunicarse del ser humano y el de los animales (reino que no exceptúa a los mismos humanos, sobre todo en algunos casos más que en otros): en esta posibilidad de interrumpirse y reanudar, variando las derivaciones, retomando desde otro punto, acentuando tal expresión, etc.
Siempre me ha llamado la atención, en tal sentido, esa extraña capacidad que demuestran algunos enseñantes, sobre todo de actividades que implican ostensiblemente el cuerpo (teatro, danza, artes marciales), cuando explican algún movimiento o expresión al mismo tiempo que lo hacen, y pueden volver hacia atrás, repetirlo, hacerlo más lento o más rápido, acentuar tal inflexión o modificarla. Por supuesto, uno se ― consuela ― dice “lo han incorporado”, han asimilado el movimiento hasta el punto de poder hacerlo automáticamente, pues no hacemos otra cosa cuando aprendemos a andar en bicicleta, por ejemplo. Pero justamente el punto que quiero señalar es la falta de automatismo, demostrada por la variación en el cambio de velocidad o de secuencia, la posibilidad creativa de retomar el mismo movimiento desde distintos puntos, o, a la inversa, distintos movimientos del mismo punto.
Creo que esto abre perspectivas más que interesantes para pensar el “dominio” no ya como el despliegue de una seguridad absoluta o de un control total sobre el movimiento sino, por el contrario, como esta facultad flexible de soportar una interrupción imprevista (por una idea, una duda, un giro) e incluso de aprovecharla para mostrar otra variación posible, o para tener en cuenta las temporalidades de los otros y sus modos singulares de aprehender el movimiento (conceptual o expresivo). El dominio de una técnica pensado así, en su conjunto, como una suerte de danza de interrupciones en lugar de un automatismo ciego y rígido.
Por otra parte, pensar a partir de allí la idea de comunicación no sólo como mensaje en bruto a decodificar, como proposición determinada, sino como el efecto mismo de interrupción e intervalo (espaciamiento), de inscripción, donde el modo de retomar, en su variación libre, sea significativo.
Entonces, cuanto más variadas sean las interrupciones y los modos de reanudamiento, cuanto más diversa sea (la trama) la multiplicidad de términos y de registros que participen del despliegue, tanto mejor.
Sin embargo, hay también una economía irreductible puesta en juego, pues no es tan simple la ecuación al modo de “más es mejor”; lo importante aquí es la heterogeneidad de los registros discursivos implicados y el modo alternado en el que se suceden las interrupciones, de manera tal que el dominio resulte del conjunto de variaciones y no de una sola (en) dominante. Con esto quiero decir que lo que comunica efectivamente, a veces, cuando acontece, es inasible no por místico o inefable sino por el hecho (factum) que no se trata de algo positivo, claro y distinto, sin ser por eso meramente caótico; es más bien un ensamblaje intercalado de registros donde los mismos cortes y puntuaciones tienen un valor singular, apreciable retroactivamente.
Así, la interrupción no sólo acota el narcisismo cerrado (o la tautología) del Yo o del sujeto intencional conciente, que ya tiene todo programado de antemano y solo le resta desplegarlo, por lo que cualquier interrupción es considerada inoportuna; también acota cualquier dominio de una estructura sin sujeto que fijaría las posiciones y las funciones de forma rígidamente determinada, sin tener en cuenta la contingencia más que como un mal necesario, en el mejor de los casos. Por el contrario, es en la variación de registros discursivos, o de la experiencia, donde se encuentra y se pierde el sujeto evanescente de la enunciación, que retoma la expresión, se interrumpe y vuelve sobre sus dichos y los de otros para retomarlos desde otros ángulos, desde otros pliegues.
La heterogeneidad puede, sobre todo, incluir distintos registros discursivos, por ejemplo: matemática, arte, política, religión, psicoanálisis, amor, filosofía, etc. Es una forma de entender la alteridad de manera alter(n)ada y no meramente idealizada o fija, así no es posible anticipar en qué parte un discurso puede interrumpir a otro y producir allí un nuevo concepto (o torsión conceptual). Y en ese sentido específico nuestra práctica discursiva es materialista, pues apuesta al cruce y al anudamiento.
De esta manera, aunque no haya metalenguaje ni esfera trascendental, hay mutuas contaminaciones y entrelazamientos entre discursos (estratificaciones discursivas locales, torsiones de lenguaje, pliegues) y cada uno de ellos puede hacer de exterior constitutivo relativo al otro; pero esta es una función de alternancia que no sale del orden de lo discursivo (como hemos visto el nudo borromeo nos permite pensar esta estructura: http://fragmentosdeescritura.blogspot.com/search/label/Nudo).
La temporalización heterogénea del concepto filosófico puede ser pensada, así, evitando tanto la remisión a una apertura hermenéutica indefinida (la promesa) como el cierre tautológico formal (el saber absoluto). El movimiento pulsional de apertura y cierre se materializa en las distintas interrupciones y suplementaciones interdiscursivas efectivas. Sostengo por lo tanto que el concepto de sujeto es el emergente resultante de estos cruces y no un sustrato fijo o un espacio trascendental vacío.
Por esta razón, tanto el sujeto dividido (sujet barré) del psicoanálisis como el sujeto “efecto de des-estructura” propuesto por Alain Badiou, configuran el punto clave que considero importante indagar en su misma efectividad, evitando tanto el tópico de la conciencia sartreana (fenomenológica) como la mera posición estructural impersonal (estructuralista). Por eso no hay mero subjetivismo de la invención vs estructura formal de producción; el sujeto es más bien el punto distópico de tensión y resolución parcial entre estructura (ley) y suplemento azaroso (lo real); por eso mismo no es uno sino múltiple y requiere de diversos operadores conceptuales para circunscribirlo en cada situación: matemas, poemas, intervenciones performativas, nominaciones suplementarias, etc. Mi propuesta para abordar el concepto de sujeto de manera descentrada y subversiva es el nudo borromeo, en tanto producción de enlaces alternados entre distintos registros y niveles discursivos. Un modo entre otros.
Hay una materialidad propia del nudo. Las interrupciones no son meramente negativas, en efecto, hay que poder pensar (en) este lenguaje heterotópico. Así, cuando alguien está hablando en una lengua cualquiera, por ejemplo, y es interrumpido de manera abrupta, luego del accidente ― o acontecimiento, según se decida ― podrá seguir haciéndolo, o no, lo cual dependerá en primera instancia del dominio de la lengua y en segundo término del dominio del tema; pero antes que nada del deseo. Hay que prestar mucha atención (aunque “flotante”, diría Freud) a los modos de recomenzar.
En cualquier caso se trata de retomar, de continuar luego de un corte, escansión o interrupción imprevista. Incluso podríamos imaginar, en nuestro ejemplo, que es el mismo sujeto hablante el que se auto-interrumpe, sin saber o a sabiendas, ante la sorpresiva derivación de un dicho: una significación nueva, una homofonía, un lapsus, etc. Quizás allí esté la diferencia entre el modo de comunicarse del ser humano y el de los animales (reino que no exceptúa a los mismos humanos, sobre todo en algunos casos más que en otros): en esta posibilidad de interrumpirse y reanudar, variando las derivaciones, retomando desde otro punto, acentuando tal expresión, etc.
Siempre me ha llamado la atención, en tal sentido, esa extraña capacidad que demuestran algunos enseñantes, sobre todo de actividades que implican ostensiblemente el cuerpo (teatro, danza, artes marciales), cuando explican algún movimiento o expresión al mismo tiempo que lo hacen, y pueden volver hacia atrás, repetirlo, hacerlo más lento o más rápido, acentuar tal inflexión o modificarla. Por supuesto, uno se ― consuela ― dice “lo han incorporado”, han asimilado el movimiento hasta el punto de poder hacerlo automáticamente, pues no hacemos otra cosa cuando aprendemos a andar en bicicleta, por ejemplo. Pero justamente el punto que quiero señalar es la falta de automatismo, demostrada por la variación en el cambio de velocidad o de secuencia, la posibilidad creativa de retomar el mismo movimiento desde distintos puntos, o, a la inversa, distintos movimientos del mismo punto.
Creo que esto abre perspectivas más que interesantes para pensar el “dominio” no ya como el despliegue de una seguridad absoluta o de un control total sobre el movimiento sino, por el contrario, como esta facultad flexible de soportar una interrupción imprevista (por una idea, una duda, un giro) e incluso de aprovecharla para mostrar otra variación posible, o para tener en cuenta las temporalidades de los otros y sus modos singulares de aprehender el movimiento (conceptual o expresivo). El dominio de una técnica pensado así, en su conjunto, como una suerte de danza de interrupciones en lugar de un automatismo ciego y rígido.
Por otra parte, pensar a partir de allí la idea de comunicación no sólo como mensaje en bruto a decodificar, como proposición determinada, sino como el efecto mismo de interrupción e intervalo (espaciamiento), de inscripción, donde el modo de retomar, en su variación libre, sea significativo.
Entonces, cuanto más variadas sean las interrupciones y los modos de reanudamiento, cuanto más diversa sea (la trama) la multiplicidad de términos y de registros que participen del despliegue, tanto mejor.
Sin embargo, hay también una economía irreductible puesta en juego, pues no es tan simple la ecuación al modo de “más es mejor”; lo importante aquí es la heterogeneidad de los registros discursivos implicados y el modo alternado en el que se suceden las interrupciones, de manera tal que el dominio resulte del conjunto de variaciones y no de una sola (en) dominante. Con esto quiero decir que lo que comunica efectivamente, a veces, cuando acontece, es inasible no por místico o inefable sino por el hecho (factum) que no se trata de algo positivo, claro y distinto, sin ser por eso meramente caótico; es más bien un ensamblaje intercalado de registros donde los mismos cortes y puntuaciones tienen un valor singular, apreciable retroactivamente.
Así, la interrupción no sólo acota el narcisismo cerrado (o la tautología) del Yo o del sujeto intencional conciente, que ya tiene todo programado de antemano y solo le resta desplegarlo, por lo que cualquier interrupción es considerada inoportuna; también acota cualquier dominio de una estructura sin sujeto que fijaría las posiciones y las funciones de forma rígidamente determinada, sin tener en cuenta la contingencia más que como un mal necesario, en el mejor de los casos. Por el contrario, es en la variación de registros discursivos, o de la experiencia, donde se encuentra y se pierde el sujeto evanescente de la enunciación, que retoma la expresión, se interrumpe y vuelve sobre sus dichos y los de otros para retomarlos desde otros ángulos, desde otros pliegues.
La heterogeneidad puede, sobre todo, incluir distintos registros discursivos, por ejemplo: matemática, arte, política, religión, psicoanálisis, amor, filosofía, etc. Es una forma de entender la alteridad de manera alter(n)ada y no meramente idealizada o fija, así no es posible anticipar en qué parte un discurso puede interrumpir a otro y producir allí un nuevo concepto (o torsión conceptual). Y en ese sentido específico nuestra práctica discursiva es materialista, pues apuesta al cruce y al anudamiento.
De esta manera, aunque no haya metalenguaje ni esfera trascendental, hay mutuas contaminaciones y entrelazamientos entre discursos (estratificaciones discursivas locales, torsiones de lenguaje, pliegues) y cada uno de ellos puede hacer de exterior constitutivo relativo al otro; pero esta es una función de alternancia que no sale del orden de lo discursivo (como hemos visto el nudo borromeo nos permite pensar esta estructura: http://fragmentosdeescritura.blogspot.com/search/label/Nudo).
La temporalización heterogénea del concepto filosófico puede ser pensada, así, evitando tanto la remisión a una apertura hermenéutica indefinida (la promesa) como el cierre tautológico formal (el saber absoluto). El movimiento pulsional de apertura y cierre se materializa en las distintas interrupciones y suplementaciones interdiscursivas efectivas. Sostengo por lo tanto que el concepto de sujeto es el emergente resultante de estos cruces y no un sustrato fijo o un espacio trascendental vacío.
Por esta razón, tanto el sujeto dividido (sujet barré) del psicoanálisis como el sujeto “efecto de des-estructura” propuesto por Alain Badiou, configuran el punto clave que considero importante indagar en su misma efectividad, evitando tanto el tópico de la conciencia sartreana (fenomenológica) como la mera posición estructural impersonal (estructuralista). Por eso no hay mero subjetivismo de la invención vs estructura formal de producción; el sujeto es más bien el punto distópico de tensión y resolución parcial entre estructura (ley) y suplemento azaroso (lo real); por eso mismo no es uno sino múltiple y requiere de diversos operadores conceptuales para circunscribirlo en cada situación: matemas, poemas, intervenciones performativas, nominaciones suplementarias, etc. Mi propuesta para abordar el concepto de sujeto de manera descentrada y subversiva es el nudo borromeo, en tanto producción de enlaces alternados entre distintos registros y niveles discursivos. Un modo entre otros.
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